Proceso de Paz

Médicos empíricos de la Farc estudiarán para salvar vidas

En La Plancha, Antioquia, reciben formación académica en epidemiología y primeros auxilios.

Médicos empíricos de Farc

Los 90 exguerrilleros de las Farc viven a solo unos metros del lugar de residencia de la Fuerza Pública y los campesinos con quienes estudian todos los días. FOTO:

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Deicy Johana Pareja M.

15 de junio 2018 , 06:43 a.m.

Para salvar a sus compañeros durante la guerra, Margarita Jiménez llevaba en la cabeza una pañoleta camuflada y vestía el uniforme de las Farc, botas pantaneras y guantes de plástico; con una navaja sacaba balas y esquirlas, también amputaba piernas heridas por minas antipersonas en medio de la selva.

Por 25 años, ella fue la cirujana empírica de la desmovilizada guerrilla en el norte de Antioquia. Sin estudiar el bachillerato, se convirtió en una de las médicas más experimentadas de las Farc: era buscada por distintos comandantes para hacer procedimientos complejos.

Margarita ingresó a la guerrilla a los 15 años sin saber sumar, restar, leer ni escribir. Mientras terminaba la primaria en las montañas más escondidas del departamento, aprendió a disparar un fusil, a patrullar y sobre primeros auxilios.

Hoy, a sus 45 años, luego del proceso de paz entre el Gobierno y las Farc, sueña con terminar la secundaria y estudiar medicina para ayudar a los campesinos de zonas alejadas del país que no tienen acceso al sistema de salud.

Al igual que Margarita, un grupo de 90 excombatientes empezaron el proceso de formación como ‘promotores rurales de salud y vida por la paz’, en los espacios territoriales de capacitación y reincorporación (ETCR) de Llano Grande, en el municipio de Dabeiba, y La Plancha, en Anorí.

Antioquia se convertirá en el primer departamento del país en formar excombatientes en medicina para trabajar en veredas apartadas.

Ellos pueden ayudarnos a solucionar la problemática de salud, a la vez que se reincorporan a la vida civil

Ricardo Castrillón Quintero, gerente de Salud Pública de la Gobernación de Antioquia, entidad que diseñó el programa con el apoyo de la ONU, explica que los excombatientes tendrán clases teórico-prácticas, certificadas por la Universidad de Antioquia y el Sena, en atención primaria, epidemiología y salud pública.

“Las Farc tienen mucha experiencia en medicina y conocen las zonas más alejadas. Ellos pueden ayudarnos a solucionar la problemática de salud, a la vez que se reincorporan a la vida civil”, agrega el funcionario.

Los exguerrilleros podrán acompañar misiones médicas para atender a las poblaciones afectadas por el conflicto armado en zonas de difícil acceso. El trabajo consiste en visitar casa por casa y escuela por escuela prestando primeros auxilios e identificando enfermedades.

Habrá promotores con énfasis en niños, en adulto mayor y en enfermedades tropicales. En las zonas alejadas del departamento se presentan casos de malaria, leishmaniasis y dengue.

El gerente añade que tendrán el reto de detectar riesgos epidemiológicos que afecten la calidad de vida de los campesinos. A cambió recibirán una remuneración económica.

“Nosotros no creíamos, pero ellos hacen procedimientos igual que las enfermeras o los cirujanos profesionales, manejan muy bien el bisturí. Hay que ayudarlos a que vayan a las universidades y se gradúen de medicina”, recalca Castrillón.

Margarita quiere tener esa oportunidad para seguir salvando vidas. En el campo de combate perfeccionó las amputaciones, atendió partos y sanó a sus compañeros de heridas de balas. Fue capaz de salvar a hombres y mujeres que tenían pocas posibilidades de sobrevivir porque recibieron impactos en la cabeza u órganos vitales.

“Aprendí de médicos profesionales de las Farc, después practiqué en zonas de combate y campos minados en donde no había camillas y escaseaban los medicamentos”, recuerda Margarita.

Ella trabajaba día y noche en un campamento en Ituango, Antioquia, y muchas veces iba a otras zonas a atender emergencias médicas y capacitar a enfermeras empíricas: les enseñaba primeros auxilios y amputaciones.

Margarita recuerda que caminaba noches enteras bajo la lluvia con la tropa y llevaba en la espalda un morral con algunos medicamentos, gasas, antibióticos, sueros, jeringas y droga para el dolor. “No contábamos con muchos medios, pero con eso nos defendíamos, nos tocaba ser recursivos. Una cirugía se hacía uniendo camas en los campamentos, usábamos pañoletas para detener la sangre”, describe.

