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Subirnos al mismo tren

Luego de la seguridad, es clave que las instituciones de todo orden también estén en todo el país.

18 de mayo 2017 , 01:22 a.m.

Señor Director:

Me refiero a su editorial ‘El buen ejemplo del Orejón’ (17-5-2017). Sí, esa es una lección clara de los beneficios sociales cuando el Estado llega no solo con Fuerza Pública. Esta es indispensable, claro, porque primero está restablecer el orden y que sean las armas legítimas del Estado las que imperen. Luego de la seguridad, es clave que las instituciones de todo orden también estén en todo los rincones del país, en especial en aquellos que han sido azotados por la violencia. Se necesitan educación, salud, justicia, todas las expresiones culturales, deportes, etc. Sobre todo, se requieren unidad y voluntad.

Todo ello hace de cada pueblo un lugar de oportunidad y esperanzas, una fuerza imparable y, por ende, un país grande. Esta es la fuerza de la paz, que debería llegar pronto. Mas, seamos realistas, nos falta mucho. Pero si ese ejemplo se resalta y, sobre todo, se copia, el día no estará lejano. Ojalá todos le apostemos a subirnos al mismo tren. El Orejón es el mejor ejemplo.

Ángel María Aguilar
Bogotá

No hacerse los de  las orejas gachas

Señor Director:

Así como en el Orejón, Antioquia, el Gobierno y las Farc lograron, en acuerdo y trabajo en equipo, desminar esa región y beneficiar a más de 22 familias campesinas antioqueñas, pueda ser que el Gobierno y los congresistas de Buenaventura, Tumaco y una amplia región del Chocó dejen de hacerse los de las “orejas gachas” y se acuerden de cumplirles a sus gentes las repetidas promesas de darles acueductos de agua potable, mejorar su atención en salud, vivienda, educación y vías, entre otras de sus necesidades más apremiantes. No se le olvide, señor Presidente, que esta región y sus gentes también son Colombia.

Rafael Antonio Córdoba Ardila
Bogotá

Un truco para robar

Señor Director:

Estaba en el Home Center de la calle 153 con carrera 9.ª. Cuando salí del almacén se me acercó una señora preguntándome por toda una serie de rutas del SITP. Yo no le contesté nada, pues no sabía de qué me hablaba. Seguí caminando y dos señoras paradas en el andén me llamaron: “¡Señora, señora, la vomitaron, la marcaron, la van a atracar! Quítese la cadena, guárdela”. Yo me quité la cadena, y la iba a guardar en un bolsillo, pero ellas insistían que abriera el bolso. Yo no lo abrí, y finalmente guardé la cadena en el bolsillo del saco. Después de esto me ayudaron pidiendo un taxi en la calle, el cual yo no tomé. Paré otro que iba por el otro lado de la calle. Me fui pensando que estas señoras me habían ayudado.

Al llegar a mi casa me di cuenta de que ellas me habían robado la cadena. Finalmente, fue lo único que me pudieron robar, y lo que evitó que las consecuencias hubieran sido peores, incluso si cojo el taxi que ellas pararon. Escribo esto para aquellas personas incautas como yo. Si les dicen que los vomitaron, sigan su camino y arréglenlo en la casa.

Luz S. Reyes

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