Proceso de Paz

Humanizar al enemigo, ¿acaso no es humano ya?

Ver al enemigo público hacer el papel del bueno genera desconfianza, pero ¿cómo preferimos verlo? ​

Humanizar al enemigo, ¿acaso no es humano ya?

Luego de almorzar, los guerrilleros aprovechan la jornada deportiva en la única cancha de la vereda.

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Constanza Bruno / El Espectador

30 de mayo 2017 , 08:07 p.m.

En una casa, mitad plástico y mitad ladrillo, ubicada en la entrada de la vereda Santa Lucía, a 300 metros de la zona veredal de las Farc, en el municipio de Ituango (subregión norte de Antioquia), un joven con voz suave y apariencia calmada manda buscar a un grupo de niños para que reciba ayudas gestionadas por él, pues a estas alturas del año muchos menores del sector no han podido conseguir cuadernos, lápices y bolsos para ir a la escuela.

Si no les es fácil conseguir útiles escolares, mucho menos será posible obtener un jabón, una crema dental y un juguete; son lujos que no se pueden dar la mayoría de los pobladores de esta zona, que no solo guarda la riqueza que les otorgan los ríos y las montañas, sino la pobreza y la estigmatización a la que por siempre la ha tenido condenada y excluida el Estado, por ser acampadora de las guerrillas de las Farc. Por eso, en 1997 un comando paramilitar dejó sus casas convertidas en cenizas, tras no lograr asesinar a los hombres del pueblo.

Santa Lucía, en donde habitan 54 familias campesinas, es hoy una de las 26 zonas de concentración de las Farc estipuladas dentro del acuerdo de La Habana. Allí acampan 250 de sus integrantes, entre mujeres y hombres. Uno de ellos es Bladimir Aguilar, el joven que gestionó las ayudas escolares para los niños del pueblo. Mientras esto se daba, un grupo de guerrilleros departía un juego de fútbol en la única cancha del sector, pues ese día gozaban de una jornada deportiva en el caserío.

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Humanizar al enemigo, ¿acaso no es humano ya?

Los guerrilleros disputan un partido de fútbol en Ituango, Antioquia. Video / Constanza Bruno.

Inquietaba saber por qué Bladimir no estaba compartiendo con sus compañeros en la jornada deportiva, pero resultaba ser poderosa su decisión de reunir en ese preciso momento a los niños de la zona para que no se quedaran sin recibir sus útiles escolares. “Me trauma mucho ver a la gente arrumada en un plástico porque fueron situaciones por las que yo pasé cuando niño”, explica este joven, quien a sus 24 años tiene una experiencia de 12 en las filas de la guerrilla.

Bladimir remonta sus recuerdos a 1997, cuando a sus 4 años de edad un grupo de paramilitares llegaron a su casa en el Nudo de Paramillo, en el Alto San Jorge, y asesinaron a su padre por compartir la ideología guerrillera, y de paso le abrieron un largo camino de carencias y desdichas.

Fue ese mismo año cuando las Autodefensas nombraron como comandante a Carlos Castaño Gil, quien dio la orden de acabar con la guerrilla y sus simpatizantes y perpetrar masacres como la del Aro, corregimiento de Ituango, donde perdieron la vida 15 campesinos. En este hecho se le acusa al Ejército de ser colaborador. En respuesta, las Farc arreciaron la ofensiva en Antioquia para sabotear las elecciones y el funcionamiento de las hidroeléctricas, así como también para contener la expansión paramilitar en el Magdalena Medio. Fue el año de los apagones, enfrentamientos continuos entre guerrillas y Autodefensas, secuestros y asesinatos de dirigentes, candidatos políticos y periodistas.

Bladimir y su familia huyeron de la amenaza paramilitar y se sentaron en otro extremo de las montañas de Ituango, donde empezaron una nueva vida en medio de la carencia y el resentimiento.

