Educación

La increíble historia del constructor de centros educativos

Rafael Maldonado fue un arquitecto que se especializó en la creación de importantes colegios.

RAFAEL MALDONADO

Rafael Maldonado

Foto:

Cortesía Lucas Maldonado

21 de junio 2018 , 10:25 p.m.

No sería fácil hablar de Rafael Maldonado 17 años después de su muerte si el cineasta Lucas Maldonado, uno de sus hijos, y la arquitecta y educadora María Acosta no hubieran hecho el libro Un arquitecto de tierra caliente, publicado por el sello Apuntes Maestros, de la Universidad Nacional, y que, por avatares del destino, duró en preparación los mismos años desde su muerte.

Dato que genera, en un primer momento, reserva y, cuando se conoce la tras escena, admiración, porque los autores no tiraron la toalla durante ese larguísimo período y hoy acarician un hermoso, interesante y didáctico libro que mezcla la vida pública y la muy privada de un arquitecto que se dedicó a la construcción de aulas escolares, saber que recogió en el único texto que sobre el tema se ha escrito: Historia de la arquitectura escolar en Colombia.

“Originalmente había pensado trabajar solo el siglo XX, pero empecé a encontrar una serie de coincidencias importantes que históricamente me remitieron a épocas pasadas, entonces empecé a descubrir que la Historia no se limitaba solo a este siglo, sino que en el siglo XIX había cosas muy importantes, y antes, en la Colonia, por supuesto, los conventos fueron los primeros edificios escolares”, se lee en el libro en la voz del biografiado.

A ella se unen, en un relato coral acompasado, la de su esposa, la cineasta Camila Loboguerrero, la de sus hijos (Lucas y Mateo), la de colegas y la de un montón de amigos.

En el funeral

Era diciembre del 2001. En la capilla de la Universidad Nacional, una multitud de personas asistían al funeral de Rafael Maldonado, cuando un editor se le acercó a Lucas, el hijo mayor, a darle el pésame y le musitó, de rapidez, que tenía un archivo con las más importantes obras diseñadas por Maldonado, para hacer un libro, y que lo contactaría. Lucas se lo contó, ahí mismo, a Alberto Saldarriaga, uno de los más queridos colegas de su padre, quien cogió al vuelo la idea y le dijo que ese libro tendría que ir más allá del trabajo arquitectónico, que debería recoger la primera etapa de la vida de Maldonado en Bucaramanga, su faceta teatral y de actor de cine, la enseñanza...

Sin pensarlo, Lucas invitó a unirse a esa quimera, como coequipera, a la arquitecta María Acosta, recién llegada de Barcelona, a quien conoció allí mientras estudiaba cine. Ella le dijo que sí. Ahí comenzaron su relación para sacar adelante el proyecto y una relación amorosa que duró tres años. Y también empezaron los tropezones para darle vida al libro.

Rompecabezas

Sentados con el material que les entregó ese primer editor, Lucas Maldonado y María Acosta comenzaron contactando amigos, compañeros de trabajo, familiares, y metiendo la mano en baúles y cajones. Búsqueda que les permitió dimensionar la obra arquitectónica, casi toda de centros educativos, y que les dejó montones de fotografías, recortes de periódicos, cartas, películas del actor de teatro, del actor de cine frustrado porque solo tuvo un papel protagónico, del profesor de arquitectura de la Nacional y de los Andes, del profesional consagrado, por varios años, del Instituto Colombiano de Construcciones Educativas (Icce); del provinciano que llegó a Bogotá y cobró notoriedad por divertido y transgresor en fiestas con artistas, fotógrafos, críticas de arte y cineastas, todos de su vecindad.

Estudiar arquitectura a comienzos de los años sesenta no solo era aprender este ‘buen gusto’. Implicaba una cierta visión artística del mundo, una sensación de ser los elegidos para mejorar el país

De provincia

Nacido en Bucaramanga, su infancia la vivió entre revistas de moda, máquinas de coser, telas, sedas, linos y muchas señoras que llegaban a su casa a hacerse vestidos. Su madre fue cotizada modista. Era el cuarto hijo y único sobreviviente de la pareja formada por Rafael Maldonado y Elvira Tapias. Por eso, su madre lo mimó y lo cuidó con exageración. Esos años lo marcaron. Tanto que su padre, que no vivía con ellos, decidió, terminado su bachillerato, llevarlo a Bogotá, a pasar un año en el Ejército, para habilitar su hombría.

El libro narra, con detalle, el tiempo que invertía cuando tenían que usar el uniforme camuflado en adornar su casco con preciosas coronas, manualidad que causaba hilaridad entre sus rudos compañeros.

Luego entró a estudiar arquitectura en la Nacional. Llegó como un estudiante de provincia, como se autodenominó, mientras su amigo de infancia Fernando Jiménez hacía lo propio en los Andes.

