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Menos vida en línea, la clave para recuperar la vida real

El filósofo Enric Puig Punyet cuenta por qué decidió reducir al máximo su relación con internet.

Personas adictas a internet

En el 2020, por primera vez en la historia, habrá más personas conectadas a internet que aquellas sin conexión.

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123RF

21 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Comenzó eliminando las redes sociales y WhatsApp, luego las suscripciones a portales y después aplicaciones como Google Maps. Al final se deshizo de su ‘smartphone’ y volvió a tener un celular básico que solo usa para llamar. Enric Puig Punyet, español de 36 años, profesor y doctor en Filosofía, lleva más de un año desconectado. Pero ha sobrevivido y no se ha aislado del mundo.

Su desconexión fue resultado de la investigación para su libro ‘La gran adicción’, en el que aborda el tema de cómo es vivir sin internet mediante diez testimonios de personas que, por diferentes motivos –adicción, desconexión con la vida real, ansiedad, visiones alternativas de la vida, etc.– tomaron esta decisión en tiempos en los que parece imposible lograrlo. De hecho, de acuerdo con el estudio Shifts for 2020, desarrollado por Facebook IQ, el equipo de análisis e investigaciones de la red social, en el 2020 habrá más personas con teléfonos móviles que red de agua potable o electricidad en sus hogares; y, por primera vez en la historia, habrá más personas conectadas a internet que aquellas sin conexión.

‘Dar un paso al costado’ le ha representado muchos beneficios a Puig. “Recuperé la capacidad de prestar atención y de profundizar en una conversación, y ciertas capacidades de socialización y mucha paz, porque las redes nos crean ansiedad y nos hacen perder mucho tiempo”, cuenta en entrevista con EL TIEMPO.

Pero ¿cómo hace para no verse limitado en una era en la que hasta para el trabajo es necesario estar conectado? Su postura no es fundamentalista. Su llamado es a encontrar un equilibrio entre la conexión y la desconexión. “Hoy nos agobia no estar permanentemente conectados, pero hay que analizar también cuáles son los aspectos de la vida real que nos estamos perdiendo por esta obsesión moderna. Es hora de hacerse preguntas, de poner freno personal y socialmente, y de activar nuestro espíritu crítico”, dice.

Por eso hoy solo se conecta para revisar correo y comunicarse con sus estudiantes. “Solo uso internet desde mi computador”, cuenta, porque así limita su tiempo en la red. Y recomienda que en las casas haya un solo computador, “dispositivos colectivos, no personales”, para que adultos y niños no permanezcan enganchados a la red con sus dispositivos, que los acompañan hasta al baño.

Hacemos una pregunta y al final internet acaba haciéndonos miles de preguntas, absorbiéndonos

Lo que más lo inquieta es el enorme desperdicio de tiempo que implica el estar conectados: “Cuando hacemos una búsqueda en Google, pasamos de una página a otra y al final ni recordamos qué estábamos buscando. La relación de internet se invierte, hacemos una pregunta y al final internet acaba haciéndonos miles de preguntas, absorbiéndonos”.

“Un error común es que nos suscribimos a decenas de cosas que luego no miramos. Son notificaciones que entorpecen la vida cotidiana, cientos de correos en los que perdemos el tiempo leyendo, que no alcanzamos a digerir y que al final lo que hacen es crearnos mucho ruido y darnos muy poco fondo”, agrega.

La suya no es una actitud ingenua, sino de “resistencia” a un modelo que, asegura, no es tan neutro, abierto y pluralista como lo pintan. En una entrevista con la BBC sentenció: “A menudo se dice que internet es una herramienta neutra y que depende de cómo la utilicemos. Esto es una simplificación. Supone no entender que detrás de internet hay una ideología y una historia. En el último capítulo de esta historia, que se remonta al 2000, emergió un modelo de negocio cuyas ganancias dependen del tiempo que pasemos los usuarios en internet (…). La internet participativa busca nuestra dependencia, pues al tratarse casi en su totalidad de plataformas vacías que se nutren de nuestro contenido, lo que interesa es que estemos a todas horas conectados”. Y en esto, añade, los teléfonos inteligentes han sido fundamentales.

Y en una charla con ‘La Vanguardia’ agregó: “No es una herramienta al servicio de la humanidad, sino que pone la humanidad a su servicio, nutriéndose de sus anhelos, sus gustos, sus soledades (…). Hoy es más rápido acceder a la información que procesarla, generarla y contrastarla. Hay un clima en el que es imposible mantenerse callado aunque no se tenga nada que decir (…). Y son las grandes corporaciones las que sacan tajada económica de este gran ruido, donde lo único importante es el tráfico”.

Puig dice que aunque la mayoría de ‘apps’ busca lograr dependencia en los usuarios, no se puede negar que internet es una herramienta que salva distancias y acorta tiempos. Pero anota que incluso aquí hay que tener cuidado, porque “en muchos casos nos aproxima respecto a quien tenemos lejos, pero en otros nos aleja respecto a quien tenemos cerca”.

Y en su libro lo aborda con la historia de Philippe, un hombre de 40 años que fue despedido de una empresa informática. A partir de ese momento comenzó una intensa búsqueda de trabajo por internet que lo aisló casi por completo en el estudio de su casa. “Su dedo repetía de forma mecánica la continua pulsación del botón del ratón del computador, hasta el punto en que ya no lo sentía ni suyo”, describe Puig en su texto.

Un día Philippe recibió un mensaje que lo hizo cambiar de percepción. “La alerta de mensaje en su teléfono aceleró su corazón. Podría tratarse de una oferta de empleo. Pero no fue nada de eso. Era un mensaje de su esposa, que estaba en la misma casa, y que contenía dos palabras: ‘te quiero’ ”. Esta era la única expresión absolutamente real que había compartido con ella en las últimas semanas y fue suficiente para entender que había llegado el momento de empezar a desconectarse.

Puig señala que los demás protagonistas de su texto escogieron este camino por diferentes circunstancias, pero subraya que lo importante de leer estas historias es que “nos empecemos a hacer preguntas en ese sentido”, sobre qué tan adictos o alienados estamos por la redes sociales y otras formas de conexión que en realidad nos desconectan de muchos aspectos de nuestra vida, dice.

Su conclusión es que todos debemos tener claro por qué usamos internet y plantearnos si es necesario estar tan conectados. Para este filósofo, es clave fomentar una sensibilización ciudadana sobre este tema y por eso es el director del Instituto de Internet, una organización que se dedica a la divulgación de análisis críticos respecto a las nuevas tecnologías. Su objetivo: lograr que internet deje de ser una herramienta que pone a la humanidad a su servicio, y pase a ser lo que debería ser: una herramienta, con enormes potencialidades, pero que realmente sepamos manejar.

ANA MARÍA VELÁSQUEZ DURÁN
Redactora de EL TIEMPO

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