Partidos Políticos

Vida breve de un activista de las batallas perdidas

Hace 30 años murió Carlos Alfredo Cabal Cabal: líder cívico, concejal y creador de ONG.

Vida breve de un activista de las batallas perdidas

Juan Manuel Ospina (izq.) y Cabal, en Ibagué (1987), luego de la tragedia de Armero, cuando se creó Resurgir para ayudar a los sobrevivientes y fueron a trabajar en el Tolima.

Foto:

Archivo de María Elvira Bonilla

25 de mayo 2017 , 10:01 p.m.

Suele decirse que la muerte real de una persona no es la fecha de su desaparición física sino cuando su rastro se borra por el inexorable paso del tiempo.

En el caso del economista bugueño podría decirse, entonces, que sigue vivo en ese grupo de amigos y amigas, de conocidos y de relacionadas que no solo se acuerdan de él con precisión, sino que pugnan por exhibir el título de haber sido el más querido, el más allegado o el más especial. Condición que Carlos Alfredo, con su trato singular, deferente y cariñoso, les otorgaba a quienes se cruzaron por su vida y a quienes convirtió en sus “llaves”, o, al menos, eso aseguran ellos.

“Nos hicimos amigos porque me pidió que ayudara a unos campesinos pobres de Cogua, para que no los desalojaran. Gané el pleito. El chiste, la broma, la tomadura de pelo y la risa permanente hicieron parte de nuestra relación, que fue larga y siempre muy grata”, comenta con emotividad el abogado César Jaime Gómez.

Siempre se distinguía. No era solo por su estatura –un metro con 87 centímetros–, sino por su sonrisa, su carcajada que era persistente e iluminaba el lugar donde estuviera. Tenía un tic que hacía que sus ojos no permanecieran quietos. En concordancia con esa actividad inagotable que lo hacía trabajar en varios temas a la vez y no ser indiferente a problemas grandes ni pequeños.

“Comenzó en las juventudes pastranistas y terminó sin partido político, pero con la esperanza férrea de construir una alternativa democrática”, dice su primo Felipe Uribe Cabal.

Fue activista cívico, político y medioambiental, en épocas en que la ecología era una especialidad exótica. Sobresalió en su Buga natal, en Guacarí, en Cali, y en Bogotá, donde estudió en el Gimnasio Campestre y, luego, en la Javeriana, aunque por discrepancias con los jesuitas terminó graduándose de economista en la Universidad del Valle, de donde fue maestro.

Por donde pasaba invitaba a sus compañeros a participar en distintos escenarios. Les repetía que no se podía seguir cruzados de brazos sin intentar cambiar la situación inequitativa que se vivía. “Era un convencido de la actividad cívica y popular”, afirma Néstor Gutiérrez, otro de sus contertulios.

Por esas paradojas de la vida, murió en forma violenta, junto con 28 personas más, en la masacre de Pozzeto, en un hecho sin precedentes en este país que ha visto todas las formas de violencia.

Vos a voz

La generación a la que interpeló quería hacer cambios, pero no creía que el camino que mostraba Carlos Alfredo Cabal fuera el más adecuado. Sin embargo, siempre fue escuchado y seguido por intelectuales, periodistas, ambientalistas, gente del común, en cuanta idea y proyecto presentaba, y a su vez él se sumó también a varias iniciativas, de las que fue obrero infatigable.

Bueno, sensible, recto, honesto, militante de causas perdidas, comprometido hasta el tuétano en morigerar las desigualdades sociales, en cambiar los desatinos económicos, ambientales y sociales, ‘voseaba’ como todos los caleños y buscaba cada día ser mejor persona, así como buen cantante y guitarrista.

Lo de ser humano de excelencia se le dio sin mucho esfuerzo. Su voz y la interpretación musical no fueron su fuerte, pero cada vez que subía al escenario, casi que todas las noches en el mítico Ramón Antigua, a cantar La noche del italiano Salvatore Adamo y Qué tal te va sin mí, del compositor español Manuel Alejandro que popularizó Rafael, se sentía pleno, feliz, encantado de la vida.

En la revista 'Alternativa' nos transmitía sus inquietudes sobre la contaminación de los ríos y lagos. Estuvimos juntos en el Movimiento Firmes

La bohemia

Líder cívico, concejal de Buga y Guacarí, dirigente del Nuevo Liberalismo y de Firmes, creador de las ONG Fundavalle y Participar y defensor de los recursos naturales, sobre todo de la laguna de Sonso, Carlos Alfredo combinó todas estas actividades y muchas más con la rumba zanahoria de la que hizo gala a mediados de los ochenta en un sitio en el que el canto, la música, la presentación de libros, el lanzamiento de proyectos políticos, cívicos, medioambientales, el cine foro de los domingos hicieron parte de la carta como los licores y las empanadas.

Leonardo Álvarez, su creador y propietario, cuenta que, a punto de perder el negocio, por razones que no vienen al caso, y ante la urgencia de conseguir un aval para que un banco refinanciara la deuda que había contraído en su montaje, le propuso a Carlos Alfredo, uno de sus más asiduos clientes, que se volviera socio y le ayudara con la fianza. No lo dudó. Carlos Alfredo convenció a sus hermanos y entregaron las escrituras de la finca de San Antonio en Buga como respaldo, y además puso el dinero que se necesitaba para que Ramón Antigua siguiera gozando de buena y larga vida.

