Proceso de Paz

El deporte: una escuela que cura las heridas de la guerra

José Ricardo Cortés superó las adversidades de su infancia y hoy 'se la juega' por el fútbol.

José Ricardo

José Ricardo Cortés.

Foto:

Eydith Barrios

31 de mayo 2017 , 07:29 a.m.

Al comenzar la entrevista, José Ricardo estaba inquieto porque era el Día de la Madre en Colombia y desde muy temprano había querido comunicarse con ella.

Diecisiete minutos me tomó llegar desde la avenida Hernando Sanabria, entre segundo y tercer anillo, hasta el apartaestudio donde vive José Ricardo Cortés, ‘Riki, el negro’, quien desde enero del 2015 vive en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, gracias a la recomendación que le dieron de un club deportivo.

Eran las 6:22 p. m. La ciudad estaba fría y bajo neblina por las fuertes lluvias que cayeron durante el día y la noche anterior. Domingo de las madres en Colombia. “Soy el ‘Negro’ ”, me contestó entre risotadas y un poco nervioso José Ricardo Cortés cuando le pregunté cómo se llamaba.

‘Riki’, como muchos le dicen, nació el 8 de septiembre del 94 en La Paz, un barrio de la Comuna 13 en el distrito de Aguablanca, en el suroriente de la capital del Valle del Cauca, época difícil económicamente para su familia porque cuenta que hasta su propia abuela materna, doña Marcelina Cortés, fue quien tuvo que sacarlo del vientre de su madre porque no había plata para un médico y donde la violencia acababa con 8 de cada 10 niños que nacían.

Aunque dice que su infancia y su adolescencia fueron muy tranquilas, con la mirada hacia abajo relata los hechos que más lo marcaron: “Mi padre y mi madre se mantenían en guerra, peleaban demasiado y eso yo lo veía de pequeño, y tú sin querer crecer con esas imágenes en la mente. Mi papá era un señor muy raro, era loco, llegaba por las noches y le pegaba a mi mamá, pero ella se aburrió de él y después de muchos años lo dejó”.

José Ricardo Cortés es el tercero de los cinco hijos de Rosa Fidelina Cortés, la mujer que no solo le dio la vida, sino un apellido del que se siente orgulloso por todo lo que representa: “Llevar el apellido de mi mamá es llevar a una guerrera dentro de mí, significa el lugar que las mujeres tienen en mi vida. Crecí entre mujeres, tengo muchas tías a las que amo y respeto. Tengo a mi abuela, otra guerrera a la que le debo todo, mientras mi madre salía a trabajar, ella era la que nos cuidaba; ya te dije, ella fue quien me sacó del vientre de mi madre y eso ya es mucho. Ese apellido me recuerda lo mejor que puedo tener, el respeto y el lugar especial que tiene mi madre y las mujeres para mí”.

José Ricardo

‘Riki’, como muchos le dicen, nació el 8 de septiembre de 1994.

Foto:

Eydith Barrios

Así como el maltrato intrafamiliar y la crisis económica por las cuales atravesaba su familia, las muertes repentinas que ocurrían en su barrio y sus amigos sumergidos en las drogas y la calle son hechos que cuenta en voz baja, como queriendo apagar los recuerdos de su memoria: “Muchos de mis amigos hoy están en la cárcel; otros, en la calle, y algunos están muertos. Recuerdo que una vez estábamos sentados en una esquina de Aguablanca y llegaron unos hombres y de la nada mataron a un conocido del barrio, parecía de película, pero aun en medio de esas circunstancias yo sabía lo que quería ser: futbolista”.

Un primo que jugaba en los barrios cercanos a La Paz le enseñó a jugar fútbol callejero. A los 8 años empezó en canchas de tierra, donde no solo aprendió a jugar, sino también aprendió a ser valiente y a defenderse de los peligros de calle. Recuerda que un señor llamado Carlos, quien tenía un equipo de futbol en Aguablanca y de quien nunca supo el apellido, lo vio jugar y lo llevó a sus 14 años a la Escuela de Formación Deportiva Kuty, donde se inició como deportista por las habilidades que mostraba en las canchas y por la chispa que tenía con la pelota.

