Proceso de Paz

Álvaro, el poeta que por amor renunció a 52 años de guerra

Ingresó a las Farc en 1964, pero gracias a sus hijas dejó las armas y empezó nuevamente.

ACR historia angostura

Álvaro Romero se desmovilizó después de 52 años en la guerrilla. Ahora escribe y hace poesía.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

03 de mayo 2017 , 10:23 a.m.

“Enfermedades... eso fue lo único que me traje de por allá”. Con esa frase resume Álvaro Romero 52 años de vida guerrillera. Medio siglo que siente que desperdició. Este hombre, oriundo de Caquetá, tomó el fusil en 1964, cuando las Farc era un grupo armado ‘recién nacido’. Y lo abandonó en julio de 2015, cuando ya la organización ilegal recorría el camino hacia la dejación de armas.

Su historia es legendaria en el Centro de Formación Agroindustrial La Angostura del
Sena, un enorme complejo de enseñanza y práctica ubicado en Campoalegre, a 45 minutos de Neiva. Pero no solo es famoso porque entró a las filas de las Farc casi desde que Manuel Marulanda ‘Tirofijo’ las fundó, sino porque es ejemplo de lucha, constancia y emprendimiento a sus 72 años.

Álvaro fue uno de los pioneros del nuevo modelo de reintegración temprana de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), un esquema de tres meses de trabajo intensivo que les permite a las personas que abandonaron los grupos armados ilegales graduarse como bachilleres, al mismo tiempo que aprenden agricultura o piscicultura.

Y ahí, en medio de cultivos, Álvaro rejuvenece. Pese a su edad, a su piel arrugada y quemada por el sol, a la artritis y a una incipiente cojera, cuando está en el campo se apasiona, se divierte. Dedica gran parte de su tiempo a recorrer los sembrados del complejo y a cuidarlos.

Pero además, se destaca como estudiante en el ciclo de bachillerato. No falta nunca a clase, es participativo y sus calificaciones son de ‘nerd’.

El amor y la poesía, armas contra la guerra

“A mí me mataron un hijo mientras estaba en el grupo. Y duré 20 años sin ver a los otros, un hombre y una mujer. No los vi crecer. En la guerrilla perdí a mi familia, pero hoy lucho por recuperarla”, cuenta Álvaro y de pronto guarda silencio. Llora. Pero se recompone rápido. Como si le diera pena mostrarse frágil.

“Yo tengo dos hijos: Álvaro, de 48 años y Belsy, de 30. Y dos niñas más. Una de 4 y otra de 6. Tampoco las he podido ver crecer. Pero ahora va a ser diferente, voy a poder pasar tiempo con ellas”, se promete.

Álvaro confiesa que cuando vio a las más pequeñas por primera vez, se enamoró por completo. Y motivado por ese amor comenzó a fraguar su escape del grupo. Pero el detonante definitivo fue en el 2015 cuando, gracias a un permiso, pudo volver a ver a su hija mayor, Belsy, en San Agustín (Huila). Estuvo dos horas con ella, conversaron y se abrazaron. “Papá, no vuelva. Quédese con nosotros”, le dijo la joven.

Fueron esas palabras las que lo terminaron de decidir: “El 21 de julio de 2015 tomé la decisión. Mi familia no estaba en el monte, sino que la perdí. Pero todavía puedo recuperarla. Entonces me 'abrí’ a Bogotá y me entregué al Ejército. Ellos me llevaron a la ACR y ahora estoy acá”, relata Álvaro.

Luego, saca de su mochila un libro ajado, amarillento y que no se deshace por obra y gracia de incontables remiendos con cinta pegante. Su título: ‘20 poemas de amor y una canción desesperada’, de Pablo Neruda. Lo repasa. Sonríe. Ama leer y escribir poesía. Ese es su escape de los recuerdos, de la dura vida que le tocó desde que decidió ingresar a las Farc.

Esculca un poco más su mochila. “Ahí está todo mi mundo”, dice. Es negra, con franjas que recuerdan la bandera de Jamaica y parece que no tiene fondo. Cuadernos, lápices, cinta pegante y hasta colores, van apareciendo mientras busca, y por fin encuentra, varios papeles cuidadosamente doblados. Son sus poemas. Uno diferente para cada una de las 12 jóvenes que hacen parte del programa. Con cuidado, los deja sobre la mesa.

Esa es su entretención cuando no está en el campo o en clase. Analiza a las mujeres que lo rodean y les escribe versos. El primero de la pila es para Paola, trabajadora social de La Angostura, una risueña vallecaucana de piel morena y cabello rizado. Y no duda en abrirlo para leerlo en voz alta.
“Sé que es inútil esperarte, niña mía, sé que la esperanza mía se marchita en vano. La he visto igual que la sed que mi pasión devora. Marchitas tú mi alma y el dolor me mata. Le das de beber a mi corazón sediento una gota de agua de rocío. No es el aroma de tu amor en el que confío para mi pobre corazón selvático y ya yerto. Pobre mi corazón desconsolado, en el sendero fatal de la existencia”.

El sueño de la panadería

Aunque ama sembrar y disfruta de la agricultura, Álvaro tiene un sueño muy claro: quiere poner una panadería en la plaza de Valparaíso, Caquetá, cerca de sus dos hijas más pequeñas. Quiere, a toda costa, recuperar el tiempo familiar perdido.

“Con que me den 12 horas de capacitación, porque ya tengo idea de hacer pan, es suficiente. Luego, que me presten para comprar mi hornito y empezar a trabajar. Estoy bien de salud y con eso le puedo dar de comer a mi familia”, relata e incluso revela que ya le tiene nombre a su local: “El gran trigal”.

Mientras habla, todos los estudiantes lo saludan. Le gusta ser reconocido. Sonríe, en especial cuando pasa alguna joven. Se reconoce enamoradizo y alegre. Por eso, antes de irse deja en el aire su propia definición de sí mismo: “¿Quién soy yo? Pues yo soy como la pólvora, pero mojada”.

RAFAEL QUINTERO CERÓN
EL TIEMPO
Campoalegre, Huila

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