Proceso de Paz

Siete rostros del país que trabaja por la reconciliación

Jóvenes, líderes sociales y funcionarios trabajan por el perdón en viejas zonas de guerra.

Líderes sociales

De izquierda a derecha; Arriba: Jesús García, Didier Velasco, Dilia Mejía, Gladys Vides y Carlos Trujillo. Abajo: Cristian Córdoba y Maryury Daza.

Foto:

EL TIEMPO y archivo particular

09 de diciembre 2017 , 11:00 p.m.

Desde que se firmó la paz con las Farc, en varias regiones que sufrieron el conflicto, jóvenes, líderes sociales, profesores y funcionarios locales vienen trabajando de manera discreta para lograr la reconciliación de sus comunidades.

Unos emprenden iniciativas de manera solitaria y otros con la ayuda de organizaciones no gubernamentales. En el segundo caso están los líderes juveniles Cristian Córdoba, de Chocó, y Maryury Daza, de Antioquia. Pero ellos son solo 2 de 65 jóvenes de 6 municipios (Bojayá, Quibdó, Turbo, Apartadó, San Carlos y Medellín) que están trabajando de la mano de Semillas de Paz, un proyecto de la Asociación Santa Cruz apoyado con recursos de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por sus siglas en inglés).

Los proyectos van desde llevar a las víctimas del conflicto talleres de danza o torneos deportivos hasta recuperar los espacios donde ocurrieron las confrontaciones armadas, por ejemplo, con siembra de árboles. Todas las personas que emprenden estas iniciativas están motivados por dejar atrás el estigma de pertenecer a regiones de guerra.

En esa apuesta, han contado con el acompañamiento de 30 voluntarios, todos universitarios de Bogotá que, aunque nunca vivieron la guerra, quieren ayudar a construir paz desde los territorios y así unir a la Colombia urbana con la rural.

En un trabajo similar está la organización La Paz Querida, que está promoviendo la reconciliación en 35 antiguas zonas de conflicto armado, a través del diálogo intergeneracional. El objetivo es unir de nuevo a las comunidades divididas por el odio y el rencor y para eso ha entrenado a varios líderes locales durante encuentros en los que han participado cerca de 2.000 personas. Entre los integrantes de La Paz Querida está el padre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad.

Aquí presentamos las historias de varios de esos líderes que se la juegan por ayudar a dejar atrás el odio.

Las historiasCristian trabaja con otros 100 jóvenes

Con el lema de su iniciativa, ‘Menos palabras, más hechos’, a sus 16 años Cristian Córdoba dicta charlas “sobre la vida”. Así explica este joven afrodescendiente el trabajo que hace con cerca de 100 muchachos en Quibdó, Chocó, “para alejarlos de la delincuencia” y, de este modo, aportar a la construcción de paz.

Cristian, a pesar de su corta edad, ya es reconocido como un líder en distintos barrios de la capital chocoana a donde llegaron víctimas del conflicto. Hace un año empezó con la idea de llevarles torneos de fútbol o chirimías, agrupaciones musicales del Pacífico, motivado por cambiar “la descomposición social” que, dice, viven esas zonas de Quibdó.

“La gente nos dice que estamos locos, que no nos metamos a esos sitios tan peligrosos, pero sentimos que los jóvenes no son para la violencia”, cuenta este estudiante de grado décimo, que lucha contra el escepticismo y la falta de recursos para cambiar la realidad que lo motivó a emprender este proyecto.

La gente nos dice que estamos locos, que no nos metamos a esos sitios tan peligrosos, pero sentimos que los jóvenes no son para la violencia

La jardinera de San Carlos

Maryuri Daza, líder juvenil de Santa Rita, vereda de San Carlos, en Antioquia, trabaja en la adecuación de un jardín comunitario para que cada familia de la zona rural de este municipio golpeado por la violencia se comprometa a cuidar una planta como símbolo de perdón, luego del fin de la guerra. De momento, ya convenció a 30 familias. “Lo hacemos porque queremos quitarnos el estigma de ser de un municipio de guerra y que nos vean como un ejemplo de reconciliación”, dice Maryury, de 15 años, quien, además, busca recursos para construir una casa de la juventud.

Espera que allí se lleven a cabo actos de reconciliación.

Ella también acompaña la iniciativa de la cabecera municipal por la cual San Carlos fue declarado “el pueblo de los murales”. Las antiguas paredes agujereadas por las balas del conflicto y grafiteadas con las siglas atemorizantes de grupos armados son ahora coloridos murales con mensajes de esperanza.

El joven cauchero del Caquetá

En un contexto donde muy pocos jóvenes quieren quedarse a trabajar el campo de Doncello, Caquetá, por la falta de oportunidades que dejó la guerra, Jesús García, un muchacho cauchero, está empeñado en convencer a jóvenes campesinos de la población de que sí es posible vivir de la tierra y salir adelante en tiempos de paz.

