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Así me robaron el iPhone en Estéreo Picnic

Crónica de una noche desventurada en la que ni la Policía ni Find my iPhone pudieron ayudar.

Estéreo Picnic

"En cuestión de fracciones de segundos, sentí cómo me sacaban el aparato del bolsillo justo antes de que mi mano llegara a palpar la zona. Miré hacia todos lados y grité ¡me sacaron el celular!”

Foto:

Juan Diego Buitrago/ EL TIEMPO

27 de marzo 2017 , 10:44 a.m.

Aclaro, la siguiente historia no es una opinión sobre el festival en sí, es simplemente un relato de acontecimientos que hicieron de mi experiencia una tragicomedia que me dejó físicamente exhausto, emocionalmente drenado y financieramente golpeado.

Para empezar, debo decir que a mí no me gusta ir a conciertos. Quienes me conocen saben que no soy fan del tumulto y de pasar incomodidades, mucho menos de pagar cantidades astronómicas para ir a pasar dichas incomodidades. Pero bueno, decidí ir porque surgió la oportunidad de obtener una acreditación de prensa a través de un medio de comunicación para el cual trabajo.


La acreditación que me dieron me daba acceso para uno de los 3 días del festival. Yo elegí ir el viernes 24 de marzo porque admito que me emocionaba la idea de ver a The Strokes. Mi misión era realizar un registro minuto a minuto del festival a través de las redes sociales del medio, lo cual es un trabajo que ya he hecho antes en otros eventos y, de hecho, me gusta hacer.

Antes de emprender mi viaje hacia las lejanías donde se realizaba el festival, hice un esfuerzo por estar preparado para cualquier eventualidad. Puse a cargar mi celular para evitar quedarme sin batería y me llevé el cargador en el bolsillo por si acaso.

Como sabía que la noche sería gélida y fangosa, me puse mi chaqueta más abrigadora, mi gorrito de lana para el frío y mis mejores botas, resistentes, duraderas, pero, como pude comprobar, no impermeables. En fin, yo iba más preparado que un yogur. Mi principal preocupación era hacer un buen trabajo y, de paso, disfrutar la música en vivo.

Durante las primeras horas, todo parecía fluir sin problemas. Acompañado de mi colega Alicia, iba de tarima en tarima, tomando fotos y videos de los artistas, mientras publicaba en tiempo real el contenido. Hasta ahí todo bien. Sin embargo, a eso de las 9:20 p.m., mi suerte cambió. Alicia y yo estábamos en el toque del australiano Vance Joy en uno de los dos escenarios secundarios que eran carpas gigantes donde cabían miles de personas. Decidimos salir a la mitad de la presentación de Joy para ir hacia el escenario principal, una tarima gigante al aire libre frente a un espacio abierto donde perfectamente caben decenas de miles de espectadores, donde estaba por empezar el toque del también australiano DJ Flume.

Mientras intentábamos salir de la carpa, nos vimos inmersos en un río de personas que intentaba salir por una puerta relativamente estrecha. En medio de empujones y el sonido ensordecedor de los parlantes, mi polo a tierra era estar agarrado del brazo de Alicia, yo trabaja de no soltarla y, a la vez, de avanzar poco a poco sin tropezarme.

En un momento, estaba tan apretado entre la gente que no podía mover mis brazos. Más de una década viviendo en Bogotá me entrenó muy bien para identificar situaciones en las que me pueden robar fácilmente y ésta era una de ellas. Mi primer instinto fue llevarme la mano al bolsillo trasero del pantalón para asegurarme de que mi billetera siguiera ahí. Por fortuna, ahí estaba. La empujé hacia lo más profundo del bolsillo para que la tensión de la tela la mantuviera segura.