Yuraima Vásquez, coordinadora de la Mesa de Salud de Reincorporación de las Farc en Antioquia, asegura que los médicos de la organización salvaron vidas bajo bombardeos y en medio de combates y emboscadas. “Hubo muchas experiencias en la zona de guerra con médicos graduados y empíricos, tuvimos intervenciones quirúrgicas de corazón abierto, así como amputaciones y adaptación de prótesis”, dice.

Cuando la Gobernación de Antioquia y la ONU les notificaron a las Farc que los médicos empíricos podrían homologar sus estudios, los excombatientes se alegraron mucho, y, de hecho, pidieron que incluyeran a campesinos, soldados y policías en el programa.

Daniel Cadavid, instructor del Sena, quien enseña medicina a los excombatientes en el espacio de capacitación de Anorí, cuenta que a partir de los conocimientos empíricos les da clases de teoría: “Entre mis estudiantes hay cirujanos y enfermeros de guerra, nosotros construimos conocimientos desde la parte teórica. Ellos la reciben y la optimizan”.

Este proyecto, que busca ser replicado en otros lugares del país, tuvo una inversión de 220 millones de pesos, de los cuales 120 millones fueron donados por el Gobierno de Suecia y 100 millones por la Gobernación de Antioquia.

Alessandro Preti, coordinador de Reincorporación de la Misión de Verificación de la ONU, explica que la entidad hizo la gestión para buscar, a través de la cooperación sueca, financiación para formar a los excombatientes, quienes recibirán un diploma de promotores de salud y una oportunidad para reincorporase económicamente a la vida civil.

“La salud es uno de los temas críticos en el proceso de reincorporación. En los espacios territoriales hay centros de salud, personal médico y una ambulancia, pero esos recursos se empiezan a reducir. Las comunidades donde están los ETCR tienen poco acceso a salud; por ello, la comunidad apoya este proceso y están muy interesados en esto”, añade Preti.

La vida en La Plancha

Todos los días, Margarita y los otros excombatientes –algunos llegaron desde otros espacios territoriales– reciben clases en la escuela de La Plancha para perfeccionar todo lo que aprendieron en la zona de guerra, donde cargaban heridos y los atendían en lugares y con implementos improvisados.

En las clases también participan campesinos, soldados y policías, con quienes conviven en el espacio territorial, para un total de 102 alumnos de medicina.

La Plancha está ubicada a 40 minutos de la zona urbana de Anorí. Allí viven 32 familias campesinas y 107 excombatientes, quienes siembran juntos verduras y trabajan en conjunto para mejorar la escuela, las carreteras y el centro de salud.

En la vereda resaltan unas 50 casas blancas, pequeñas, con techos de zinc y fachadas pintadas con rostros de los fallecidos jefes de las Farc como ‘Jacobo Arenas’, ‘Alfonso Cano’ y ‘Manuel Marulanda’, ‘Tirofijo’.

Escasos 600 metros separan la zona territorial de las casas de la comunidad. Comparten la cancha de fútbol y la escuela, donde estudian víctimas e hijos de excombatientes. Cada tarde juegan un partido de fútbol soldados, policías, campesinos y exguerrilleros.

Quiero morir salvando vidas, por eso permanecí casi tres en las Farc, donde creyeron en mí, aun sin estudiar

Margarita dejó todo para irse a las Farc. Sus padres nunca volvieron a saber de ella y fallecieron de forma natural, mientras la creían desaparecida. Ella solo supo de su muerte, cinco años después de su entierro.

En la selva, Margarita tuvo una hija a la que debió dejar con unos allegados. La volvió a ver cuando dejó las armas, junto con 12.260 exguerrilleros de las Farc, a mediados 2017 tras el proceso de paz con el Gobierno.

En su proceso de dejación de armas, ella se reencontró con el primer hombre a quien le salvó la vida, un exguerrillero que pisó una mina antipersona en 1992. Margarita se alegró de verlo caminar con ayuda de una prótesis y de saber que, al igual que ella, piensa en un futuro lejos de la guerra.

“Quiero morir salvando vidas, por eso permanecí casi tres en las Farc, donde creyeron en mí, aun sin estudiar. Ahora la vida me da la posibilidad de estudiar y de seguir mi camino llevando salud a las zonas más alejadas del país”, concluye.

DEICY JOHANA PAREJA M.
Especial para EL TIEMPO
Twitter: @Johapareja

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