Gobierno

‘Atacar a Santos es abrirles el paso a los populismos’

El Presidente merece un lugar en la historia por su lucha incansable por la paz.

Juan Manuel Santos ganó el Nobel de Paz

La concesión del Nobel de Paz a Juan Manuel Santos fue un hito que le permitió al país conocer la dimensión internacional de un proceso no exento de tropiezos.

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Lise Aserud AFP

01 de septiembre 2017 , 09:11 a.m.

Tengo una idea de la gestión de Juan Manuel Santos muy diferente a la de la mayoría, que dicen representar las encuestas. 

En las marchas por el sí, después del plebiscito, me llamó la atención una pancarta que decía: “El colombiano habla de lo que no sabe y defiende lo que no tiene”. Yo añadiría que también ataca a quien bien le sirve. Es como si se extrapolara hacia el gobernante, ‘la rebelión contra el padre’, física o simbólicamente ausente en la familia colombiana. Es muy diciente que una de las tribus ancestrales con mayor mando espiritual en el territorio, que percibe a Santos en esa dimensión, se haya reunido en ceremonias sagradas para apoyarlo en su tarea trascendental.

Menciono aquí algunas de sus ejecutorias, realizadas a través de los distintos ministerios, que obedecen a una política coherente, orientada a gobernar para “las próximas generaciones y no para las próximas elecciones”.

–Recuperar la institucionalidad y la separación de los poderes públicos.

–Manejar con prudencia, usando los canales diplomáticos, las difíciles relaciones con los vecinos, que nos tuvieron al borde de la ruptura con Ecuador y de la confrontación con Venezuela.

–Sortear con pericia los efectos económicos de la crisis mundial del petróleo.

–Respaldar la ponderada acción de Colombia en el marco del acuerdo climático de París y disponer su implementación con muchas medidas, entre otras la delimitación progresiva del área de los páramos, el aumento de las zonas de protección del agua, la inversión para recuperar zonas arrasadas. Es cierto que en materia de minería estamos en un momento de definiciones que afectarán el equilibrio ecológico; la vocación agrícola de muchas regiones del país, con la consecuente seguridad alimentaria.

–A partir de la ley de víctimas –que junto con los desplazados no podían ni mencionarse en las instituciones del Estado, porque “lo que no se nombra no existe”–, convertirlas en punto central de los acuerdos de paz.

–Lograr el funcionamiento, en los municipios más pobres del país, de más de 150 Centros de Atención Integral. La atención esmerada que reciben allí miles de niños, en ambientes acogedores, es una realidad y una esperanza para el futuro.

–Crear desde el Ministerio de Trabajo un nuevo derecho social, el de acceder a la pensión de jubilación, mediante la suma de las semanas de cotización de cada miembro de la pareja de bajos ingresos, cuando las de uno solo no alcanzaría para lograrla. Esto incide en el bienestar y en la baja de los índices de pobreza; del mismo modo, la formalización del empleo y la no exigencia de la libreta militar de los jóvenes para conseguir empleo.

–Lograr una cobertura casi total del territorio con antenas y con programas de educación por internet, que ha beneficiado las escuelas rurales.

–Fundar desde el Ministerio de Cultura, en casi todos los municipios, bibliotecas dotadas de libros y acceso a las redes; con la adición ahora de las bibliotecas móviles para la paz, orientadas por personal calificado, para capacitar a los exguerrilleros, según sus propias expectativas.

–Destinar la inversión porcentual más alta de América Latina para mejorar la calidad de la educación. El programa Ser Pilo Paga, así como la capacitación impartida por el Sena empiezan ya a mostrar índices significativos. Como lo harán las nuevas aulas y la jornada única escolar.