“En el 2011 viajé a Medellín para jugar en La Pantera Fútbol Club, un equipo de la tercera división para el cual jugué por un año y donde me formé como persona. Creo que La Pantera, más que enseñar futbol tenía un proyecto educativo muy lindo: enseñaba a los jóvenes a ser personas. Me enseñó madurez, me enseñó responsabilidad, tanto como persona como jugador, y creo que eso me ha ayudado en mi personalidad y en mi forma de jugar”, dice Riki sentado sobre su cama.

Cuenta que la misericordia de Dios y los consejos que recibía de sus entrenadores es lo que lo ha llevado hasta donde está. Jugó para la sub-21 de La Equidad (2013) y la sub-20 del Deportivo Pereira (2014). Ha viajado a México, Finlandia y Lituania buscando una oportunidad para que lo conozcan. En diciembre del 2014, un par de amigos le hablaron del Club de la U Cruceña, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, un equipo de segunda división que buscaba un delantero y al que le pagarían muy bien. “Me vine con dos amigos más el 22 de enero de 2015, pero a mitad de año el equipo empezó a tener una crisis muy fuerte. Mis amigos no aguantaron y se regresaron a Colombia, y yo, por la mala racha que atravesaba el equipo, me vi obligado a buscar otros horizontes”.

‘Riki’ tocó las puertas del Club Real América el 13 de junio del 2015 y desde entonces ha demostrado ser merecedor del 11 que luce en su camiseta: “Gracias a Dios, las cosas se me dieron y pude arreglar bien en el club. Desde que llegué y a la fecha he jugado 28 partidos y he marcado 24 goles, y eso me llena de gozo, de alegría, no tengo palabras exactas para explicártelo, pero lo único que puedo decirte es que cuando tú te enamoras, querés darlo todo, te hace dar el cien por ciento de ti”. Y sin duda alguna, esos goles lo hicieron ganarse en el 2016 como el mejor jugador del torneo y permitió que el equipo se coronara campeón.

A sus 22 años, con la convicción y la seguridad que lo caracterizan, además del ‘tumbao’ que tiene como buen caleño, ‘Riki’ dice: “El deporte es la mejor herramienta que se puede tener para construir paz. No solo sirve para tener vínculos deportivos, sino que es una escuela de formación en la que aprendemos y donde se curan las heridas de la guerra. Aprendes a valorar las cosas que tienes, así sea de a poquitos, porque el día de mañana uno no sabe cómo puede estar o con quién se puede encontrar, aprendes a trabajar honradamente, a ser honesto, a resolver los problemas y, sobre todo, a tener coraje para salir adelante y darle la espalda al vicio, a la calle y a la violencia que tanto nos ha marcado”.

Dice no saber mucho de gobierno o política y no porque no le importe el país. No ha terminado sus estudios, no por falta de recursos económicos, sino por su dedicación total al fútbol. Llegó hasta décimo grado y dice que algún día terminará ese año que le hace falta: “Si tú quieres ser excelente o te dedicas cien por cierto a los estudios o te dedicas cien por ciento a jugar. Para mí no hay cincuenta-cincuenta, creo que para estudiar aún tengo mucho tiempo, pero para el fútbol no, es ya, ahora o nunca. Muchos creen que el futbol es fácil, que es así como lo ven, patear una pelota y ya, pero no, se requiere de paciencia e incluso mucha disciplina”.

Sueña con jugar en el Napoli de Italia y en España para el Barcelona. Sueña con crear una fundación que les enseñe a los jóvenes a no dejar que las circunstancias afecten sus sueños y proyectos. Sueña con que digan: “mira, ese es Cortés, el ‘pelao’ que salió de un barrio donde de diez que nacían solo dos sobrevivían. Creo firmemente y estoy convencido de que desde el deporte puedo ayudar a la reconstrucción de un nuevo país, donde a los colombianos no solo nos reconozcan en el exterior por el referente de Pablo Escobar y las drogas, sino donde digan que los jóvenes a través del deporte hacemos paz”.

EYDITH ELENA BARRIOS
Periodista de 'El Universal', de Cartagena.

*Este artículo se publica gracias a la beca '200 años en paz, storytelling para el posconflicto', apoyada por la Escuela de Periodismo de EL TIEMPO, la Embajada de Suecia, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Universidad de La Sabana.

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