Ciencia

En Quindío comenzó proyecto que le dará nueva vida al árbol nacional

Existencia de la palma de cera se ha visto amenazada por la actividad agropecuaria y el turismo.

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En predios de la hacienda La Campiña, ubicada en Salento (Quindío), se sembraron, a comienzos del pasado mes de julio, palmas de la especie 'Ceroxylon quindiuense'.

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Archivo particular

05 de agosto 2016 , 10:43 p.m.

En predios de la hacienda La Campiña, ubicada en Salento, Quindío, se sembraron en julio con mucho entusiasmo 12 palmas de cera de la especie Ceroxylon quindiuense, famosa por ostentar el título de árbol nacional, pero también por llevar a cuestas un lamentable destino: desaparecer del valle del Cocora, ícono del paisaje cafetero.

A orillas de la quebrada Boquía, con plántulas de 4 años de edad, comenzó a delinearse el corredor biológico de la especie, que cruza seis municipios quindianos a lo largo de 110.000 hectáreas. En los primeros tres años, según la Corporación Autónoma Regional del Quindío (CRQ), líder del proyecto, se espera recuperar y conservar 560 hectáreas, en un trayecto de 12 kilómetros sobre la corriente principal del río Quindío y sus afluentes.

John James Fernández, director de la CRQ, afirma que los propietarios de 53 predios en Salento accedieron al proceso de recuperación, cediendo parte de sus terrenos. Ahora se espera tener un resultado similar con los dueños de predios privados en Pijao, Córdoba, Buenavista, Calarcá, Circasia y Filandia, por donde pasa el corredor. “El impacto ambiental va a ser enorme”, dice.

El propósito: recuperar el hábitat de la palma en potreros (donde enfrenta un mayor riesgo de desaparecer) y en bosque. En algunos casos, se sembrarán nuevas; en otros, serán cercadas para evitar que el ganado se coma sus hojas y semillas.

Este corredor biológico será longitudinal y altitudinal (entre 1.450 y 3.200 metros sobre el nivel del mar) y recuperará el hábitat para las especies Ceroxylon quindiuense y Ceroxylum alpinum. Esta última crece entre los 1.500 y los 2.000 metros.

“Al ser zonas ganaderas de alto rendimiento –explica el ingeniero forestal Orlando Martínez, de la CRQ– se les está proponiendo a los finqueros la figura de pagos por servicios ambientales: si tienen el 50 por ciento de su finca en bosque, solo pagaran el 50 por ciento del predial. De igual forma, teniendo en cuenta el ganado que podría haber en el área cedida, contemplamos asumir el valor de lo que este produciría en un año en dicho terreno. Además, pagaremos los costos de cercamiento, de manera que el ganado no ingrese a ciertas áreas”.

Rodrigo Bernal, doctor en Ciencias del Instituto de Biología de la Universidad de Aarhus (Dinamarca) y autoridad nacional en palmas de cera, cuenta que en el 2014 se les propuso a los finqueros del valle del Cocora ceder el 3 por ciento de sus potreros, en los primeros 10 a 15 años, para sembrar nuevas palmas y permitirles crecer lo suficiente con miras a garantizar su supervivencia. Sin embargo, esta negociación no dio frutos. “Se han perdido dos años valiosos”, acota el investigador.

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La palma de cera se desarrolla a sus anchas en bosques de niebla, uno de los ecosistemas más amenazados del país.

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Urge crear un área protegida

La palma de cera se desarrolla a sus anchas en bosques de niebla –uno de los ecosistemas más amenazados del país– y es particularmente abundante en la cuenca del río Tochecito –en el Tolima–, sitio con la mayor concentración de palmas de cera del mundo (unas 600.000).

Este lugar, de 4.500 hectáreas de extensión, podría convertirse en un santuario para el árbol nacional, luego de que el Instituto Humboldt le solicitó a la Dirección de Parques Nacionales del Ministerio de Ambiente declararlo área protegida nacional. “Con ello se garantizaría su viabilidad de manera indefinida”, afirma la directora del Humboldt, Brigitte Baptiste.

Según el ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, se invertirán 2.400 millones de pesos para garantizar la recuperación del ecosistema asociado a la palma de cera. Así mismo, dice, “se iniciará la ruta para declarar la cuenca del río Tochecito un área de conservación”.

Estos recursos fueron anunciados después de la polémica nacional por la concesión de títulos mineros en áreas aledañas al valle del Cocora.

Aunque la Ley 61 de 1985 –norma que la adoptó como árbol nacional– contempla la creación de parques nacionales o santuarios para protegerla, aún falta camino para que se dé este paso.