Era Carlos Alfredo un rumbero atípico, que mezclaba el whisky sello rojo con aguardiente del Valle; eso sí, sin excederse nunca, ni siquiera cuando estaba entusado”; bailaba solo como último recurso de conquista pero, eso sí, no desperdiciaba la oportunidad de que le pasaran el micrófono para cantar las dos únicas canciones que se sabía y en las que se lucía, a pesar de no ser el más afinado ni de tener la mejor voz, como afirma con sorna el entrañable cantante, musicalizador de la poesía de León de Greiff, Leonardo Álvarez, símbolo de la Juventud Moderna que condujo y propició Alfonso Lizarazo.

Cuando Carlos Alfredo no podía cantar se empeñaba en acompañar con la guitarra.

“Le sobraba estilo, pero le faltaba conocimiento musical”, reitera Leonardo, quien lo recuerda como el empresario más prístino de los que ha conocido. La relación comercial se rompió por dos razones. Una, que Leonardo Álvarez se negó a contratar como gerente a uno de los protegidos de Carlos Alfredo, un joven que había recogido en la calle, pagado sus estudios de economía y se empeñaba en que manejara las finanzas del local que volvía a estar en aprietos. Y dos, porque contrataron a la cantante mexicana Alicia Juárez, esposa de José Alfredo Jiménez. Las dos presentaciones, una en Buga y otra en Bogotá, fueron un fracaso y perdieron muchísimo dinero.

Inquieto, solidario, generoso y…

Se suele decir también que de casi todas las personas muertas se habla bien. En el caso de Carlos Alfredo Cabal Cabal, la sentencia se potencia porque no encontré una sola persona que dijera algo desagradable que hubiera hecho o dicho, mezquino o salido de tono, sino todo lo contrario. Un santo varón sin marrón.

Su hermano Juan Pablo, quien ha preferido guardar silencio todos estos años, cuenta que el día del entierro multitudinario, una larga y triste manifestación salió de Cali y llegó hasta Buga; en el recorrido, gentes de todos los estratos sociales y de distintas profesiones salieron a la carretera, batiendo pañuelos blancos, muy compungidos.

Luego, en distintos homenajes que se han realizado a lo largo de estas tres décadas, esas personas y otras que se suman les expresan a él y a sus hermanos su pesar por la desaparición de un hombre que no aguantaba el dolor de los otros. “Era a su manera un sacerdote. Su bonhomía no tenía límites”.

Desde muy joven mostró su vena de organizador, su compromiso por defender a los más débiles y por alzar la voz cada vez que una injusticia o un desafuero era cometido en su presencia. Tal vez por esto abandonó el Nuevo Liberalismo del Valle, en donde era figura prominente.

Consideró que debía construir alternativas que sumaran, que multiplicaran y no que dividieran o restaran. Y así lo hizo. Nunca se sintió mejor que nadie y, por el contrario, buscaba siempre hacer que los otros, con los que interactuaba, estuvieran bien. Desarrolló un fuerte sentido de pertenencia entre quienes lo siguieron a estas estructuras organizativas a las que les puso tanto empeño.

“Fue un permanente contertulio en la revista Alternativa, en donde nos transmitía sus inquietudes sobre la contaminación de los ríos, quebradas y lagunas del país, sobre todo del Valle y sus novedosas –eso nos parecía– soluciones para limpiarlas. Estuvimos juntos en varios proyectos, como Participar; en la creación de revistas independientes y en el Movimiento Firmes. Era un idealista, un soñador que trataba de que esos sueños se hicieran realidad”, cuenta uno de sus mejores amigos, el periodista Hernando Corral Garzón.

Muy valluno, y sobre todo bugueño, provenía de un hogar de seis hermanos, en en el cual sus padres, muy católicos practicantes, dejaron a sus hijos a su aire, pero les transmitieron unos recios principios que fueron afianzados en el Gimnasio Campestre, en donde estudiaron cuatro de los cinco hermanos bajo la dirección de Alfonso Casas Morales, quien para Juan Pablo Cabal es uno de los más grandes y éticos educadores que ha tenido la capital. “Su influencia fue fundamental para todos, pero de manera particular para Carlos Alfredo”, reafirma.

El 15 de agosto de 1981, justo cuando cumplió 36 años, se hizo la Gran Marcha por la Laguna de Sonso, que fue uno de sus primeros y más exitosos proyectos, llevado a cabo en compañía de Aníbal Patiño y de muchos voluntarios que atrajo.

Así describió ese episodio. “Alrededor de 20.000 personas marcharon desde Buga –ciudad de unos 100.000 habitantes– hasta la laguna de Sonso, situada a unos 5 km de tal localidad, respondiendo a la convocatoria de una entidad naciente –Fundavalle, que planteó que los bugueños, los vallecaucanos, la comunidad científica, los amantes de la naturaleza y, más ampliamente, los demócratas y defensores de los intereses comunitarios deberían movilizarse y actuar para impedir que terratenientes deshonestos y entidades y funcionarios estatales cómplices concretaran el propósito de acabar definitivamente con aquella reserva natural en extinción. Por múltiples razones, el evento fue emocionante y sorprendente…”

Emociona y sorprende conocer la corta de vida de un buen y honrado hombre, caballero a carta cabal.

“Es imposible saber qué realizaciones habrían de alcanzarse en esa vida cargada de promesas. Bástenos decir que se hallaba en trance de maduración, que estaba demasiado picado por la pasión política y demasiado comprometido con requerimientos de la ética para no fraguar formas honradas de conciliación entre estos dos órdenes de exigencia”, consignó en su despedida el exconcejal Carlos Vicente de Roux, otro de sus mancuernas.

MYRIAM BAUTISTA
Especial EL TIEMPO

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