Proceso de Paz
paz con las farc

El abrazo entre una víctima de El Nogal y un exguerrillero

Se encontraron por primera vez hace dos años. Se han vuelto a ver en otros escenarios.

Martha Amorocho

Regis y Martha se encontraron por primera vez hace dos años en un foro sobre reconciliación, cuando les propusieron darse ese abrazo dijeron que sí.

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Rodrigo Sepulveda EL TIEMPO

04 de mayo 2017 , 01:08 p.m.

Mientras unos insisten revivir el dolor y promover acusaciones y rencores, algunas víctimas del conflicto armado eligen reconciliarse con el pasado y con sus victimarios. Abrazar el presente y mencionar el pasado simplemente para que no se repita.

Martha Amorocho perdió a su hijo Alejandro en el 2003, cuando en la noche del 7 de febrero estallaron 200 kilos de C4 en el club El Nogal, en el nororiente de Bogotá. Casi le pasa lo mismo a Juan Carlos, su hijo mayor, pero sobrevivió. Fueron las Farc.

Regis Ortiz, cartagenero, aún no había ingresado a las filas de las Farc en ese entonces, pero ya era un activista de su comunidad y líder estudiantil. Dos años después de la bomba en el club, en el 2005, cedió a las propuestas de los guerrilleros infiltrados en su universidad, tras tantas amenazas de los paramilitares contra su vida, las desapariciones e incluso el asesinato de quienes admiraba, decidió ingresar a las Farc. En el 2007 se desmovilizó y ahora trabaja con la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR).

Martha Amorocho

Martha perdió a su hijo Alejandro en la tragedia de El Nogal.

Foto:

Martha Amorocho / Archivo Particular

El día que se conocieron, accedieron a darse un abrazo largo y de cuerpo entero, como los de verdad. Él no era su victimario, pero sí representa a ese grupo de hombres y mujeres que alguna vez tomaron las armas. Se abrazaron en público e hicieron noticia.

Se encontraron por primera vez hace dos años en el IV Congreso de Responsabilidad Social de la Fundación El Nogal ‘Paz y Reconciliación en los territorios’, cuando les propusieron darse ese abrazo. Dijeron que sí; ella con temor y él con admiración.

“Tenía miedo del mensaje que se iba a transmitir, no porque no pudiera perdonar, pero sí da miedo. Y cuando veo salir un muchacho de 35 años, la misma edad que tendría mi hijo, quedé desarmada. Era claro que podía hacerlo, que podía abrazarlo”, recuerda Amorrocho con una sonrisa.

Ortiz ya la había escuchado hablar. “Ella me contó que perdió un hijo en El Nogal y se me erizó la piel. Vi a una mujer admirable, que ha superado muchas cosas y quiere ayudar. De una dije que sí y es que el abrazo no solo fue en el escenario, si no que hubo muchos antes. A veces son necesarios, es necesario sentir al otro”, cuenta llevando los hombros adelante, para revivir el momento.

En el escenario hubo cosas sutiles, que solo ellos saben y que fueron más allá de ese momento público.

Tenía miedo del mensaje que se iba a transmitir, no porque no pudiera perdonar, pero sí da miedo. Y cuando veo salir un muchacho de 35 años, la misma edad que tendría mi hijo, quedé desarmada

Amorocho recuerda ese pequeño detalle al instante. Cuando ella subió a la tarima y vio a Ortiz sentado en el extremo izquierdo de un sofá largo, supo que no quería sentarse en el extremo opuesto ni poner un abismo en el medio.

“Si me sentaba en el otro extremo era feo, así que me senté en la mitad y en un momento él estiró su mano y yo la mía. No sé quién le coge la mano a quién, pero estamos tomándonoslas, dándonos fuerza. No puedo decir más. Allá es donde tenemos que llegar”, cuenta esta mujer que no se siente víctima sino una sobreviviente.

Aunque el recuerdo de Ortiz es más difuso, hace memoria y se le viene a la mente la escena. “Creo que lo hicimos al tiempo o que fui yo, porque ella estaba contando lo de su hijo, cómo lo perdió y le estreché la mano tímidamente, porque no sabía cuál iba a ser su reacción, pero terminamos así, sin soltarnos”.