Bernal sostiene que el hábitat de la palma de cera se ha reducido en más del 50 por ciento en un período de 210 años, es decir, en las últimas tres generaciones. De hecho, recuerda, en la cuenca del río Tochecito debieron existir unos 3 millones de individuos adultos.

Como un registro más de la historia también quedaron los gigantescos palmares a orillas del Camino Nacional o Camino del Quindío, que en su momento causaron la admiración del científico Alexander von Humboldt, durante su travesía por esta trocha.

Con el paso de los años, la expansión de la frontera agropecuaria, el turismo y la extracción de hojas de palma para elaborar los tradicionales ramos de Semana Santa han contribuido a su deterioro. Hoy, muchas palmas se encuentran en potreros, cercadas por ganado y cultivos y con dificultad para reproducirse. Las del valle del Cocora, en particular, se están muriendo de viejas.

En este paisaje cafetero, manifiesta el ingeniero forestal Orlando Martínez, existen palmas adultas y longevas, de 55 metros de altura, que bordean los 200 años; allí perdurarán hasta finales de siglo, de tener suerte.

Según estudios de Bernal y de la bióloga María José Sanín, en potreros del valle del Cocora crecen alrededor de 1.000 palmas, y un número similar lo hace en fragmentos de bosque.

Siembra con criterio

Aumentar la calidad y la cantidad del hábitat de la palma de cera –explica Bernal– requiere diagnosticar las áreas que se deben restaurar, aumentar la cobertura de bosque para incrementar el tamaño de las poblaciones y establecer nuevas áreas protegidas donde esta crezca.

En el pasado, asegura, solían hacerse siembras de palmas sin ningún criterio. “No se trata de sacarlas del vivero y ponerlas a crecer en medio de la nada”, agrega. Según él, años atrás se puso en marcha una iniciativa poco fructífera que alentaba a los turistas extranjeros a comprar plántulas de unos cuantos centímetros de altura, sembrarlas en Cocora y fotografiarse con ellas. Tras su partida, las pequeñas palmas morían.

Bernal es autor del ‘Plan de conservación, manejo y uso sostenible de la palma de cera del Quindío (Ceroxylon quindiuense)’, que hace dos años trazó las acciones necesarias para contribuir a la preservación de la especie, hoy incluida en la resolución 0192 del 2014 como especie amenazada. Una de ellas es conocer su ecología para saber cómo, cuándo y dónde sembrarla.

Hoy, en viveros del Quindío, existen 17.000 palmas de distintas edades que podrían ser objeto del proyecto de restauración.

“Este proyecto de conservación de flora altoandina es trascendental, dado que en el Quindío tenemos 18 especies de palmas nativas y cuatro del género Ceroxylon, al cual pertenece la palma de cera. Es necesario que los quindianos conozcan esta flora y ayuden a conservarla”, sostiene Alberto Gómez, presidente del Jardín Botánico del Quindío.

Ahora se espera que este primer impulso de restauración se mantenga en el tiempo, de manera que el árbol nacional no desaparezca del paisaje cafetero, Patrimonio Cultural de la Humanidad, y siga expuesto para las futuras generaciones.

Una especie ‘sombrilla’ para otros cultivos

La mayor concentración del género ‘Ceroxylon’ está en los Andes centrales. La ‘quindiuense’, en particular, se encuentra en el Quindío y en el Tolima.

Las palmas son el grupo de plantas más utilizado por el ser humano, después de las gramíneas (arroz, maíz, trigo, cebada) y las leguminosas (fríjoles, lentejas, garbanzos, habichuelas); tienen potencial para construcción, ornamentación, alimentación y medicina.

La ‘Ceroxylon quindiuense’, en particular, produce –entre noviembre y febrero– frutos que son fuente de alimento para la fauna. En sus tallos anidan aves e insectos, y la hojarasca que desprende ayuda a formar suelo.
Su desarrollo durante las primeras fases de vida es lento: se reproduce hacia los 75 años y pueden vivir hasta 250 años.

El primer paso para su crecimiento es dejar enrastrojar el terreno (vegetación secundaria, como hierbas y arbustos, que dan algo de penumbra y evitan la luz directa del sol, que puede quemarlas). En los rastrojos, las palmas crecen desde que la semilla germina, por lo cual es el hábitat ideal. Cuando se siembran en potrero, es necesario que tengan 1 metro de altura para que logren sobrevivir.

ANDREA LINARES
Especial para EL TIEMPO

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