Ciencia

Minería submarina: una carrera hacia el abismo

La zona Clarion Clipperton contiene más zinc, cobre y níquel que los depósitos terrestres juntos. 

Minería submarina

En la imagen, concepto artístico de uno de los modelos de robot minero extrayendo nódulos polimetálicos del lecho marino, a una profundidad que supera los 4.000 metros.

Foto:

Cortesía Deepgreen Resources

30 de junio 2018 , 10:29 p.m.

A cinco kilómetros de profundidad, bajo la superficie azul oscura del océano Pacífico, entre Hawái y la costa oeste de Norteamérica, hay un lugar que puede describirse como la próxima Arabia Saudí de la minería submarina. Allá abajo, en medio de masas de agua fría y negra como la tinta, yacen trillones de rocas del tamaño de papas que se extienden casi tocándose a lo largo de miles de kilómetros sobre el suave fango del lecho marino.

Se llaman nódulos polimetálicos porque están compuestos de cobalto, níquel, cobre y manganeso, los metales más críticos en la fabricación de baterías para teléfonos móviles, autos eléctricos, turbinas de viento, paneles solares y muchas otras tecnologías y dispositivos sin los cuales la próxima generación de energías renovables será completamente imposible de concebir.

Si para el año 2050 la población global habrá aumentado a 9,8 mil millones, como auguran las Naciones Unidas, la demanda de estos metales será realmente urgente. Especialmente teniendo en cuenta que el 66% de la gente vivirá en áreas urbanas. La demanda global de níquel, por ejemplo, es ahora de dos millones de toneladas anuales. Para 2030 necesitaremos al menos el doble. Pero en tierra firme solo quedan 76 millones de toneladas. Con el cobalto la historia es parecida, excepto que el 60% de las reservas están encerradas en la inestable República Democrática del Congo, donde además la minería involucra a niños.

Tecnología madura

Durante el último medio siglo, una serie de exploradores y mineros han tratado por todos los medios de ir hasta el fondo del mar para recolectar estas piedras metálicas que a simple vista semejan trozos de carbón e inicialmente fueron traídas a la superficie por el buque oceanográfico HMS Challenger entre 1872 y 1876. El problema siempre fue desarrollar las tecnologías que hicieran eficiente y seguro operar a esas profundidades aplastantes: a -6 mil metros la presión es 600 veces mayor que la presión al nivel del mar, un obstáculo gigantesco para funcionar permanentemente en el fondo.

Pero ahora, tanto la tecnología como el marco regulatorio han madurado de tal forma que, para bien o para mal, estamos en el umbral de la nueva y contenciosa era de la minería abisal.

El punto cero se llama la zona de fractura Clarion Clip-perton, o CCZ, un área de 4,5 millones de kilómetros cuadrados (más grande que la India) en aguas internacionales, lejos de la jurisdicción de ningún país. Según algunos estimados, esta zona contiene más cobalto, níquel, cobre y zinc que todos los depósitos terrestres combinados.

En mayo del año pasado, un robot de acero reforzado del tamaño de una camioneta y con la electrónica protegida entre capas de aceite se convirtió en el primero en bajar a explorar la CCZ en 40 años. El Patania I, de la empresa Global Sea Mineral Resources, una subsidiaria de la compañía de dragado belga Deme (Dredging, Environmental & Marine Engineering), está abriendo el camino para los mineros del abismo. Habiendo salido airoso de varias pruebas básicas de diseño, le prepara el terreno a su sucesor, el Patania II, que en 2019 recibirá órdenes más complejas, incluyendo la de tener que recolectar los nódulos de forma totalmente autónoma.

“Luego ensayaremos un prototipo comercial que tendrá que trabajar en el fondo 24 horas, 7 días a la semana, durante varios años, no solo recogiendo los nódulos, sino enviándolos a la superficie a un buque que luego los llevará a puerto para ser procesados. Y hacerlo solo usando los datos geológicos y batimétricos que tendrá instalada en su cerebro y los algoritmos que están siendo diseñados ahora mismo para ello”, dice Kris van Nijen, el director general de Global Sea Mineral Resources.

