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Actualizado 12:41 a.m. - miércoles 23 de abril de 2014

Vida de hoy 09:21 a.m.

¿Quién es la madre Laura, la primera santa colombiana?

Fundó la Congregación de las Hermanas Misioneras de la Beata Virgen María Inmaculada.

Una maestra de escuela de figura robusta, defensora de los indígenas, escritora y mística que llegó a enfrentarse con el mismo demonio -según lo narra en su autobiografía- es la primera santa colombiana: Laura de Jesús Montoya Upegui, una monja fallecida en 1949.

El papa Benedicto XVI anunció este jueves su canonización. Cardenales del Vaticano examinaron el milagro de la madre Laura el pasado 10 de diciembre. Este se produjo cuando un médico antioqueño que se encomendó a ella en su lecho de muerte resultó curado sin ninguna explicación científica.

¿Quién fue esta mujer? Aída Orobio, madre superiora de la comunidad que la madre Laura fundó el 14 de mayo de 1914 y que hoy está presente con más de mil monjas misioneras en 21 países de América Latina, Europa y África, nos da esta semblanza:

"Ni aquí, en su tierra, la gente alcanza a dimensionar lo valiente y maravillosa que fue esta mujer. En una época en la que la mujer debía estar al lado del hombre, Laura se atrevió a seguir el llamado de Dios, pese a que la llegaron a tildar de loca".

Rememora cómo la maestra de escuela -nacida en Jericó, el 26 de mayo de 1874-, en algún momento de su vida conoció a un grupo de indígenas embera-chamíes en Dabeiba (Antioquia) y quedó impresionada al descubrir que no sabían leer ni escribir; eran cruelmente explotados y tratados como animales, y ellos mismos creían que no tenían alma.

"Cómo es posible que vivan en tal marginación y alejados de Dios, si son tan colombianos como cualquiera y fueron los primeros habitantes de estas tierras", dicen que se preguntaba la maestra, entonces de 40 años.

El 5 de mayo de 1914, en compañía de su madre (su padre fue asesinado cuando ella era niña, por "defender sus convicciones políticas y católicas"), y junto con otras seis mujeres, se adentró en la espesa selva y empezaron a vivir con los indígenas. En ese momento inicial no contó con el respaldo de la Iglesia.

Junto con las primeras letras, la maestra y sus compañeras comenzaron a enseñarles el camino de Dios. Todo, sin arrancarles su propia cultura.

Como ellos no conocían el español, se inventó un método con los sonidos y criaturas de la selva, con la lluvia, el sol, la luna y las estrellas para comunicarse. De esa experiencia nació Voces de la naturaleza, uno de los 23 libros que escribió.

Decía: "No tenemos sagrario, pero tenemos la naturaleza. Y hay que descubrir a Dios en el indígena, en el árbol, en el pájaro, en las dificultades". Y no solo les llevó el mensaje divino a los indígenas. La hermana Aída explica que la madre Laura fue también una activista por los derechos humanos de los nativos: "Les exigió a la Iglesia y al Gobierno que defendiera sus derechos".

Otro testimonio de la influencia benéfica que irradia la fe en la madre Laura es el de una pariente suya, María Victoria Montoya, a quien, a los 12 años, la llevaron al convento de la ya fallecida prima de su papá.

Una hermana la vio y la interpeló: "Usted tiene los mismos ojos y las mismas cejas de la madre Laura. ¿Le gustaría ser una monja laurita?". Es así como se denominan las integrantes de su comunidad. "Mi papá no me volvió a llevar porque no quería que yo fuera religiosa, por todo lo que sufrió su prima Laura -comenta María Victoria, de 58 años, que se hizo de monja salesiana-. Ser familiar de la madre Laura me llevó a los caminos de Dios.

Y trae a la memoria el sufrimiento de su pariente: "La atacaron duramente y pasó sus últimos años postrada en una cama".

De esas penurias habla el sacerdote y escritor antioqueño Manuel Díaz en su libro Laura Montoya, mujer intrépida. La primera fue la pobreza que pasó con su madre y sus dos hermanos cuando su padre fue asesinado. Y luego, cuando se fue para la selva, pues los gamonales vieron en ella a una peligrosa contrincante que les arrebató a los indígenas explotados por ellos durante décadas, a cambio de baratijas y humillaciones.

Según el padre Díaz, llegaron a acusarla de robarse los dineros que recibía de la gobernación de Antioquia para su apostolado. Ella, con entereza, no dio paso hacia atrás. Nunca lo hizo.

Martha Galvis es la responsable del santuario de la madre Laura en el sector de Belencito, en Medellín, convertido en museo y convento, y donde reposan sus restos.

Nos enseña la habitación donde ella murió: la sencilla cama metálica, la silla de ruedas de madera, los cilicios con los que se mortificaba; un armario con sus cartas y reliquias; entre estas, un cofre de vidrio con hebras de su cabello cano y una ampolleta con sangre.

