Proceso de Paz

‘El Hospital Militar es ahora un hospital de paz

Sandra Inés Henao, esposa del gral. Javier Flórez, celebra que no lleguen más heridos por la guerra.

Hospital Militar Central

El Hospital Militar de Bogotá ha sido por décadas el más completo centro de atención para la salud de los soldados que tiene el país.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

22 de abril 2017 , 11:12 p.m.

Si me hubieran dicho hace 3 años que en el Hospital Militar iban a dejar de llegar algún día heridos en combate, habría dicho: sí claro, claro. ¡Claro!

Mi hospital militar era el hospital de la guerra, del dolor, de la lucha. ¡De los milagros!

Donde traían a nuestros soldados en pedazos y reconstruían sus cuerpos con amor, magia, profesionalismo, inventando y aprendiendo cómo salvar cada vida que llegaba extinguiéndose.

Cada semana, cuando salía de mi visita como dama protectora, le decía a mi familia: mañana no voy a poder levantarme y necesito urgentemente que por favorcito inventen un Dolex para el alma.

Cada miércoles, mi corazón se sorprendía porque no podía creer que el ser humano pudiera regenerar su espíritu después de perder tantas partes de su cuerpo. ¡De su mente!

Me maravillaba ver esas madres, esposas, familiares continuar cada día con tanto amor para sacar adelante, en una batalla magnánima, a sus seres amados.

¿Qué podía decirles? ¿Tranquilos?, ¿puedes vivir sin piernas, sin brazos. Adelante, tú puedes?

Era para mí increíble ver sonreír esos niños de 19, 20, 24 años, a veces sin cara, sin ojos, sin manos, sin dientes. ¡Sin piernas! Pero, ¡con una esperanza!

Abracé tantos héroes mutilados, tantas familias. Abracé a los que recibían mis abrazos y luche hasta lograr abrazar a los que no querían recibirlos.

Abracé a sus madres, padres, hermanos, hijos.

Sin decir ni una palabra.

¿Qué podía decirles? ¿Tranquilos?, ¿puedes vivir sin piernas, sin brazos. Adelante, tú puedes?

¿Sigue, la vida continúa?

¡Sigue!

Si yo solo por amarlos no podía…

Y, a veces, mi alma gritaba tan fuerte, tan fuerte, que ya no podía llorar más en silencio.

¡Que ya no podía más!

Entonces solo me dediqué a amarlos, a abrazarlos, a ayudarlos, a luchar para que se les diera todo.

A llorar en silencio. Sola en mi casa porque mi esposo estaba en la guerra y mis hijos vivían una vida mágica que inventé para ellos, para que pudieran crecer sanos en medio de esta guerra atroz que nos mataba a todos poco a poco.

Creyendo en los héroes, en la fe, en una esperanza que yo ya estaba perdiendo.

Escuché a un amigo de tiempos de guerra, porque hace muchos años compartimos con él y su familia momentos difíciles en una región apartada del país. El general Luis Eduardo Pérez, director del Hospital Militar, dijo por radio: “¡El Hospital Militar es un hospital de paz!”

“En 2016 recibimos solo 36 heridos en combate y en 2017, ninguno!”

¡Ninguno!

¡Ninguno!

Dios mío. Lloré.

Seguí escuchándolo y dijo que queremos que este hospital sea el mejor hospital universitario, para enseñar todo lo aprendido, toda la experiencia de la guerra y convertirla en enseñanzas de paz.

¡Por Dios!

¡Lloré!

¡Una realidad!

¡Una esperanza!

¡Ya no voy a abrazar mutilados!

¡Ni madres valientes recibiendo a sus hijos en pedazos!

Voy a ir el miércoles y por primera vez en 18 años que voy a cumplir visitando mi amado ‘Hospic’, me voy a sentar y voy a respirar La Paz.

¡Por fin!

¡Voy a poder ver solamente a los enfermos normales, a los accidentados, a los infartados!

A sus estudiantes corriendo, aprendiendo, a la gente pidiendo citas, haciendo filas para ser atendidos.

¡Voy a reír, voy a suspirar!

Y, llorando, le voy a dar gracias a Dios por la paz para mí. ¡Una esposa de un héroe!

¡Madre putativa de 15.000 amputados!

¡De 5.000 detenidos!

¡De muchos psiquiátricos, porque el alma también es amputada!

¡Pude por fin creer en esta esperanza de paz!

Estuve tanto en la guerra que nunca había podido disfrutar la paz.

¡No sé vivir La Paz!

Voy a disfrutar, por primera vez en mi vida, un día normal en el hospital.

Voy a intentar vivir en un país en paz.

Comenzaré a aprender que existe una vida normal, en la que, por fin, voy a levantarme y a escoger ponerme en calma, sin correr. Sin que ese susto intrínseco con el que viví siempre y que era el dueño de mi vida sea el que dirija mis días.

Estaba extrañada por tantas noticias, que antes no oía porque antes solo escuchaba sobre combates, muertos y heridos en la guerra.

¡Voy a empezar a ser una mujer normal!

¡Llevaré por siempre mis heridas!

¡Mis recuerdos!

¡Mis hijos amputados!

¡Mis huérfanos y viudas!

¡Mis detenidos!

¡En mi corazón!

Voy a mirar un nuevo horizonte porque los resultados de todo este esfuerzo se están convirtiendo en realidad.

¡Mis nietos crecerán en un país en paz!

Mañana no me quiero preocupar más por la guerra, ¡quiero preocuparme por las cosas normales de la vida!

¡Vivir!

¡Soñar!

¡La lucha diaria!

¡El transporte!

¡El clima!

¡La política!

¡Será el principio de mi nueva vida!

Vivir en una Colombia donde no llegan más heridos y amputados al Hospital Militar Central.

SANDRA INÉS HENAO

Madre de miles de soldados

Sandra Inés Henao de Flórez lleva 18 años siendo miembro de las Damas Protectoras del Soldado, un grupo conformado por las esposas de oficiales en actividad y en retiro que trabajan en la atención y en el bienestar de los miembros del Ejército golpeados por la guerra. Su esposo, el general Javier Flórez, es el jefe del Comando Estratégico de Transición de las Fuerzas Militares y líder de la subcomisión técnica para temas de desarme del acuerdo de La Habana.

EL TIEMPO

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