Pero ahora, tanto la tecnología como el marco regulatorio han madurado de tal forma que, para bien o para mal, estamos en el umbral de la nueva y contenciosa era de la minería abisal

Recolectar nódulos polimetálicos es solo uno de tres tipos de minería abisal. Los otros dos métodos, mucho más controversiales, son, primero, la excavación de costras de cobalto que se forman en las rocas de las laderas de los montes submarinos. Segundo, la extracción de los depósitos masivos de sulfuros, que son trozos de metales generados en las fisuras o chimeneas hidrotermales que existen a lo largo de las cadenas de volcanes abisales.

De todos modos, existen varias preocupaciones ambientales relacionadas con la recolección de los nódulos, y los científicos están trabajando con la industria minera (lo cual no se había visto en el inicio de otras minerías) para entenderlas. Las rocas están a flor de piel, semienterradas en camas de fango muy fino. Pero hay una multitud de pequeños organismos creciendo sobre ellas y sobre el lecho marino que aún no han sido descritos por la ciencia.

El proceso de recuperación de los nódulos destruiría localmente esos organismos, así como las vibraciones y otros impactos mecánicos. Pero la preocupación principal es lo que sucede con el penacho de sedimentos en el lugar de la extracción. Los científicos y las empresas mineras están estudiando juntos la física de esas lentas corrientes del fondo y el impacto de los sedimentos desprendidos en la ecología abisal.

Regalías y regulaciones

El tercer componente de esta naciente industria es la parte regulatoria, a cargo de una organización intergubernamental llamada Autoridad Internacional de los Fondos Marinos (ISA, por su sigla en inglés). La jurisdicción de la ISA, que tiene su sede en Jamaica, cubre el lecho marino de todo el planeta que está fuera de la Zona Económica Exclusiva de las naciones. En otras palabras, el 54% del fondo de todos los mares del globo. Estas áreas y sus recursos minerales están designados como la herencia común de la humanidad, algo así como la Antártida o la Luna. Eso significa que la ISA tiene el mandato de las Naciones Unidas de recoger regalías de la minería submarina profunda para distribuir los beneficios “entre los países en vías de desarrollo que no pueden explotar esos recursos por sí mismos”.

Su función es conceder los permisos de exploración y eventualmente explotación, basándose en un complejo código de regulaciones que está siendo terminado de bosquejar en estos momentos para darles un norte a los contratistas, países miembros y organizaciones observadoras integrantes de la ISA.

“Este es un experimento muy interesante en relaciones internacionales, y nosotros somos el único ejemplo de una organización que debe funcionar de esa manera y, eventualmente, generar ganancias para toda la humanidad”, explicó recientemente Michael Lodge, el secretario general de ISA. “Hasta el momento hemos dado 29 contratos para proyectos de exploración que involucran a 22 países, no solo para nódulos de manganeso, sino costras de cobalto y depósitos masivos de sulfuros”.

Para ganar un contrato, los gobiernos o empresas privadas deben ser apoyados por un país que sea miembro de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.

Las rocas están semienterradas en camas de fango muy fino. Pero hay una multitud de pequeños organismos creciendo sobre ellas y sobre el lecho marino que aún no han sido descritos por la ciencia

“Colombia, incidentalmente, no ha ratificado esta convención”, asegura el biólogo marino Christian Díaz-Sánchez, quien tuvo la oportunidad de hacer un internado en Kingston, capital de Jamaica, con la ISA, investigando este futuro minero en los fondos submarinos. “A mí me parece que hay que hacer la minería en consenso y con pleno conocimiento para la toma de decisiones. Pero lo que estoy encontrando es que la participación en algo tan trascendental no está siendo equitativa. Es decir, Suramérica no tiene excusa: debería consolidarse para formar un bloque cooperativo entre los países de la región que permita el desarrollo efectivo y balanceado en relación con el uso y la conservación de los recursos más allá de las jurisdicciones nacionales”.

Para Díaz-Sánchez, que trabajó en la Comisión Colombiana del Océano y el Programa Antártico Colombiano, es hora de que nos preguntemos cuál es nuestra responsabilidad para con el planeta y las futuras generaciones.

“Hay modelos que muestran que podemos reutilizar estos metales preciosos a una tasa muy eficiente si queremos. Entonces, piense de dónde viene su bienestar y dígase: ¿qué tan dispuesto estoy a reutilizar este teléfono o a comprar uno totalmente nuevo, sabiendo lo que hay que sacrificar para obtenerlo?”, concluye el experto.

ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
Especial para EL TIEMPO*
En Twitter: @swaforini
* Cubre temas de ciencia y tecnología

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