Proceso de Paz

El mapa de Antanas Mockus para una paz estable y duradera

A las puertas de un nuevo gobierno, Mockus plantea que al país le urge optar por la legalidad.

Antanas Mockus, matemático y filósofo

Para Mockus, el futuro del país depende de una educación rigurosa, capaz de ampliar las clases medias con “la fuente más dinámica de riqueza: el conocimiento”.

Foto:

Andrea Moreno / Archivo EL TIEMPO

30 de junio 2018 , 09:45 p.m.

Parieron los montes y nació un insignificante ratón.
Horacio, ‘Arte poética’

En este ensayo voy a proponer una especie de mapa que dibuje a grandes rasgos algunos requisitos indispensables para que del parto tan difícil que fue firmar la paz no resulte, como dice el epígrafe de Horacio, un simple ratoncillo, sino una armonía fuerte, aclimatada, capaz de mantenerse en pie y orientar las transformaciones de Colombia por muchos años más.

La hipótesis que quiero defender es la siguiente: aclimatar la paz en Colombia requiere ahora mismo optar por la legalidad, por una mejora de la educación y por una transformación radical de la gestión pública.

Voy a empezar por situar los acuerdos de paz en el contexto internacional de la “lucha” contra el terrorismo.

El contexto

Cada vez es más patente la fragilidad de la humanidad frente al ataque terrorista destructivo indiscriminado, casi siempre dirigido contra la población civil y con fines políticos o religiosos. Junto con los secuestros y las misiones suicidas, esa manifestación violenta ha acabado por romper la tradicional benevolencia con la que la ley y la opinión local o nacional veían el delito de intención política.

A partir de los años 60 en Europa, y a partir del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos, la intención política del acto terrorista se ha convertido en un agravante. Cabe presumir que las sociedades tenderán a reaccionar más duro contra los miembros de organizaciones que usen métodos terroristas e, incluso, contra quienes opten por ejecutar acciones de destrucción e intimidación indiscriminadas promovidas y justificadas por un radicalismo urbano combinado en algunos casos con fanatismo religioso.

En este contexto, Colombia, que ha sufrido una guerra interna prolongada y cruenta, desarrolla unos acuerdos de paz reconocidos como valiosos por gran parte de la humanidad. Es doloroso que en nuestro país sean muchos quienes todavía no se han percatado de la proeza que significa la paz con las Farc. De los cambios pactados y de su grado de cumplimiento depende mucho de lo que logremos en los próximos años.

De otra parte, a las habilidades del narcotráfico hay que encontrarles alguna opción zanahoria. Jugar a los escondites con la DEA y con la Fuerza Pública colombiana no es la salida. Hoy, expertos mantienen la idea de que el aporte del narcotráfico nunca ha sido mayor a 5 o 6% del PIB. Sin embargo, aunque solo se estimara en un 1%, la economía ilegal sería profundamente dañosa porque ilustra una severa impotencia del orden formal frente al informal.

Adicionalmente, la gestión pública se encuentra atrapada entre la corrupción a gran escala, que involucra usualmente al Gobierno y al sector privado, y el clientelismo, que se expresa en el intercambio de favores otorgados con recursos públicos a cambio de respaldo electoral. Este intercambio aprovecha el carácter parcial del acceso a derechos. La lealtad electoral resulta premiada y quienes se nieguen a respaldar al líder clientelista resultan excluidos de algunos de los beneficios del Estado social de derecho.

Es doloroso que en nuestro país sean muchos quienes todavía no se han percatado de la proeza que significa la paz con las Farc

En medio de todo esto, y aunque cueste admitirlo, hay que considerar la eventualidad de que los efectos benignos del acuerdo celebrado con las Farc resulten atenuados por contaminación con clientelismo y corrupción. Por ejemplo, para James Robinson, el acuerdo no se traduce automáticamente en la superación del “derrumbe parcial del Estado colombiano”, ni ataca la flagrante desigualdad ni desplaza elementos claves de la cultura mafiosa: la ‘ley del silencio’, el ‘no sea sapo’ y la paciente y sistemática construcción de “rabos de paja” que a su vez alimenta el mutuo chantaje del “hagámonos pasito”.