Seguíamos en el tumulto, tratando de salir de la carpa. Como me había soltado de Alicia, ella volteó la mirada buscándome entre la muchedumbre.
Cada vez, la avalancha humana nos separaba un poco más. Cuando pude de nuevo mover mi brazo, clavé mi mano en mi bolsillo frontal con la intención de asegurar mi teléfono. En cuestión de fracciones de segundos, sentí cómo me sacaban el aparato del bolsillo justo antes de que mi mano llegara a palpar la zona. Miré hacia todos lados y grité “¡me sacaron el celular!”, sólo veía caras estupefactas y algunas preocupadas por sus pertenencias, intentan con dificultad revisar sus propios bolsillos. Entre tantas personas, era imposible ver quién había sido.

Salimos de la carpa a una zona más abierta. Alicia de inmediato me prestó su teléfono para intentar desesperadamente reaccionar de alguna manera. Nuestra primera idea fue llamar a mi número y escribir mensajes de texto pidiendo al portador del aparato que por favor lo devolviera. Yo sabía que era inútil porque entendí que se trataba de un robo hecho por manos expertas, con premeditación y alevosía.

En los mensajes, ofrecí una recompensa por la devolución del aparato, traté de hacerle entender que se trataba de mi herramienta de trabajo (lo cual es verdad y, por cierto, en ese momento mi misión laboral salió por la borda). En fin, era claro nuestros múltiples intentos de recuperar el aparato por vía diplomática no iban a dar frutos. Después de un rato nos dimos por vencidos, pero la sangre me hervía. No tanto por haber perdido un iPhone que me costó mucho dinero, sino por haber caído en la trampa.

En cuestión de fracciones de segundos, sentí cómo me sacaban el aparato del bolsillo justo antes de que mi mano llegara a palpar la zona. Miré hacia todos lados y grité “¡me sacaron el celular!”,

Siguiendo el rastro

Llegando a la tarima principal, me encontré con mi amiga María. Antes de ir al evento, habíamos quedado en encontrarnos, pero pensé que sin celular sería imposible. Al contarle mi desventura, se nos ocurrió usar su teléfono para usar la aplicación Find My iPhone. Ingresé mis datos y activé la aplicación con la esperanza de ubicar mi celular. Desde el día que compré ese aparato, configuré y activé ese servicio porque sabía que algún día me sería útil. Entonces abrí mi cuenta y oprimí el botón de localizar mi teléfono. Para mi sorpresa, seguía encendido y, mientras siguiera así, iba a poder rastrear su ubicación.

Según el mapa, mi teléfono estaba en medio del público de la tarima principal, literalmente rodeado por miles de personas. María y yo intentamos acercarnos siguiendo el indicador que aparecía en el mapa de la aplicación, mientras más nos adentramos entre el público y sorteábamos lodazales, el teléfono parecía estar cada vez más cerca, quizás a metros de distancia. Obviamente, tratar de identificar a la persona que lo tenía era como encontrar una aguja en un pajar, así que nos armamos de paciencia y empezamos a observar a las personas a nuestro alrededor en un radio de unos 3 metros. Era mucha gente, pensé que si llamaba desde el celular de María al mío, tal vez la vibración del aparato haría que la persona lo sacara de su bolsillo para revisarlo. Estábamos pendientes de ver quién sacaba un iPhone de su bolsillo, pero prácticamente todo el mundo tenía un iPhone en la mano, la mayoría tomando fotos del concierto.

Mi teléfono no estaba quieto. Según el mapa, la persona que lo tenía se movía entre la multitud, tal vez tratando de encontrar una buena ubicación para ver el concierto… o, tal vez, tratando de robar a otras personas. Durante más de una hora, intentamos seguirle los pasos al personaje. Hubo momentos en que el indicador mostraba que estábamos pisándole los talones, pero no lográbamos identificar de quién se trataba.

Casi al final de la presentación de Flume, María y yo nos convencimos de que habíamos identificado a un posible sospechoso. Era un hombre de unos 30 y tantos de baja estatura, con chaqueta impermeable roja y gorra azul, parecía estar disfrutando la música junto a una mujer que supusimos era la novia. Creíamos que era él porque estábamos parados justo detrás de él y el mapa nos mostraba como si estuviésemos prácticamente encima del teléfono.