En el 2005, mientras la prensa nacional daba a conocer la sentencia C-23 de la Corte Constitucional, que aclaraba que no había ‘ingresos voluntarios’ de menores de edad en los grupos armados, sino que eran presionados por la pobreza, las familias y las condiciones de vida en general, Bladimir, en sus 12 años cumplidos, decidió alistarse en el frente 18 de las Farc, convencido de que debía defender la causa y tradición guerrillera de su familia.

Es en este mismo año cuando se fuga alias don Berna, uno de los más temidos jefes paramilitares y que tenía a su cargo 3.700 hombres, por lo cual se incrementó la incursión en el territorio en contra de las Farc, las cuales después de tener 13.000 hombres, pierden en continuos combates a 6.000 guerrilleros. Aun así, la izquierda seguía propinando golpes como el dado en los corregimientos de Patillal y La Mina, en el norte de Valledupar (Cesar), donde emboscaron un camión de la Policía Nacional y asesinaron a 15 uniformados.

En el conflicto colombiano, los combatientes de actores armados (guerrillas y paramilitares) encontraban una razón poderosa para enfilarse en estos grupos, por eso ninguno se salva de algún día ofrecer perdón, porque todos tienen responsabilidad en las atrocidades cometidas, esas que también ha hecho el Estado, el mayor excluyente social de todos los tiempos.

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A 300 metros de las casas donde habitan las 54 familias de Santa Lucía, se construye una de las zonas de concentración de las Farc. Las obras son ejecutadas por guerrilleros y habitantes.

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Constanza Bruno / El Espectador

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La nueva generación de Santa Lucía crece en medio de la exclusión que vienen sufriendo sus antepasados desde hace 50 años.

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Constanza Bruno / El Espectador

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A estas alturas del calendario escolar, la mayoría de los niños no cuenta con sus útiles escolares completos para ir a estudiar a la escuela.

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Constanza Bruno / El Espectador

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Bladimir Aguilar, uno de los beneficiados con la amnistía.

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Constanza Bruno / El Espectador

“El tema del perdón y la reconciliación es complejo, pero estoy dispuesto a perdonar a todos los que me desplazaron en dos ocasiones, mataron a mi padre, a los que se llevaron todo el ganado que teníamos en la finca, que nos dejaron desprovistos de todo, con solo dos mudas de ropa y en el patio, mientras que veíamos cómo se quemaba la casa”, sostiene Bladimir.

En el 2013, cuando comenzó a regir en Colombia la resolución 0754 que rediseñaba la política de reinserción de militantes de grupos armados ilegales para darles celeridad a los beneficios jurídicos y sociales para quienes abandonaran la guerra, es capturado Bladimir por rebelión. En la cárcel Bellavista, en Medellín, estuvo preso por casi cinco años, donde nunca imaginó compartir espacios con excombatientes del grupo que le habían hecho daño a su familia.

Allí mientras se desempeñaba como vocero político de las Farc, aceptó la propuesta de Confraternidad Carcelaria de Colombia de iniciar una etapa de diálogo y reconciliación con otros presos condenados por pertenecer a las Farc y las Auc. “Si yo perdono y estoy dispuesto a reconciliarme con esta gente, y con muchos de ellos me he encontrado y nos ha tocado hablar y compartir espacios, yo pienso que todo el mundo también lo puede hacer”, señala.

Frente a los opositores del proceso de paz con las Farc, ha aprendido a tomarlo con calma. “Sabemos que hay gente, organizaciones, partidos políticos que tienen una posición diferente a la nuestra y nosotros representamos otros intereses; ninguno está dispuesto a ceder de su parte para los demás, entonces, en ese sentido hicimos un trabajo de reconciliación en la cárcel con las víctimas, sobre la capacidad del manejo del control y emocional, con el fin de entender a la otra persona. Desde que todo se haga en el marco del respeto, podemos hablar de lo que sea, de temas complejos y dolorosos”, explica Bladimir.

