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La democracia enredada/ Análisis del editor

Pensaría uno que estos hechos y personajes marcarían una era dorada para la democracia, pero no.

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Los medios, queda claro, no hemos sabido contrarrestar este fenómeno y el horror, si es cotidiano, no llega a las primeras planas.

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123rf

23 de agosto 2016 , 01:28 a.m.

Creo que pocos pondrían en duda los beneficios que ha traído un mundo conectado, en donde incluso las voces más lejanas tienen el potencial de sumarse a lo que antes era el espacio de debate de unos pocos.

Con todos sus males, esta era ha permitido el surgimiento de fenómenos que van de Wikipedia a WikiLeaks y de Facebook a YouTube.

También les ha dado espacio a personajes como Edward Snowden que –de nuevo, con cualquier reparo válido que pueda haber en cuanto a su actuación– han hecho incuestionables aportes al develar secretos sobre el manejo que el gobierno de EE. UU. hace de la información de inteligencia y sus poderosos recursos.

Pensaría uno que estos hechos y personajes marcarían una era dorada para la democracia, pero lamentablemente no es así. Esto pasa, en principio, porque las herramientas son más sofisticadas, pero las audiencias no.

El primer problema es la ausencia de consumo crítico. En su mayoría, la gente se ha acostumbrado –no solo lo espera sino que lo exige– a tener información instantánea, así no estén claras ni su pertinencia ni su objetividad. Es más, así no esté clara siquiera su veracidad.

Como el requisito es que los temas sean nuevos, el interés se pierde rápido.

El viernes de la próxima semana se cumplirá un año de la muerte de Alan Kurdi. Poco ha cambiado en la situación que llevó a su ahogamiento, que no solo sigue dejando muertes a diario, sino que ya produjo la imagen icónica de otro niño –este ya no muerto en una playa sino herido en una ambulancia– que a su vez, inevitablemente, saldrá también del ciclo informativo.

Los medios, queda claro, no hemos sabido contrarrestar este fenómeno y el horror, si es cotidiano, no llega a las primeras planas.

A su vez, los Gobiernos saben que están siendo observados y reaccionan previendo no los efectos de una decisión, sino los efectos de la percepción de las audiencias digitales sobre esa decisión.

Muchos, así como sus contradictores, son hábiles manipuladores de la forma en que funciona la red. El resultado es que batallas mediáticas como las que hemos visto recientemente (la indigencia en Bogotá, las cartillas del Ministerio, los puntos de los acuerdos de La Habana) suelen librarse a punta de eslóganes y citas sonoras, más que a punta de datos contrastados. El lema parece ser: Para qué dar información si puedes usar indignación.

Pero el principal problema no es que la gente quiera disfrutar de todas las libertades (de expresión, de asociación, de empresa...) de las que ha gozar cualquier ciudadano. Así ha de ser. El problema es que esperen hacerlo sin cumplir los más elementales deberes.

La opinión de ciudadanos que no se molestan en informarse antes de expresarse es sagrada, como el principio que la defiende, pero ciertamente no le es útil a nadie.

WILSON FERNANDO VEGA R.
Editor Tecnósfera
@WilsonVega en Twitter

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