Los antropólogos han descubierto muchas comunidades en las que en vez de la reciprocidad simple (‘yo te doy, tú me das’) se practica un intercambio generalizado (A le da a B, B a C, C a D, etc. hasta cerrar el círculo). Esta posibilidad queda bien ilustrada por el lema ‘Todos ponen, todos toman’. (...)

La hostilidad de una parte de los actores políticos no satisfechos con el acuerdo de paz ante los cambios planteados en este puede contribuir a que se desperdicie la oportunidad para hacer transformaciones mayores. También es cierto que la sociedad se irrita al ver tanto remiendo en el proceso de paz. Y las clases medias altamente calificadas, al menos por el momento, parecen estar más orientadas a construir su acceso a las condiciones de vida de las élites en los países desarrollados que a solidarizarse con quienes padecen aún condiciones precarias.

Así pues, Colombia necesita cambios coordinados en el tiempo que procuren desmontar las estructuras y prácticas facilitadoras del clientelismo y otras formas de corrupción.

El timonazo

A continuación identifico transformaciones ineludibles en función de los cambios requeridos para que se consolide una paz duradera en Colombia:

1. Superar una gestión gubernamental caracterizada por su baja coherencia (‘colcha de retazos’, ‘bomberos dedicados al incendio del día’), pero al mismo tiempo sorprendente por su capacidad de encontrar soluciones eficaces a problemas urgentes. Hay que apostar, como se hizo en Bogotá, a una gestión pública admirable, que resulte ahora también admirada por su capacidad para mantener vivo el consenso en torno a las reformas acordadas en 1991.

2. Evitar las tentaciones populistas y sacar del repertorio político las prácticas clientelistas.

3. Consolidar el consenso sobre los nefastos efectos de la combinación de acciones políticas no violentas con violencia. La combinación de todas las formas de lucha debe ser entendida como peligrosa y contagiosa, ya sea en conflictos entre individuos, ya en conflictos entre grupos o incluso entre naciones. Si en un conflicto uno de los bandos parece estar guiándose por la máxima del ‘todo vale’, es muy probable que grupos enemigos o rivales hagan lo mismo como forma reactiva (reciprocidad negativa). (...)

4. Lograr un crecimiento vertiginoso de la educación superior con mayor inversión acompañada de mecanismos de rendición de cuentas y acreditación, como lo hizo el presidente Correa en Ecuador.

5. Valorizar la capacidad de asumir riesgos y la alta creatividad presentes en algunas actividades ilegales, puestas de ahora en adelante ambas al servicio de la paz, de la legalidad, del uso racional de los recursos naturales y de la ampliación de la capacidad de Colombia para definir su visión de futuro.

6. Fortalecer las nuevas capas medias que derivan su poder de su capacidad para crear, adoptar y aplicar conocimiento. Configurar un bloque histórico (Gramsci) organizado en torno a la creación y adopción de conocimiento relevante por parte de empresarios e intelectuales, de modo que se multipliquen los interesados en buscar bases más sólidas para su accionar. En lo que sigue me concentro en esta última transformación necesaria.

Fortalecer la clase media

Un profesional toma decisiones no triviales autónomamente. La principal característica de su acción es que se orienta por un diagnóstico previo. Su formación le permite saber ante qué situación se encuentra, qué debe hacer y por qué.

Las capas medias dependen cada vez más de las universidades para su formación y su actualización. Basan su poder práctico (y de negociación) sobre un mayor dominio del conocimiento frente a quienes aprendieron por imitación o por ensayo y error. Cualquier debilidad en los aspectos puramente cognitivos puede dar al traste con sus pretensiones.