Estudiar arquitectura a comienzos de los años sesenta no solo era aprender este ‘buen gusto’. También implicaba una cierta visión artística del mundo, una sensación de ser los elegidos para mejorar el país, una actitud ecléctica, abierta y entusiasta hacia todo conocimiento, una preocupación lateral por la técnica... en fin, una perspectiva de vida entre bohemia y cosmopolita y hasta un modo de vestir en el límite de lo informal. Los que estudiamos en los 60 sabemos que uno en la facultad no aprendía mucha arquitectura, pero sí a comportarse como arquitecto. Bueno, esto es lo aparente, claro está, aunque nada es más frívolo que no fiarse de las apariencias”. Es uno de los muchos testimonios que citan los autores de la estudiosa y laureada arquitecta Silvia Arango, amiga entrañable de Rafael junto con la primera arquitecta graduada, Luz Amorocho.

Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Bucaramanga

Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

Foto:

Ignacio Gómez Pulido (1997). Cortesía: Lucas Maldonado

‘La colina de la deshonra’

Hablar de Rafael Maldonado, vecino del tradicional barrio La Macarena de Bogotá, es devolverse medio siglo. Si los rostros de Hernán Díaz, Rafael Moore, Marta Traba, Enrique Grau, Guillermo Wiedeman, Édgar Negret y otros eran habituales de esas calles, los de Rafael Maldonado y Camila Lobo Guerrero lo fueron, recién llegados.
La Macarena era un barrio de clase media media que se fue poblando, en los años 60 del siglo pasado, de pintores, fotógrafos, periodistas, intelectuales y algunos extranjeros, a los que se unieron profesionales y artistas que compraron apartamentos en las Torres del Parque, del laureado y siempre recordado arquitecto Rogelio Salmona. En la parte baja de la torre A instaló su oficina Rafael Maldonado, su centro de operaciones por más de 20 años.

Las parejas de Rafael y Camila y Fernando Jiménez y Ernesto Lleras compraron un edificio en el pequeño espacio que ocupa el Bosque Izquierdo, colindante con La Macarena, y se establecieron ahí para compartir ese ambiente festivo. Fiestas que deslumbraron al bumangués tímido, a las que se acomodó, gozó y se convirtió en uno de los personajes centrales por sus excentricidades, gran sentido del humor y escenografías que montaba y representaba con éxito.

En realidad el barrio se putea cuando aparece Grau con esas fiestas que duraban días. Ahí empezó el nombre de ‘la colina de la deshonra’, que en realidad era el nombre de una película que estaban dando en la Cinemateca, yo no sé quién venía subiendo por la calle 26, y le preguntaron: –Hola, ¿de dónde viene? Y dijo: –De la colina de la deshonra, y así se quedó el barrio. Ahí se formó una especie de cofradía entre artistas, y se volvió un barrio bohemio”, contó, a los autores del libro el fotógrafo Hernán Díaz, ya desaparecido.

Mejor actor

En el mediometraje La recompensa, exhibido no solo en salas de cine sino en varias oportunidades por la televisión, Rafael Maldonado hizo su único papel protagónico, como un funcionario, con un modesto sueldo, que encuentra un maletín lleno de dinero y lo devuelve. La actuación le valió a Rafael el primer premio de actuación en el Tercer Festival de Cine de Bogotá y que durante muchos meses lo pararan en la calle para pedirle autógrafos.

Aulas y más

Laboratorios livianos para la enseñanza de la ciencias, Ciudad Universitaria del Valle; Guardería Infantil Centro de Atención preescolar Universidad de los Andes; Edificio de secundaria y plan general, Preescolar y sala múltiple Gimnasio Instituto Caldas de Bucaramanga; Auditorio Edificio Administración y Rectoría Plaza de los Fundadores Universidad Autónoma de Bucaramanga; Colegio de primaria y secundaria, Proyecto Centro Integrado de Educación Colsubsidio y una decena más de centros educativos construidos hasta el año 2001 son parte de ese grueso portafolio de construcciones.
Como no podía ser de manera distinta, el arquitecto Rafael Maldonado también construyó otros edificios y residencias. Remodeló, por ejemplo, el apartamento donde vivió y tuvo su estudio el pintor Luis Caballero, en un bello edificio de los años treinta del siglo pasado, frente al parque de la Independencia.

La investigación no le fue ajena, como tampoco el estudio a fondo de las necesidades específicas para que las construcciones escolares cumplieran con su objetivo de ayudar a los maestros en la enseñanza. Su idea siempre fue procurar mejores ambientes para los estudiantes no solo los de estratos altos, sino de los colegios públicos.

Estos temas se leen con fruición en un libro que de seguro tendrá que reeditarse, porque la vida de Rafael Maldonado no fue la de un arquitecto común. Y porque las anécdotas que cuentan sus amistades, evocando esas situaciones fraternas de las que fue centro, son legados poco comunes en estos tiempos.

MYRIAM BAUTISTA G.
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