Convencidos de tener un caso sólido, resolvimos dividir esfuerzos. Yo me quedaría cerca a la pareja para no perderlos de vista y, al mismo tiempo, monitorear la información que el mapa me daba. Mientras tanto, María fue a buscar ayuda de un grupo de policías que estaba detrás del público. Nuestro plan era explicarles lo sucedido, mostrarles la evidencia y, con suerte, contar con su ayuda para requisar al sospechoso. Sin embargo, este intento tampoco funcionó. La presentación del DJ estaba terminando, la gente se estaba moviendo hacia otras tarimas y la pareja que estaba vigilando se comenzó a desplazar en una dirección, pero el indicador de mi teléfono se movía en otra. Sospechoso descartado. Ahora yo estaba en medio de una multitud, perdí de vista a María y no teníamos cómo comunicarnos porque yo tenía su teléfono.

Yo no me quería dar por vencido. Según la aplicación, mi teléfono se estaba moviendo entre un nuevo mar de gente que se desplazaba hacia la zona de comidas. Así que comencé a seguirlo y, una vez más, María me encontró en el camino. Me dijo que los policías no le hicieron mucho caso, pero que había más policías esparcidos por todo el lugar.

El personaje caminaba rápido. María y yo avanzábamos con ligereza, pero nos costaba acortar distancia. Según la app, el ladrón estaba en la zona de los baños aledaña a plaza de comidas. Esta vez, nos topamos con dos policías distintos a los de la vez pasada. Les conté la historia y esta vez nos prestaron más atención. Ellos conocían la aplicación y me recordaron que uno puede hacer que el teléfono emita un sonido que ayuda a identificarlo. Lo activé, varias veces, pero había tanto ruido alrededor que no se oía nada, aunque el indicador mostraba al personaje caminando muy cerca. Una vez más, no estaba aislado en un punto fácil de identificar, siempre metido en un río de gente.

En la aplicación, el indicador se movía hacia la carpa donde me habían robado. Los policías, María y yo lo seguíamos. A veces el indicador saltaba de una posición a otra muy rápido. Suponíamos que tal vez el servicio no es en tiempo real, sino que actualiza cada 10 segundos o algo así, necesitábamos que el sujeto se quedara quieto lo suficiente para alcanzarlo. El caso es que el personaje entró a la zona VIP. Nosotros no podíamos entrar ahí, pero al menos ya teníamos cierto apoyo moral de las autoridades. Después de esperar un rato afuera de la carpa y analizar la información que nos daba la app, era claro que estábamos otra vez buscando una aguja en un pajar, pero esta vez desde lejos. Los policías se fueron porque ya estaban fuera de su zona, pero nos señalaron otro grupo de policías que nos podían ayudar.

Entonces, descubrimos algo. El teléfono ya no estaba en zona VIP, estaba merodeando la puerta donde me lo robaron. Parecía haber un patrón de comportamiento. Seguro la persona que tenía mi teléfono estaba robando otra vez. Mientras la multitud disfrutaba el toque dentro de la carpa, María y yo comenzamos a explorar la zona exterior, ya menos poblada.

De nuevo, pisándole los talones a mi teléfono, observando a las personas, buscando pistas. Identificamos dos nuevas sospechosas. Dos mujeres que caminaban despacio de un lado de la puerta al otro, cada una parecía estar sola, muy observadoras, una más joven que la otra. Ambas tenían un pequeño maletín que mantenían asegurado frente a su vientre. La más joven desapareció entre la multitud, tal vez entró. Pero la otra mujer se quedó al pie de la puerta. María y yo, detrás de ella, a menos de 2 metros. El indicador aumentaba nuestras sospechas, no se movía y estaba muy cerca. ¡Tiene que ser ella!

Una vez más, yo me quedé observando y María fue a hablar con los policías de la zona. Ellos atendieron el llamado rápidamente y me hicieron señas para que les mostrara la app sin dar tanto visaje. A estas alturas yo ya no podía disimular la rabia, estoy seguro que la mujer se dio cuenta que yo la tenía entre ojos. Decidí no darle más largas y les pedí que la requisaran, tenía pruebas suficientes para sospechar de ella.

