Proceso de Paz

El vendedor de zapatos para bebé

Exguerrillero de las Farc construyó una microempresa en la que elabora zapatos para recién nacidos.

historia ACR

Exguerrillero de las Farc construyó, con el apoyo de la ACR,una microempresa en la que elabora junto a su familia zapatos para recién nacidos.

Foto:

Mauricio Moreno

10 de mayo 2017 , 03:14 p.m.

Sudoroso, con el corazón a punto de salírsele del pecho y los pies convertidos en ampollas sangrantes luego de una semana de fuga por el monte, Luis García* se preparó para enfrentar su destino a las puertas de una base militar en Nariño.

Llevaba consigo el fusil y vestía el uniforme y las botas que lo distinguían como miembro del frente 29 de las Farc. Acudir así a una base militar significaba para él atravesársele en el camino a la muerte.

Durante los casi once años que llevaba en la guerrilla, vivió con el temor al enemigo. Entregarse, le decían, era equivalente a pegarse un tiro. El miedo más grande era que los militares lo recibieran y luego lo asesinaran para presentarlo como un ‘positivo’. Un guerrillero dado de baja en combate.

Pero ya no había alternativa. Estaba ahí, dentro del Renault 4 que detuvo en la madrugada, acompañado por el conductor y su familia que, presas del miedo, habían intentado primero entregarle las llaves del carro y luego se vieron obligados a llevarlo hasta la base.

La familia venía, según cuenta Luis, de participar en un culto evangélico. Pararon el carro a 200 metros de la base y se fueron a informarle al Ejército lo que estaba pasando. Con sigilo, un grupo de soldados llegó a verificar.

“Cuando me dijeron que me bajara del carro yo dije: bueno si me van a matar, que me maten aquí. O si es verdad o es mentira, pues llegó la hora. Llegaron los soldados y me dijeron que me bajara y me fuera con ellos. Aquí ya es lo de Dios, pensé. Si es para salirme de esto pues bien y si no…”.

Pero la vida le tenía reservada una sorpresa. Y una nueva oportunidad. Recelosos, los soldados lo acompañaron hasta la guarnición sin quitarle ni el fusil ni las prendas.
“Todos me felicitaban por haber tenido el valor para salirme, me llevaron a una oficina y allá entregué todo. Llegué caminando como un loro porque en el monte solo me podía mover por los cauces de las quebradas y los ríos para que no me siguieran”.

Recibió atención médica, ropa y alimentos durante quince días. Cuando se quitó el uniforme por última vez, la piel de sus pies quedó pegada de las medias. Fue el último dolor físico que le causó su pertenencia al grupo guerrillero. Y la puerta a una nueva vida que comenzó quince días después, cuando la Agencia Colombiana para la Reintegración lo trasladó a Bogotá.  

Su vida en la guerrilla

Como muchos niños en las zonas selváticas de Caquetá, Luis era llevado frecuentemente a los campamentos de las Farc para asistir a reuniones y charlas que les dictaban los subversivos. Pero después de las conferencias, la guerrilla los invitó a quedarse dos, tres, cuatro días acampando con ellos. Como si fuera un paseo.

Pronto les exigieron que tenían que quedarse allí durante dos meses y luego, se quedaron del todo. Luis tenía 13 años cuando se convirtió en miliciano de las Farc. Estuvo en un campamento que tenía el ‘Negro Acacio’ en Las Delicias y luego pasó a Putumayo y Nariño.

“De miliciano duré como seis o siete años. Cuando estaba en Nariño fue que me metí de lleno ya. Estaba por un caserío que se llama Mar de Plátano, en la frontera con Ecuador, por el río Mataje. Ahí ya me metí con la columna Daniel Aldana. Me llevaron y después me dejaron con otros 'manes' en el frente 29, la 'Mariscal Sucre' ”, afirma.
Pero a medida que fue creciendo, sintió el peso del aburrimiento en su vida. Y del miedo. “Eso allá no es vida. No hay nada qué hacer y, como la presión del Ejército en la zona era tan fuerte, vivíamos moviéndonos de un lado para otro.

Allá uno a toda hora está con miedo. En cualquier momento le pegan a uno un tiro, por ahí queda herido. Uno no tiene tranquilidad allá ni nada”.

Solo contaba con la amistad de dos muchachos que, como él, habían llegado a la guerrilla desde niños. Con ellos compartía y jugaba cuando tenía tiempo, pero se vieron involucrados en una tragedia que definió su vida.

“Andábamos tres, pero el otro 'man' se voló y lo localizaron en Llorente. Nos mandaron a matarlo allá. Llegamos y hablamos con él, y en lugar de hacerlo, le dimos plata para que se fuera. Dijimos que sí, que lo habíamos matado.

Cuando se dieron cuenta allá, nos llamaron a todos. Yo les dije que me habían ordenado esperar a la entrada de Llorente y que no sabía si él había hecho o no el trabajo. Como a las dos horas lo mataron. Ahí fue donde dije: 'No, hasta aquí fue'. Ahí fue donde comencé de una vez a planear cómo hacía para volarme”.

