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Actualizado 12:41 a.m. - miércoles 23 de abril de 2014

Las trampas de GOG

Las trampas de GOG

Foto: Archivo particular

Casi veinte años después de su muerte, se publican los artículos de Gonzalo González, uno de los más importantes divulgadores de cultura del siglo XX.


Durante varias décadas del siglo XX una de las personas que más influencia tuvieron en la divulgación de la cultura en Colombia fue Gonzalo González Fernández, más conocido por el apocalíptico seudónimo de GOG.


Primo de Gabriel García Márquez y coterráneo suyo, había nacido en Aracataca en 1920. Todavía en edad estudiantil, viajó a Bogotá, se graduó de abogado en la Universidad Nacional y se vinculó a El Espectador, a la radio y a varias universidades. Desde esta triple cátedra se convirtió en una fuerza amable y poderosa que recogió nuevos talentos literarios en el Magazine Dominical del diario de los Cano, participó (cuando existían) en los primeros programas culturales de concurso por radio y dictó clases y cursillos de derecho y periodismo.


Lo hizo con autoridad intelectual y abrumadora sencillez. El seudónimo de GOG ―y su carnal Magog, con el que dialogaba y discutía― se hizo famoso incluso entre quienes no conocían los escritos de Juan evangelista y quienes no habían oído mentar la famosa obra de Giovanni Papini. Siempre estuvo dispuesto a conversar sobre asuntos de literatura y lenguaje, a debatir temas de derecho constitucional, a escribir la reseña de una nueva exposición, a echar mano a la guitarra y montar una parranda vallenata o a calzar los guayos y saltar a una cancha de fútbol... sin despojarse, eso sí, de las gafas levemente ahumadas que le recomendó el oftalmólogo.


Parece difícil creer que semejante personaje no hubiera publicado en vida más que un libro: su tesis de grado, sobre el Estado de sitio. Ahora, diecinueve años después de que GOG murió en Bogotá (1992), sus hijas se aprestan a publicar un libro electrónico con una amplia recopilación de artículos suyos.

Un problema de mente
Trampas del lenguaje es una sabrosa ensalada de notas sobre el periodismo, el lenguaje y la literatura. Algunas exponen sus inquietudes de profesional; otras, sus enseñanzas de profesor; otras más, sus obsesiones de filólogo. Todas muestran la radiografía de un lector apasionado.
El libro es un homenaje tardío pero de plena justicia para su memoria y de inmediata utilidad para quienes quieran familiarizarse con las enseñanzas de un maestro de dilatada cultura, que convirtió el lenguaje en su más fructífera inquietud. Resulta difícil creer que no hubiera sido llamado a ocupar sillón en la Academia de la Lengua y duele que no se recuerde con la frecuencia e intensidad que merece a quien fue periodista principal durante 55 años, Premio Nemqueteba 1955 al mejor libretista de televisión, Premio Mergenthaler 1957 y precoz wikipedia andante en la sala de redacción de El Espectador.


Eso sí, quienes lo conocieron lo tienen presente. Dice Álvaro Castaño Castillo, padre y abuelo de la HJCK: "Vivía lleno de curiosidad por todos los meandros de la cultura, por todos los momentos esquivos que esa palabrota implica. La cultura para Gonzalo era su golosina, su quehacer, su alborozo". Dice García Márquez: "Llevaba la sección más popular e inteligente del periódico, Preguntas y respuestas, donde absolvía cualquier duda de los lectores". Dice su antiguo compañero José Salgar: "Sobresalió como sabio en nuestras cuatro paredes. Todos le reconocíamos el título de maestro en lenguaje y periodismo. Es otro costeño que hubiera podido llegar al Nobel". Dice el columnista barranquillero Chelo de Castro: "Mostró, a una edad en que aún no había salido de la adolescencia, que estaba dotado con una inteligencia superior".


La multiplicidad de intereses de Gonzalo explica la variedad de temas relacionados con el idioma que aparecen en la colección. Llama la atención la persistencia con que ataca ciertos tics gramaticales. Uno de ellos es el uso de adverbios terminados en 'mente', lucha feroz en la que comprometió a su primo Gabo. De allí que este hubiera declarado: "En mis últimos seis libros no he usado un solo adverbio de modo terminado en mente, porque me parecen feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales".


En el abanico figuran unos artículos excelentes sobre la poesía de León de Greiff y una deliciosa columna sobre "un González", aventurero español olvidado por la ingratitud humana, que se anticipó dos siglos a De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. El legado de GOG depara vericuetos inesperados. Uno de ellos es su confesa manía de coleccionar los nombres de los colores, que ofrezco en un recuadro trasmutados en test.

La letra con chispa entra

GOG se vale de su contradictor Magog para adelantar diálogos donde juega, aclara y siembra preocupaciones. Pero, sobre todo, enseña. Ese era el principal propósito de los cientos de comentarios que publicó en El Espectador y otros periódicos durante años. Se trataba de enseñar cómo escribir y cómo no hacerlo. Para lo primero, GOG había organizado (sin Power Point, a Dios gracias) un cursillo que dictó numerosas veces a colegas y estudiantes.


En él denunciaba las trampas del lenguaje, exponía la miseria de las palabras empobrecedoras, pasaba al paredón las mañas más habituales del periodista, señalaba las muletillas, advertía sobre las malas compañías procedentes de otros idiomas ―más que todo el inglés― y, en fin, dictaba una sólida cátedra de lenguaje.
Los pilares de estas charlas inolvidables eran dos: sabiduría y humor. Gonzalo González era de los que creían que la letra entra mejor con chispa que con sangre.

Cervantes, Tarzán y Escalona

Tan variadas como su cultura general fueron las fuentes de referencia del maestro. Góngora y Quevedo; García Márquez y García Lorca; el Evangelio, que es un diccionario de nombres curiosos, y el diccionario de María Moliner, que es un evangelio de buen uso. Pero también columnas de diarios de capital y provincia, vallenatos de Escalona, boleros, despachos noticiosos publicados por la prensa hematológica, anuncios, cómics de Tarzán, sueltos de las páginas deportivas y otras menudencias.


Muchas de sus enseñanzas habrían podido caber en los 140 caracteres del Twitter canónico. GOG tenía un talento innato para el aforismo y la síntesis. Escarmenando en sus textos, reuní en un recuadro unos cuantos de esos trinos que él trinó sin saber que estaba trinando.


Los alumnos de Gonzalo González Fernández se cuentan ―nos contamos― por miles. A los que recibieron lecciones en el aula hay que sumar los que asistieron a sus cursillos y seminarios y, finalmente, los compañeros y principiantes que siempre disfrutamos de su consejo y su guía.


Es un alivio saber que muchas de sus lecciones están ya reunidas en este libro donde las Trampas del lenguaje intentan superar las trampas del olvido.

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