Se volvieron a ver en el congreso de reconciliación, en 2016. Coinciden en que el saludo fue afectuoso. “Él es embajador de paz y le deseo lo mejor”, dice Amorocho sin dudar.

El principio del fin

Ortiz se desmovilizó en el 2007, durante unos bombardeos que hizo el Ejército a la zona donde quedaba su campamento. No lo dice, pero la fecha coincide con la operación Alcatraz en la que se bombardeó el Carmen de Bolívar hasta lograr la baja de ‘Martín Caballero’, jefe guerrillero del frente 37 de las Farc.

Ahí o donde sea que haya estado en ese momento, el cartagenero decidió que no quería un día más de guerra al mirar los ojos de su compañero, un niño, que se apagaban al tiempo que se le escurría la vida por las heridas.

– Quiero salir de aquí, sácame de aquí, no me dejes morir. Te hubiera hecho caso de no venir, no quiero que me dejes morir acá.

Eso le decía ‘Cruz Roja’, como era conocido el pequeño, a Ortiz, antes de morir en sus brazos. Tenía 13 años y hacía dos que se había ofrecido para formar parte de las Farc. Ortiz, que en ese tiempo tenía veintitantos, lo encontró malherido en el campamento, tras los bombardeos.

Ortiz se ve apocado en la silla mientras recuerda y cuenta. Se toma las manos, entrelaza los dedos y los frota, cada vez más nervioso sin poder mirar otra cosa que sus palmas cerradas, una sobre otra.

Caminó tres días por la selva evitando a los soldados, porque si se rendía sabía que el precio era la muerte; en esos tiempos la cabeza de un guerrillero valía 15 días o un mes de vacaciones. Pero se encontró de frente con dos de ellos. Ortiz estaba armado y quedó de pie en medio de los uniformados y sus armas.

Entendieron que debía haber confianza. Les dije ‘cojan sus fusiles que yo me quiero ir a mi casa’. Ahí empezaron las revisiones y las entrevistas”.

Era poco lo que podía contar sobre las operaciones estratégicas de su frente. Son tres líneas las que tenían en las Farc: la financiera, la militar y la organizativa y de educación. Regis hacía parte de esta última, así que no estaba al tanto de los detalles que le interesaba conocer al Estado.

Antes de entrar a las Farc, en el 2005, él era un estudiante de historia, activista social, líder comunitario, representante en el consejo superior de su universidad. Sus orígenes humildes, su cuna de barrio de invasión y su familia grande alimentaron su vocación. Pero eso le trajo problemas en un área dominada por la violencia, los ‘paras’ y la guerrilla.

“En el 2002 o el 2003, paralelo a las desmovilizaciones de los paramilitares llegó una oleada de amenazas a la Costa. No fui la excepción. A mi casa llegó una amenaza de las Autodefensas diciendo que tenía que salir de la ciudad o era objetivo militar”, recuerda.

La muerte se extendió como una plaga. En el 2004 mataron a Alfredo Correa de Andreis, profesor de la Universidad del Norte (Barranquilla) que trabajaba con víctimas del conflicto. Jorge Noguera, exdirector del DAS, fue acusado por este delito. Luego fueron perseguidos, intimidados y asesinados varios líderes, docentes y activistas de la costa.

El entonces estudiante decidió empacar e irse para Bogotá. Pero no aguantó dos semanas cuando ya estaba de regreso en Cartagena. Una semana después, salió de clase y sintió que la muerte lo acariciaba.

Regis Ortiz

Regis Ortiz entró a la guerrilla siendo universitario, en el 2005.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

Había un esquema para montarme en una camioneta y una moto sin placas con hombres armados, fuera de la universidad. Pude escaparme de eso e hice las denuncias, pero las autoridades no hicieron nada”.

No era su turno. Logró escapar y salir con vida. A los pocos días lo abordó un hombre. Era un infiltrado de las Farc, que lo había notado por sus labores de activista.

“Este personaje me contacta y me dice ‘yo sé de tu situación, ¿por qué no vienes y hablamos?’. Le dije que sí, pero fue un sí incrédulo. Me subí al carro y a las 6 de la tarde ya estaba en los Montes de María. Al día siguiente hablé con el comandante de ese frente. Me iba a quedar unos meses, pero pasaron dos años”.