Al ver el indicador, ellos estuvieron de acuerdo y fueron a requisarla. Vi que le hablaban y le hacían preguntas, pero no la requisaban. Ella les mostró un teléfono que tenía en la mano y les mostraba el bolso, pero nadie la palpaba. Yo, mientras tanto, intentaba activar el sonido de alerta una y otra vez, con la esperanza de que el pitido la delatara. Pero, de nuevo, había mucho ruido alrededor. Mi paciencia se agotaba, uno de los policías se me acercó y me dijo que como en ese grupo todos eran varones, no la podían requisar.

Ni iPhone, ni moralejas

A partir de ahí mi memoria no es muy clara. No recuerdo si a la mujer se la llevaron a otra zona o si simplemente la dejaron ir. El caso es que ya no estaba ahí, yo seguía rastreando el indicador que mostraba a mi teléfono en la misma zona de la puerta.

Pensé que tal vez lo había tirado al suelo o lo había escondido entre tanta basura que había regada. Intenté buscarlo, pero nada. Entré a la carpa a ver si veía a alguien más sospechoso, pero de nuevo, mucha gente. Entonces el indicador se movió, se alejaba de la carpa, detrás de un kiosco donde no había mucha luz ni gente, me fui a perseguirlo, me tropecé un par de veces, a estas alturas ya ni me preocupaba recuperar el teléfono, solo quería respuestas. Llegué al otro lado del kiosco, según la app yo estaba casi encima del teléfono, pero estaba oscuro. Me detuve, levanté la mirada y, de repente, sentí un frío que me atravesó los huesos.

Había dos tipos, solos, nadie más en la zona. Yo no dije nada, me devolví hacia la carpa, María venía hacia mí. Le dije “son ellos, es una pandilla”. Uno de los policías me escuchó. “¿Quiénes?, ¿dónde?”, me preguntó. Señalé el kiosco, dos de los policías fueron a ver. Mientras tanto, María y yo hablábamos de abortar la misión. Ya era más de medianoche. Llevábamos 3 horas jugando al gato y al ratón sin poder disfrutar del festival. Además, el toque de The Strokes estaba a punto de comenzar. Vencidos y comenzando a caminar hacia la tarima principal, los policías se nos acercaron y nos dijeron que los hombres del kiosco eran de logística. Nos dijeron que la mujer que requisaron no tenía mi teléfono, que supuestamente le encontraron otra cosa, pero no nos dijeron qué. Yo no sabía si creerles, no podía sacudirme la rabia, pero lentamente volvía a mis cabales y entendía que nada de esto valía la pena, que la situación se había salido de proporción.

Fuimos a ver a The Strokes. Yo estaba tan agotado que no veía la hora de irme a dormir, pero tenía que esperar a mis colegas, ya que habíamos planeado el transporte de regreso juntos. A eso las 3 de la mañana ya se estaba acabando la jornada. Salimos del lugar a buscar nuestro transporte. El trancón de la autopista era monumental.

Tuvimos que esperar más de una hora en una estación de gasolina. Yo revisé un par de veces más la app. Decía que antes de la 1:00 a.m. el celular se apagó. Cuando llegué a mi casa eran casi las 5:00 a.m., revisé mi correo electrónico y me enteré que me habían hackeado la cuenta de Apple ID. ¿Cómo? No sé. Desde la aplicación, yo había activado el modo perdido que supuestamente bloquea el aparato. Pero el caso es que la información del celular estaba expuesta así que tuve que cambiar todas mis contraseñas, llamar al banco a bloquear mi tarjeta de crédito porque en el teléfono tenía una nota con los datos de la tarjeta. Llamé al operador de telefonía para bloquear la línea y, según me dijeron, también el aparato. Aunque ya a estas alturas supuse que lo habían hackeado para formatearlo y revenderlo.

La rapidez con que lo hicieron confirmó mis sospechas de que se trataba de una operación de ladrones profesionales. En fin. La historia no me dejó ninguna moraleja, pero sí un amargo sabor de boca.

*Los nombres fueron cambiados por solicitud de los involucrados

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