Hace mes y medio Bladimir recuperó su libertad luego de beneficiarse de la amnistía aprobada tras el acuerdo de paz firmado entre las Farc y el Gobierno colombiano. Cuando salió de la cárcel, sus compañeros ya habían entrado a concentrarse a la zona veredal de Ituango. Ahora, mientras continúa con su vocería política, gestiona el acompañamiento de otras entidades para mejorar las condiciones de vida de la población donde creció. “Yo he sido netamente campesino, mi círculo social sigue siendo el mismo que se ve por allí boleando machete con cuatro y cinco hijos, y como soy un hombre que en su infancia y adolescencia pasó muchas necesidades y carencias de todo tipo, me mortifica el alma ver un niño con las botas rotas”.

Y aún no se termina de escribir esta historia cuando muchos de los lectores optan por el camino más fácil, el de la indignación, por haberle dedicado espacio a contar la historia de quien ellos consideran el malo, el enemigo público. La periodista argentina Leila Guerriero dice: “Sin la voz de las víctimas, el retrato del malo es una aberración”, totalmente de acuerdo, pero como propuesta para ponerle cortapisas a la polarización que vive Colombia, un país donde la exclusión social ha sido la principal causa de todos sus males, es pertinente tener en cuenta que sin la voz del victimario, el retrato del bueno es una manipulación.

Esto para explicar que si ambos han tenido un papel protagónico en el conflicto armado de Colombia, están en el derecho de aportar sus relatos para hacer memoria y contribuir a la verdad. Y frente a esto los colombianos que no han sufrido directamente con el conflicto armado, lo menos que pueden hacer es escuchar sus historias y dejar de clasificarlos entre buenos y malos.

Para el politólogo Gustavo Duncan, “basta una mirada desprevenida a los listados de desigualdad para darse cuenta que en cuanto a ingresos, tierras, servicios estatales y muchas otras estadísticas, las brechas son enormes. No es extraño entonces que la exclusión haya sido una de las causas más citadas del conflicto. Pero esta necesitó de otras como la criminalidad, y a través de prácticas como el secuestro y el narcotráfico, le dieron la forma que adquirió el actual conflicto”, sustenta el académico dentro del documento de Contribución al entendimiento del conflicto armado en Colombia, en el que participaron reconocidos estudiosos como aporte a la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas en el 2015.

Las montañas de Antioquia hablan por sí solas de esa exclusión. Las comunidades en las que ha crecido Bladimir siguen siendo las mismas de hace 40 y 50 años. En Ituango, donde ha estado la mayor parte de su vida, todo está por hacer. El analfabetismo alcanza el 30 %, según el Dane; los que aprenden a leer y escribir solo llegan hasta el grado de primaria y solo el 15,6 % termina la secundaria.

El sociólogo y matemático noruego, Johan Galtung, dice: “Todos los conflictos generan energía. El problema es cómo canalizarla constructivamente”, pero con las capacitaciones recibidas en la cárcel, donde aprendió a controlar sus emociones, Bladimir concentrará sus energías en su familia, con la que también se siente comprometido en sacarla adelante. Hace dos semanas fue a visitarla luego de cinco años sin verla. Se propuso terminar el bachillerato en el mes de julio e ingresar de inmediato a la universidad, pues su sueño es graduarse como politólogo y trabajar en la estructuración, fundación y plataforma del nuevo partido político de las Farc, tema candente que mortifica a quienes en Colombia consideran que se les están otorgando muchos beneficios a los guerrilleros.

Por eso desde ya se prepara psicológicamente para enfrentar la discriminación en la universidad. “Sé que allá hay personas que estigmatizan y recriminan, pero igual tenemos que estar preparados para afrontar esa situación. Todo el mundo no tiene que pensar como yo, eso no es una obligación, ni yo tengo que acoger los pensamientos de los demás. Si en algún momento me agreden o le suben el tono, me siento con la capacidad para manejar la situación, exigir respeto y evitar situaciones más complejas”, manifiesta.