En Colombia, la separación entre el rol de empresario y el del alto ejecutivo ha sido atenuada por la velocidad con la cual los propietarios del poder económico han comprendido la necesidad de acumular la fuente más dinámica de riqueza y poder: el conocimiento. Así, preparar una dirigencia profesional no interesada, por lo menos en primera aproximación, en hacerse a la propiedad de activos productivos fue una opción explícita de la Escuela Nacional de Minas de Medellín.

La inseguridad causada por el conflicto armado y el desbordamiento del secuestro y la extorsión hizo que las familias más ricas optaran por formar a sus nuevas generaciones en el exterior. Aunque algunos portadores del capital cultural más sofisticado optaron por seguir una carrera académica, por lo general en el exterior, muchos otros regresaron y siguen regresando a ponerse al servicio del país ejerciendo cargos de poder.

Si en un conflicto uno de los bandos parece estar guiándose por la máxima del ‘todo vale’, es muy probable que grupos enemigos o rivales hagan lo mismo como forma reactiva

Esto reforzó la tendencia (inconveniente, a mi parecer) a una concentración del poder en las nuevas generaciones, articulándose estrechamente poder económico y poder del conocimiento. (...)

Si se cuentan estudiantes y profesores, la educación ya es, sin lugar a dudas, la actividad económica que más horas y personas involucra en Colombia. En cifras muy aproximadas, cerca de 12 millones de estudiantes son atendidos por cerca de 700 mil docentes. No es difícil imaginar el tamaño del daño que puede producir la falta de rigor por laxitud en el uso del tiempo. Las comparaciones empiezan a inmutarnos. Ya se habla no solo de años cursados o de horas de clase por años, sino de “años de aprendizaje equivalentes” para tener en cuenta el hecho de que un país puede adquirir en siete años lo que otro adquiere en cinco. La paz es la condición básica para volver a descubrir nuestras prioridades.

Una academia poco rigurosa siembra el incumplimiento, la irresponsabilidad, la mediocridad. Hay que evitar que el clientelismo y las otras clases de corrupción campeen desde la entrada a las universidades. Quien convive y transa con la corrupción durante su formación queda prácticamente programado para seguir por el mal camino. O en el mejor de los casos, como se dice, queda con los dos chips: sabe jugar limpio; pero también, si fuere necesario, sabe jugar sucio.

La corrupción y la acumulación de pequeñas faltas o pequeñas informalidades pueden terminar por erosionar gravemente el ‘ethos’ universitario. Puede que esté ahí una de las principales causas de la laxitud con la cual por un largo tiempo hemos mirado la corrupción.

Si la tolerancia hacia la corrupción en todas las esferas (pública, privada, universitaria) continúa, el estruendo del parto de los montes solamente habrá parido a un ratoncito.

Conclusión

¿Pueden imaginarse condiciones para un resurgimiento de una organización armada en algún sentido similar a las Farc? Algunos de los factores de riesgo son los siguientes: a) crecimiento de la economía ilegal; b) Estado desarticulado, localmente capturado por fuerzas políticas capaces de organizarse y dotarse de servicios ilegales de vigilancia y justicia en los campos y las ciudades; c) incapacidad de hacer de la educación la cuna de la honradez (un cuarto de la población del país, si contamos estudiantes y profesores); d) torpeza estatal en el manejo de hostilidades de otros países; e) incumplimiento de los acuerdos de La Habana; f ) deterioro de las condiciones económicas y ambientales acompañado de gobiernos incapaces de dar explicaciones satisfactorias, organizar y orientar la acción colectiva y frenar a tiempo el desbordamiento de prejuicios que enfrentan entre sí a diferentes grupos sociales.

ANTANAS MOCKUS
Matemático y filósofo de la Universidad francesa de Dijon. Nacido en 1952. Doctor ‘honoris causa’ de la Universidad de París XIII y de la Nacional. Fue candidato a la vicepresidencia (1998) y a la presidencia de la república (2010). Este texto fue publicado originalmente en el libro ‘¿Cómo mejorar a Colombia?’

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