Proceso de Paz

¡El amor salva!

Ella estuvo en la guerrilla durante tres años; él, diez. El amor los rescató de la lucha armada.

ACR Historia Guaviare

Ella quiere ser actriz. Él quiere ser médico. Ella estuvo en la guerrilla durante tres años; él, diez. Cuando ambos le perdieron el sentido a la lucha armada, se dejaron rescatar por el amor.

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Jesús Abad Colorado

25 de abril 2017 , 09:02 p.m.

Ella quiere ser actriz. Él quiere ser médico. Ella estuvo en la guerrilla durante tres años; él, diez. Ella se fue por moda; él, por convicción. Cuando ambos le perdieron el sentido a la lucha armada, se dejaron rescatar por el amor.

‘Tyson’, de 26 años y ‘Daniela’, de 19 años, como los llamaban en el monte, son los protagonistas de una historia de dolor y de pasión vivida en la guerrilla de las Farc. Defienden su amor desde la civilidad, mucho antes que se desmovilicen los 8.000 guerrilleros que se concentran en los campamentos. Esta pareja ‘exfariana’ vive una nueva vida como Yisela Barrera y Wilson Trujillo, sus verdaderos nombres. 

Ella nació en Chaparral, Tolima; él, en Mitú, Vaupés. Ella es blanca, gruesa, de cabello ensortijado, baja estatura, labios rosa y sonrisa amplia. Él es musculoso, fuerte, de rasgos indígenas, manos grandes y firmes y sonrisa tímida. Ambos son jóvenes. Los dos tienen pesadillas, también fantasías.

Wilson se concentra en su propia historia, en la que comenzó una década atrás cuando decidió unirse a la guerrilla. Veía pasar a los combatientes con sus uniformes y sus armas, y se convenció de que estaban haciendo algo por el país. “Yo también quería hacer algo y por eso me les uní”, recuerda.

El relato de Yisela comienza con la voz de sus mejores amigas, quienes le decían en todo momento que la vida en la guerrilla era muy buena, que allá les daban de todo y además les pagaban. A los 16 años de edad no pensaba en trabajar para el pueblo, sino para ella. “Rápidamente me di cuenta de que nada de eso era posible”, cuenta.

El joven de la selva del Vaupés que llegó a las Farc, también de 16 años, fue un combatiente ejemplar. Tomó curso para operar explosivos y fue francotirador. También aprendió enfermería: hizo suturas, sacó apéndices, balas atravesadas que no comprometían órganos vitales. Por todo eso se convirtió en el enfermero personal de ‘Romaña’, comandante del bloque oriental de las Farc.

Las manos con las que Wilson manipuló armas que hicieron daño, hoy enhebran hilos y chaquiras de colores para hacer brazaletes y collares que vende en el centro de San José del Guaviare, capital del selvático departamento del Guaviare.

La chica de las encaramadas montañas del Tolima, de mirada diáfana, aprendió de orden y disciplina haciendo guardias en la guerrilla. Los comandantes de los frentes en los que estuvo la mantuvieron ‘rancheando’ –en la cocina–, pocas veces en el monte combatiendo. A pesar de acostumbrarse, el tiempo que le quedaba para pensar lo invertía en llanto. “Lloraba por mi familia, por el dolor que le causé a mi mamá”, dice.

Las lágrimas de Yisela siguen bajando hoy por su rostro angelical. Llora aún porque nada nunca vuelve a ser como antes. Se consuela diciéndoles a los suyos que está luchando por su nueva vida al lado de un ser que la cuida, que la ama.

A Wilson se le fueron acabando las razones para permanecer en la guerrilla cuando le mataron a su primera mujer, ‘Sandra’: “Me quedé solo, comprendí lo que significaba la muerte”. Ese sonido de los fusiles listos para el combate y el chasquido de las ramas secas al paso rápido de decenas de botas ágiles rompiendo monte se le quedaron a vivir en la cabeza en forma de zozobra permanente. Esa sensación vulneró sus defensas en los tiempos en que comenzó a acercarse a Yisela. “Desde el día en que la conocí, comencé a pensar en salirme de la guerrilla”, relata.

Para la joven mujer, las palabras de amor de Wilson, su mirada tímida pero al tiempo ruda, llevaban el mensaje de la fuga. “Yo tenía menos tiempo que él en las Farc, pero bastó con vernos y hacernos pareja para comprender que si queríamos seguir adelante, tendríamos que hacerlo afuera”. A los dos les permitieron ser pareja, pero las amenazas de separarlos dado los combates eran permanentes. La sola idea de romper lo que la pasión construía en medio del dolor, los torturaba y los impulsó a escapar.

El primero de mayo de 2015, cuando habían transcurrido tres años de negociaciones entre las Farc y el gobierno de Juan Manuel Santos, la pareja decide romper con sus vidas en la guerrilla. Caminaron por más de 12 horas hasta alejarse del comando armado que no les quitaba el ojo de encima. Fue difícil para ellos pasar desapercibidos debido a las botas que usaban, pero lo lograron. Deambularon por Rovira, Ibagué, Villavicencio, Mitú y hoy viven en Guaviare, pero están listos para irse a vivir a otra ciudad, juntos.

Ella y él se aman. Se acarician con la mirada. Ella se pone celosa cuando él habla de ‘Sandra’. Él la reprende porque es tímida, porque la ponen a volar las telenovelas, porque se entristece como niña cuando la lejanía de casa la golpea. Yisela se levanta de la silla y recuerda las cartas que sus amigas y padres le enviaron al campamento el 20 de octubre del 2014. Todavía conserva esos papeles amarillos y ajados que contienen palabras de amor, de aliento, de fe, de esperanza, también de tristeza y de advertencias. Wilson solo la escucha, hace sus pulseras, la deja hablar.

¿Qué es el amor? La pregunta los asalta. Wilson le rehúye a los ojos insistentes de Yisela, que lo buscan. Los músculos de los brazos se templan. Ella se pone colorada, se ríe como adolescente enamorada.

¿Se darían un beso para la foto? La segunda pregunta los toma por sorpresa. Él se corre, ella toma la delantera, le agarra las manos y lo trae hacia su boca.
¿Por qué dejaron la guerrilla? “Por amor”, dicen ambos sin titubear.  

GINA MORELLO
EL TIEMPO ​

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