–Haber logrado concertar dentro de los acuerdos de paz una reforma del campo que beneficia a los pequeños agricultores, adoptando, entre otras disposiciones, que el Estado les ceda sus tierras en arriendo para su explotación, hasta por 35 años; que se titularicen propiedades agrarias para los ‘siervos sin tierra’ que las han trabajado por décadas; que reciban ellos capacitación y crédito para hacer funcional la reforma y para aumentar la producción agrícola del país, sin que esto se oponga a la producción masiva de alimentos, que requiere enormes inversiones del sector privado.

–Lograr una nueva ley de derecho a la salud que permitirá, a medida que se perfeccione su práctica, una prestación del servicio eficiente y sin discriminaciones. Se han desarticulado en ese sector fortines de corrupción desafiando enormes intereses económicos. Se han regulado con denuedo los precios de los medicamentos importados.

–Emprender la construcción de grandes vías, que representan la inversión más grande de la historia en Colombia. Su incidencia va a ser definitiva para el desarrollo, así como la de las vías terciarias que han sido caminos de mula y van a desbloquear el campo. Se sabe que el Gobierno pasó casi dos años elaborando las normas que impidieran la corrupción en la adjudicación de los contratos. El resultado es un régimen de contratación nacional elogiado por los expertos.

Sin la reforma tributaria, denostada con pasión, no se habrían podido sostener muchos programas. Sin las reformas de la Dirección de Impuestos y Aduanas no se habría empezado a suturar la vena rota de la evasión de impuestos, corrupción larvada y legitimada socialmente.

Los premios nobel que visitaron hace poco el país afirmaron de distintas maneras que Colombia es ahora la luz del mundo. Pero aquí muchos se empeñan en seguir en la oscuridad de la desconfianza y el pesimismo.

El cambio que necesitamos implica una nueva mirada; un cambio de la cultura ancestral; un cambio de las ideologías contenidas en el lenguaje, articuladas en la lengua, que proyectan y materializan un orden injusto. Por el otro lado, es preciso deconstruir también las obsoletas narrativas pseudocientíficas y dogmáticas de lo social que se demolieron con el muro de Berlín. Es posible abrirse a la esperanza de una renovación profunda, humanitaria, que considere al otro en su dignidad humana, para poder aclimatar la convivencia y la paz.

La reforma del sistema, por una tercera vía, requiere la introducción de factores generadores de cambio. Santos, con su habilidad política, la está adelantando y sus ejecutorias fortalecen la democracia. Orientarse por el derecho a la verdadera justicia, por el respeto a las diferencias, por la igualdad de oportunidades para todos no es ya una acción partidista.

Tal vez, como lo afirmara Alfredo Molano en el Hay Festival de Cartagena, estamos llegando al final de la guerra de los mil días. El gobierno de Santos retoma aspiraciones centenarias y está logrando una transformación significativa, dentro del marco constitucional, en una época de fuertes desafíos para la democracia. Habrá nuevos retos ante los cuales los antagonismos y contradicciones de nuestra historia puedan parecer un juego apasionado ya superado. Las luchas del porvenir serán otras, en distintos escenarios, con factores hasta ahora desconocidos para la raza humana.

La batalla no es contra la corrupción, que a todos por igual obliga; su flagelo no se puede ligar a ninguna organización política, ni a ningún sistema administrativo. Es un fenómeno cultural que se gesta en la familia y en la escuela y que afecta después la ética pública.

Y ni siquiera hemos mencionado, en estas líneas de reconocimiento, una gestión de gobierno, la hazaña épica del final del conflicto armado. Los acuerdos logrados orientan el porvenir y nos consolidan como nación, en el antagonismo civilizado con nuestros contradictores de ayer, convertidos, ojalá, en opositores dialogantes.

Atacar la figura del Presidente de la paz, innovador a ultranza, con la sevicia y la miopía de una oposición que, si fuera política de veras, pondría sobre la mesa las cartas del discurso y no las del insulto, es cortar la rama en la que estamos sentados todos y abrir, allí sí, la posibilidad de un populismo de izquierda o de derecha.

CECILIA BALCÁZAR
* Magíster en Ciencias y Ph. D.
Especial para EL TIEMPO

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