Boaventura de Sousa Santos nos recuerda que vivimos en tiempos de preguntas fuertes y respuestas débiles, y una de esas preguntas nos las hizo Bladimir: ¿Cómo están para recibirnos? No tuvimos más remedio que responderle sinceramente: “¡Mal!, al igual que muchos colombianos, no estamos preparados”. “Eso lo sé, me preocupa bastante que Colombia no esté preparado para recibirnos porque sé que la pedagogía se ha quedado corta. Estamos en un proceso de reconciliación y participación política y desde ya nos están excluyendo, entonces, qué podemos esperar. No importa, yo estoy dispuesto a trabajar por este país”, agrega con vehemencia.

Ver al enemigo público hacer el papel del bueno genera desconfianza, pero ¿cómo preferimos verlo? En un país donde siempre se ha hecho la guerra resulta extraña la paz, tan ajena a la cotidianidad colombiana en la que por más de medio siglo se naturalizó la violencia marcada por el conflicto armado. Pero más que extraño, a muchos les resulta chocante ver a un guerrillero de las Farc desarrollar acciones pacifistas. ¡Como si la paz fuera un derecho diseñado para pocos!

En un país tan golpeado por la violencia, más que un derecho, construir paz es un acto voluntario como el de Bladimir Aguilar, quien aunque muchos no lo crean tiene cualidades de empoderamiento pacifista, las cuales empezó a cultivar cuando estaba en el colegio y lideraba la organización de eventos deportivos y fiestas para recaudar fondos y ayudar a la comunidad.

A Bladimir, más que rabia, le resulta triste comprender lo que para un colombiano común y corriente significa ser un victimario. Aún no termina de admitir el concepto que maneja la sociedad y discrepa del significado que han adoptado las instituciones en su país, tal vez porque más que culpable se siente víctima de quienes le hicieron daño a él y su familia, y que fue la razón para defender una causa por la vía de las armas. “Toca entender al victimario que ustedes ven. Cuando nos señalan como victimario, en ese momento más que nada se siente tristeza”, señala.

Caso contrario ocurre con ‘Zulema’, excombatiente del Eln, quien prefiere el concepto de victimario en vez del de ofensor. “Es que se oye muy feo, me afecta mucho”, expresa.

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Santa Lucía cuenta con el servicio de energía desde hace apenas tres años. No tiene puesto de salud. Allí todo está por hacer.

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Bladimir explica los detalles de los atrasos en la construcción de la zona veredal.

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Jonathan Hérnández

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A 300 metros de las casas donde habitan las 54 familias de Santa Lucía, se construye una de las zonas de concentración de las Farc. Las obras son ejecutadas por guerrilleros y habitantes.

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Constanza Bruno / El Espectador

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En la vereda Santa Lucía hay alrededor de 54 familias, a las cuales les preocupa que el Gobierno incumpla lo pactado en La Habana.

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Constanza Bruno / El Espectador

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En estos cambuches de plásticos acampan los guerrilleros de las Farc, a la espera de que se termine de construir la zona de concentración.

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Constanza Bruno / El Espectador

Quizás algún día Bladimir, ‘Zulema’ o los integrantes de cualquier organización guerrillera, paramilitar o del Ejército Nacional admitan conscientemente que muchos de sus hechos fueron más allá de la idea que decían defender. O tal vez, algún día, las instituciones, la academia y la sociedad en general resignifiquen el concepto de victimario en un conflicto armado como el colombiano.

Aunque Bladimir parece no aceptar la palabra victimario para su caso, sí admite que el conflicto de su país ha dejado pérdidas lamentables y personas que han sufrido considerablemente. “Han sido víctimas del conflicto que debemos reparar y buscar la reconciliación. Es un proceso complejo, largo, muy doloroso y sensible, pero trabajándolo de una forma adecuada podemos lograr que Colombia se reconcilie y logre finalmente un perdón”, agrega.

Muchos hablan de que a Colombia le llegó la hora de humanizar al victimario que, tras un proceso de paz, acepta someterse a unas cláusulas de verdad, justicia, reparación y no repetición, no para echar al olvido a las víctimas, sino para darles a los ofensores una voz sociopolítica en su país, con la que intentarán coexistir pacíficamente. Es algo así como humanizar al enemigo público. Pero ¿acaso no es humano ya?