Sus encuentros sobrenaturales

Hasta el santuario llegan a diario cientos de feligreses a pedir -también a agradecer- algún milagro de la beata, como lo testifican las hileras con más de 600 placas que hablan de curaciones y otros favores recibidos.

De Laura, lo que Martha más admira es el misticismo que, según ella, fue muestra de su santidad en vida. Se refiere a experiencias sobrenaturales, como la que tuvo a los 6 años, cuando Dios se le manifestó mientras observaba a las hormigas cargando la comida.

"¡Fui como herida por un rayo! Supe que había Dios, como lo sé ahora". También, narra en su autobiografía de casi mil páginas -en la que se aprecia una pluma exquisita- cómo veía, hablaba y ayudaba a las almas del purgatorio para que se reconciliaran con Dios. Y decía tener una gran amistad con el Ángel de la Guarda.

Pero también tuvo experiencias oscuras con el demonio, al igual que Jesús. Así narró ella uno de esos encuentros, ocurrido en el colegio que fundó en Medellín con un grupo de alumnas reacias a las cosas de Dios. "Oí que el demonio venía y decía: voy a vengarme de la advenediza, que me ha arrebatado lo que yo poseía con justos derechos (las niñas a las que estaba catequizando). Muy pronto vi llegar por debajo del toldillo a un animal parecido a un perro o un lobo, con cascos de mula y unos cuernos muy retorcidos (...)

Lo cogí de los cuernos, que eran fríos, muy fríos, y lo torcí como haciéndole formar un remolino. Lo estregué contra el suelo y le dije que no tenía que meterse con lo que era mío". Esas cosas -dice la hermana Martha- solo les pasan a las personas santas.

Estefanía Martínez, cuando tenía 6 años, conoció a Laura, porque la mamá y una tía fueron a pedirle que orara por su abuela enferma. Estudió en La Inmaculada (colegio que fundó) y al graduarse se metió de monja. Tiene 89 años y es una de las pocas hermanas vivas que la conocieron.

Fue muy cercana a ella. Cuando empezó a enfermarse, le ayudaba copiando los textos que ella le dictaba, en una vieja máquina de escribir.

"Tenía un gran sentido del humor. Se burlaba santamente de todo, sobre todo de ella. Cuando iban a visitarla, decía: 'Vengan a conocer al monstruo' ", recuerda Estefanía al contar que, en sus últimos años, Laura llegó a pesar cerca de 150 kilos.

Se enfermó de linfangitis. Se le hinchó el cuerpo, sobre todo las piernas. La tenían que cargar entre varios hombres. No podía pararse de la cama. Le brotaban ampollas que se le explotaban y le provocaban dolores terribles. La piel, en carne viva. "Le ponían gasas y decía que las sentía como un costal". Pero ni siquiera en esos momentos ponía mala cara.

"En sus últimos días me pidió que le contara chistes. Y yo lo hice. Se reía en medio de tanto dolor y les echaba los chistes a otras hermanas", evoca.

En la noche mandó a llamar a un cura para que la confesara. "Una moribunda contando chistes en lugar de hablar de Dios", expresó entonces.

También recuerda cuando, en 1939, el presidente de la República, Eduardo Santos, la condecoró con la Cruz de Boyacá y, al recibirla, dijo: "Mejor condecoren a mi mula ('Flores'), que me cargó por tantos montes".

Así era Laura Montoya, fallecida en Medellín el 21 de octubre de 1949. De exclamarle a Dios que "quería servirle hasta de llanta para un carro", pasaba a terrenos trascendentalmente santos.

"Me ha dado Dios la esperanza, a manera de realidad, de que me participará de sus poderes para salvar almas. ¿Cómo puede ser esto? Tampoco lo sé. Sé solamente que ello será en la eternidad".

Otros colombianos rumbo a los altares

- Beato Mariano de Jesús Eusse Hoyos, conocido como el padre Marianito, nació en Yarumal (Antioquia). Murió el 13 de julio de 1926. El papa Juan Pablo II lo beatificó el 9 de abril del 2000.

- Beatos mártires de la guerra civil española. Los religiosos Juan Bautista Velásquez, Arturo Ayala, Rubén de Jesús López, Eugenio Ramírez, Melquíades Ramírez, Gaspar Páez y Esteban Maya fueron enviados a España por la Orden Hospitalaria San Juan de Dios a ayudar a enfermos y víctimas de la Guerra Civil española. Fueron atrapados por las milicias anticatólicas y mutilados vivos por no negar a Dios. Los beatificaron en octubre de 1992.

- Siervo de Dios monseñor Ismael Perdomo. Arzobispo de Bogotá entre 1928 y 1950.

- Sierva de Dios María Jesús Upegui Moreno.

- Sierva de Dios María Berenice Duque.

- Siervo de Dios monseñor Miguel Ángel Builes.

- Siervo de Dios monseñor Jesús Emilio Jaramillo.

- Extranjeros que se hicieron santos en Colombia:

- San Pedro Claver, San Ezequiel Moreno, San Luis Beltrán y la hermana Bernarda Butler.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO
MEDELLÍN

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