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ANÁLISIS UNIVERSIDAD DE LA SABANA
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Chateando en tus ojos

Se mide el pulso al sostener su mano o cuando calculamos el temblor simultáneo de sus labios.

Diccionario

La mayor cantidad de indicios en la comunicación surge del lenguaje gestual.

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123rf.com

15 de febrero 2018 , 03:26 p.m.

¿Han notado cómo aparecen ciertas sospechas de engaño cuando las palabras que escuchamos dejan de concordar con los gestos que observamos? El motivo: toda alteración de los símbolos del lenguaje apuntan a un chiste, a una equivocación o a un engaño. En una escena del popular Chavo del Ocho, este personaje mueve la cabeza de un lado a otro y enseguida dice “sí”; esa es toda una contradicción entre el lenguaje gestual y el verbal. Entonces, ¿a cuál mensaje atender o cuál darle crédito?

Las personas, en su condición de seres sociales, envían una gran cantidad de mensajes incesantes y fragmentados, porque la naturaleza humana entraña la comunicación como base de su interacción social. Por tanto, solo es cuestión de tomar algunas señales, disponerlas, enlazarlas y construir con estas una aproximación a un posible mensaje agazapado.

Estos tiempos, sin embargo, continúan arraigando la división humana a pesar de la cercanía física. Muchos grupos de amigos proponen, por ejemplo, compartir juntos un café, y para ello aceptan, entonces, una cita acordada desde un medio electrónico. Llegado el momento, casi todos mandan solo su cuerpo a este encuentro, lo sientan en una silla y le procuran una bebida caliente, que se va a enfriando mientras cada uno retorna al espacio virtual, a la ficción, a la fantasía burda, cuya puerta es ese bazuco electrónico que sostienen en sus dedos, esa prótesis inalámbrica del cerebro.

Una vez recobran la conciencia, quizás porque una alerta obliga a la conciencia a unirse de nuevo con su cuerpo, cada uno se despide y agradece las cortesías que jamás recibió, y que tampoco brindó. Después, dejan el café frío, del cual nunca se enteraron de que existió, y reanudan su deambular por los espacios desconocidos y diarios, por supuesto apoyados otra vez en sus prótesis.

La corrupción de las personas --decía Alfonso López Quintás-- empieza por la corrupción de los conceptos. Quizás parezca anacrónico, pero creer que las relaciones humanas son más efectivas si son más inmediatas y más rápidas constituye una visión microscópica de la vida. Y los dispositivos electrónicos, aparte de mostrar una diminuta porción de la realidad, manipulan los contenidos. Frente a estos, los usuarios imaginan así que se conoce un bosque porque se tiene entre las manos una hoja seca.

Si tales afirmaciones son anticuadas, al menos en ellas hay un poco de humanidad, sobre todo cuando se buscan indicios en la mirada tímida de la mujer amada, se descubre cómo iluminar el corazón propio con los destellos de sus ojos, se mide el pulso al sostener su mano o cuando nuestro oído calcula el temblor simultáneo de sus labios y palabras. Nada de ello hay en un mensaje de texto, en el cual casi toda comunicación se afina, se disfraza, se disimula; es un espacio del cual expulsaron la sinceridad.

La mayor cantidad de indicios en la comunicación surge del lenguaje gestual. La mano que juguetea con el cabello, la sonrisa combinada con el rubor, la inclinación lenta de la cabeza o las palmas ocultando por un momento el rostro llevan mucha más riqueza informativa sobre una persona que el cúmulo de mensajes electrónicos. Estos últimos, casi siempre apresurados, responden a la fugacidad y a la inmediatez; son actos instintivos para salir del paso. ¿Cuántos recuerdan las palabras de esos textos afectuosos que se enviaron hace una semana? En cambio, ¿cuántos recuerdan una declaración acompañada de una mirada dulce o de una voz temblorosa frente al rostro que motivó un amor hace muchos años?

Ese bazuco electrónico que sostienen en sus dedos, esa prótesis inalámbrica del cerebro

Claro: es más fácil caminar siguiendo el destino de los otros y, como en una marcha indefinida y multitudinaria, a veces ni es necesario caminar por sí mismo: los otros arrastran los pasos que alguien cree suyos. Eso pasa con las palabras, cuya fuerza y reiteración acaba por imponer ideas unificadas y acciones, por supuesto, reiteradas. Y cada uno de todos esos que actúan igual insisten en que son libres.

Solo vayan a las zonas de gran tránsito y obsérvenlos: los identificarán porque respiran y se desplazan en dos extremidades; algunos siguen esforzándose por extender más sus dedos pulgares, como algunos de sus ancestros primates, y los ejercitan frente a unas pantallas planas.

Con vuestro permiso.

JAIRO VALDERRAMA V.
UNIVERSIDAD DE LA SABANA

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