La incertidumbre del ahora y el después

Lo mejor de una guerra es cuando se acaba y lo que viene después. Pero para garantizar que el conflicto con las Farc finalice, debe haber cumplimiento de lo acordado, lo cual no se viene dando. La incertidumbre reina en la implementación de lo pactado en La Habana, luego de que la Corte Constitucional tumbó dos puntos importantes del Acto Legislativo para la Paz que afectan el cronograma establecido por las partes. A esto se suman anteriores incumplimientos que se traducen en el atraso de las obras de construcción de las zonas veredales, la liberación de los guerrilleros que están en las cárceles y el proceso de desarme.

Los continuos tropiezos preocupan a Bladimir. Y mientras nos cuenta lo que ha pasado, nos lleva al sitio donde se está construyendo la zona de concentración. El primer problema que enfrentaron fue la alimentación. “El Gobierno pretendía que el desayuno fuera un vaso de café con pan y una naranja o un banano, como lo vivimos en la cárcel. Aquí se desayuna y se comen sopas de lentejas con arroz, carne y tajadas. Se hicieron modificaciones, entonces la alimentación ha llegado bien”, dice Bladimir.

Le molesta que se esté acabando el plazo para culminar la etapa de concentración en la zona veredal y que las obras de construcción no terminan: “Faltan los salones, las aulas comunes, los espacios deportivos, el restaurante, los servicios y la mitad de las cacetas. No se han construidos los camerinos, solo se ha techado el 50 % de las casas”, explica Bladimir.

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Humanizar al enemigo, ¿acaso no es humano ya?

Bladimir Aguilar habla sobre su compromiso con la construcción de paz en Colombia. Video / Constanza Bruno.

Mientras esperan ver concluidos los trabajos, los 250 guerrilleros se concentran en cambuches de plásticos. Allí cumplen el cronograma de estudio acordado de 8:00 a 10:00 a. m. recibiendo del personal del Sena capacitaciones en sistemas, agronomía y panadería. Así mismo, de acuerdo con sus tareas de desempeño, reciben de otras entidades instrucciones en sustitución de cultivos, desminado, política y seguridad (servicio de escoltas).

Su temor es el rearme paramilitar en las zonas abandonadas por las Farc. “El 24 de diciembre estuvieron los paramilitares en el puente amarillo hasta tarde en la noche. Entonces uno se pregunta: ¿y el Gobierno qué? ¿El Ejército qué? ¿Y los acuerdos sobre el desmonte del paramilitarismo dónde están? Aunque se han diseñado unos protocolos y esquemas, sabemos que no van a alcanzar para cubrir a los 14.000 guerrilleros que hay, incluyendo los que están en las cárceles y en las sedes de los partidos”, advierte.

La desesperanza se apodera de él y sus compañeros cada vez que ven noticias que informan del asesinato de un guerrillero. “Nos llegó un comunicado diciéndonos que habían asesinado al hermano y la esposa de una compañera del frente 36, entonces eso duele demasiado, porque no tenemos seguridad. Si sumamos, ya van seis muertos este año, que han sido gente cercana nuestra”.

Estos inconvenientes del proceso le han ‘bajado la nota’ a Bladimir, pero mantiene las esperanzas de que todo se resuelva. “Lo que vemos en este momento no es que sea muy esperanzador, pero personal y colectivamente tenemos la voluntad, la decisión y la firmeza de seguir con esto. Tenemos plena disposición de enfrentar todos los obstáculos que se presenten de aquí en adelante y los problemas graves buscaremos la forma de remediarlos por la vía del diálogo”, indica.

Bladimir seguirá donde siempre ha estado, a la espera de que mejore el panorama del proceso de paz, y mientras eso pasa se empeña en visibilizar a su población, la otra Colombia, la excluida.

CONSTANZA BRUNO SOLERA
Periodista colaboradora de Colombia 2020, de 'El Espectador'.

​*Este artículo se publica gracias a la beca '200 años en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por la Escuela de Periodismo de EL TIEMPO, la Embajada de Suecia, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Universidad de La Sabana.

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