A la vez que enseña cómo cultivar, a través de escuelas de campo, y estudia administración pública, es el presidente de la plataforma juvenil del municipio, que tiene un proyecto de construcción de paz basado en el arraigo productivo de la región. Trabaja con los barrios vulnerables y en las veredas de Doncello, inspirado en lo que aprendió en el diplomado en pedagogía de paz y convivencia de la Universidad de la Amazonia. “Pretendemos cambiar los estereotipos, de que en Doncello no se puede ‘ser alguien’ ”, dice. Agrega que quiere llevar el mensaje de que la paz es posible cuando se es tolerante con las diferencias.

El líder comunal de Caldono

Didier Velasco, presidente de la junta de acción comunal de Siberia, corregimiento de Caldono, Cauca, ha institucionalizado el diálogo como política para resolver disputas de décadas atrás en ese municipio, sobre todo por asuntos de tierras.

El mayor orgullo que dice tener es haber logrado una comunicación fluida entre excombatientes de las Farc, que hacen su reincorporación en una vereda del corregimiento, los cabildos indígenas misak y nasa y los campesinos.

Y aunque fue desplazado, y algunos familiares suyos fueron secuestrados y extorsionados por la exguerrilla, está decidido a seguir impulsando la reconciliación en esa zona. “Al comienzo uno tiene rabia, pero si hay arrepentimiento de parte de ellos, uno pone en la balanza seguir con esa rabia o dejarles un mejor futuro a los hijos”, dice Velasco. Quiere que la gente de Siberia aprenda a escuchar al otro, así no piense igual.

Al comienzo uno tiene rabia, pero si hay arrepentimiento de parte de ellos, uno pone en la balanza seguir con esa rabia o dejarles un mejor futuro a los hijos

La maestra de los Montes de María

Para Dilia Mejía, profesora de carrera en San Juan Nepomuceno, Bolívar, la reconciliación comienza rompiendo los ciclos de violencia cultural que trajo la violencia política en la región de los Montes de María.

Ella trabaja para desincentivar las prácticas heredadas de la guerra que se han transmitido entre generaciones. “El reto es superar esa idea de que todo se resuelve por la fuerza o por la amenaza”, dice. Cuenta que en San Juan, muchos hijos crecieron sin saber de sus padres, hermanos o tíos, pues fueron reclutados por grupos armados, y, por esto, ella se focaliza en procesos de enseñanza para ellos. “Si la violencia se aprende, la paz también puede aprenderse”, agrega.

Esta maestra, que ha sido reconocida con distintos galardones, entre ellos el premio Compartir, vio cómo el conflicto desapareció a dos rectores de la escuela donde trabajaba y a varios niños desplazarse con sus familias.

Si la violencia se aprende, la paz también puede aprenderse

La alcaldesa de Tarazá

En Tarazá, Antioquia, uno de los 170 municipios priorizados del posconflicto, su alcaldesa, Gladys Vides, está empeñada en motivar a los cocaleros para que sustituyan sus siembras ilegales. Dice que cerca de 2.000 campesinos ya suscribieron los acuerdos de sustitución voluntaria, pero que, de estos, apenas unos 500 están recibiendo la ayuda económica del Gobierno.

La alcaldesa cuenta que no quiere que los cocaleros se sientan abandonados, como años atrás. En la década pasada, cuando intentaron sustituir la coca por caucho y cacao, el Gobierno los dejó solos en el proceso de comercialización y por eso tuvieron que volver a sembrar coca. “La población tiene esperanza, se ha concientizado de la necesidad del perdón, pero sería triste que eso se perdiera por el abandono estatal”, dice. Está convencida de que cambiar la economía ilegal ayuda a reconstruir el tejido social que dañó la guerra.

El gestor de paz de Planadas

Hace un año, Carlos Trujillo viene trabajando como gestor de paz de la Alcaldía de Planadas, Tolima. Dice que busca que la gente aprenda a convivir. Ese municipio, que vivió en carne propia la guerra entre el Estado y las Farc, está cambiando la mentalidad de la violencia a través de actividades deportivas y culturales que nunca había tenido esa zona, según cuenta Carlos. En ese pueblo, donde reinaba la zozobra, ahora la gente puede salir de sus casas sin temor después de las 6 de la tarde. “Ese es un cambio que vale más que cualquier cosa”, sostiene.

Relata que gracias a los espacios de reflexión que se han promovido en Planadas, la población perdió el escepticismo hacia la paz.

“Ahora la gente tiene esperanza. Si ellos han logrado cosas importantes, por ejemplo, la producción de café de alta calidad durante la guerra, con la paz ahora sienten que pueden lograr mucho más”, dice Carlos.

JUAN CAMILO PEDRAZA
Redacción Paz
juaped@eltiempo.com
En Twitter: @JCamiloPedrazaM

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