Huir de las Farc

Pero estaba lejos, selva adentro en Nariño, y tenía que esperar a que el grupo saliera a un pueblo como Samaniego o Barbacoas. ¿Por qué no habían matado al guerrillero que se fugó? Lo tenía claro: por amistad. Y con todo y los problemas que se le habían venido encima, dice que lo volvería a dejar ir. Después de eso, su cabeza solo se ocupó de la fuga.

Pasaron meses en los cuales vivió con la idea de volarse en cualquier momento. Debía escoger bien la hora de hacerlo, porque de lo contrario ya sabía lo que le esperaba. Un par de meses después, cuando le ordenaron escoltar a unas personas que llevaban un cargamento de droga hacia la vía Panamericana, surgió la oportunidad.

“Estábamos cerca de un pueblito que se llama Piedra Ancha. Ahí nos cayeron el Ejército y la Policía Antinarcóticos, y en medio de los disparos yo me abrí para otro lado. No paré de caminar esa noche hasta que me sentí bien lejos de ellos.

Caminé como una semana haciendo rodeos y por las quebradas hasta que salí a una vía. Ya no daba más y quería parar un carro, pero los que pasaron siguieron de largo por el miedo. A medianoche decidí utilizar el fusil y parar un Renault 4, pero el dueño me lo quería entregar y yo le dije que no, que me llevara”.

Esa noche de 2007, a las puertas de esa base militar, aguijoneado por el miedo, con todo su cuerpo adolorido y enfrentado a la posibilidad de morir, Luis entró en una vida que poco había conocido, pues su niñez transcurrió entre hombres armados.

Empresario del calzado

La ACR lo trasladó a Bogotá, donde recibió atención psicológica, educación y capacitación. Todo era nuevo para él. La ciudad, gigante a sus ojos y en la que se perdió varias veces. El acompañamiento psicológico que le permite decir hoy que el pasado quedó atrás y no le hiere. Y la capacitación, que a la postre le permitió convertirse en un microempresario que elabora y distribuye zapatos para bebé.

“Al principio fue muy difícil. Los primeros días, muy duro. Después no. Y ahoritica uno ya no quiere saber nada del monte. Como yo no había estudiado ni la primaria, en Bogotá lo hice. Estudié hasta sexto y ya no más. No podía porque tenía que trabajar. No me quedaba tiempo.

Recibimos una inducción como de 100 horas. Lo llevaban a uno a enseñarle por dónde quedaban las cosas, los barrios. Andábamos con un 'man' que era del frente 48 y como a los tres días salimos y lo levantó un taxi. Uno no está enseñado y entonces él lo cogía a uno de la mano. Pero cuando vio venir la buseta, pegó la carrera y a lo que corrió, venía el taxi. Duró como cuatro meses en el hospital.

A lo último uno se enseña. Uno estaba por ahí tranquilo durmiendo y pasaba un camión o un carro haciendo mucha bulla y se paraba uno asustado, porque uno en la montaña no escuchaba nada. El silencio nada más. Los pájaros se escuchaban en la mañanita. Y los grillos, de noche”.

En Bogotá también conoció a su esposa, quien trabajaba en una peluquería. Consiguieron trabajo en una fábrica de zapatos. Ella estaba entre las mujeres que los elaboraban y él, entre los vendedores. Entonces se dieron cuenta de que ahí podía haber un negocio para ellos.

Entonces decidieron instalarse en Cúcuta. “En Bogotá también recibí capacitaciones. Y aquí estudié para el proyecto de costura, aprendí a manejar las máquinas e hice todo lo del calzado. Hice 600 horas para que me dieran el proyecto de la maquinaria. Teníamos que tener el cartón del Sena.

Compramos un par de zapatos, los desbaratamos y de ahí sacamos el molde. Ahí empezamos y ya tenemos como diez modelitos. Cuando comenzamos nos fuimos a buscar las cajas y había un señor que había mandado a hacer unas cajas de Venezuela y no las había llevado. Entonces nos las vendieron a nosotros y ya venían con el nombre. Arrancamos con esas cajitas y ya después me tocó mantenerme. De ahí para acá me la he pasado trabajando”.

Tiene prácticamente copado el mercado popular con los zapatos elaborados en la casa donde vive con la familia de su esposa en un barrio de esa ciudad. Y comenzó a recorrer otras del país, porque su objetivo es tener una empresa tan grande, que sea capaz de exportar a otros países.

Sentado en una silla mecedora de madera en el patio de la entrada a su vivienda taller, Luis recibe el viento fresco de la tarde. La casa está situada en una loma desde donde puede verse parte de la ciudad, y el patio, sin muros, se abre hacia la montaña.
Rememora sin tormento aquellos largos años perdidos en la guerrilla, aunque al principio, cuando se acordaba, se ponía muy mal. Ahora siente que está en otra vida, lejos de todo aquello. Celebra la libertad que tiene y está orgulloso de su trabajo.
No obstante, una cosa lo mortifica: “Estuve como once años en las Farc. Tanto tiempo perdido allá. ¿Se imagina si hubiera hecho zapaticos todo ese tiempo? ¡Ja! Ya tendría la fábrica graaande”.

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