Nunca estuvo de acuerdo con la vía armada, pero esa vez se sentía acorralado y denunciar ante las autoridades no le había servido para nada.

Dolor y posacuerdos

La historia del hijo de Amorocho ha sido contada varias veces: quedó aprisionado bajo uno de los techos del club El Nogal, tan irreconocible que lo confundieron con un hombre de 40 años. Solo tenía 20.

Su hermano Juan Carlos, que quedó herido, tuvo que aprender de nuevo a comer solo, a caminar, hablar y recordar. Increíblemente, meses después terminó su carrera, se enamoró, tuvo una hija.

Amorocho ya no quiere hablar del pasado. “Ya se contó”, dice. Y este es su discurso hacia el perdón, hacia el futuro que la llevó a ser parte de la tercera comisión de víctimas que fue en el 2014 a La Habana (Cuba) para contarles al Gobierno y a las Farc su versión del conflicto.

Me parece irresponsable pensar que los únicos victimarios son las Farc. Eso es infantil

“El espacio fue solemne, de escucha, donde se conmueven todos, porque todo lo que se dijo fue terrible. No fue una conversación, no fue un juzgado –cuenta–. En el almuerzo tuvimos la oportunidad de sentarnos frente a frente y hablar de lo que viene, de sentir que no hay aversión porque si partimos del odio generamos odio”, dice Amorocho, a quien el dolor convirtió en activista por la paz.

Ortiz tuvo su primer encuentro con la reconciliación cuando se desmovilizó
, porque en la ACR había todo tipo de actores armados ilegales que habían entregado las armas, hasta sus enemigos los ‘paras’. Cuenta que la reintegración le ha “servido para avanzar profesionalmente y en los miedos, porque al venir de los grupos armados uno llega con miedos. Me sirvió para entender más este conflicto, en la medida en que uno lo entienda, más puede aportar a solucionar cosas”, afirma.

Como embajador de paz le habla a civiles, políticos y desmovilizados de su proceso. “Cuando los exparamilitares se enteraban de que yo fui de las Farc, me preguntaban por qué los defiendo, y les respondía que tenemos que vernos de manera diferente. Eso era como ser su familia, compartir un almuerzo de trabajo, compartir sueños y aspiraciones”.

Amorocho no es ingenua. Sabe que firmar un papel en La Habana no es el fin del conflicto y que lo duro viene con la implementación del acuerdo. “Me parece irresponsable pensar en que los únicos victimarios son las Farc y que cuando se acaben el país va a funcionar perfectamente. Eso es infantil”, dice con firmeza.

“Se ha mitificado la paz. No es una paloma blanca. Cuando una paloma vuela bota también cosas desagradables. Nos falta compromiso. Es hora de sacudirnos y de hacernos cargo de nosotros mismos, de nuestra responsabilidad. Si vendo mi cédula a un candidato por un sancocho o por 20 mil pesos. ¿Qué puedo esperar de ese gobernante?”, insiste.

Ortiz cree que es importante que el país se prepare para las reacomodaciones de la ilegalidad tras los acuerdos, pero considera que no es momento para tener miedo: “Que no nos asuste tanto la paz, yo le tengo más miedo al conflicto, a 50 años más de derramamiento de sangre”.

Amorocho se reúne aún con otras víctimas del conflicto armado a reflexionar sobre la reparación y las penas para los guerrilleros que los críticos del proceso han tildado de “inexistentes”, “precarias”, “insultantes”.

A menudo, la conclusión de esas reuniones, dice, es que lo único que los une es el dolor y que solo quieren que no vuelva a pasar. “Así como la reparación es simbólica, las penas también lo son, nadie nos va a devolver lo que nos quitaron, no hay forma. ¿Cuántas personas, haciendo qué, en qué condiciones y dónde lograrían que yo tuviera un abrazo de Alejandro otra vez? Nunca”.

Natalia Gómez Carvajal
Especial para EL TIEMPO
*Esta historia hace parte del especial Paz con las Farc. Relatos de una guerra que se queda atrás. Víctimas del conflicto cuentan la historia de dolor que esperan superar tras la paz con las Farc.

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