Opinión

El deporte, como el hilo de amor de un padre

A propósito del Día del Padre, Estewil Quesada recuerda cómo su progenitor dejó su huella en él.

Carlos Quesada y Estewil Quesada.

En la foto aparece Carlos Quesada, padre de Estewil Quesada.

Foto:

Estewil Quesada

24 de junio 2018 , 09:54 p.m.

A propósito del Día del Padre, que se celebró este domingo, el periodista Estewil Quesada recuerda cómo su progenitor, Carlos, fallecido el pasado 30 de abril en Barranquilla, dejó su huella en él.

Un mediodía de agosto de 1999, cuando Junior celebró sus 75 años de existencia con almuerzo en el auditorio de Combarranquilla Boston, escuché el saludo dirigido a un nombre que hace años deseaba conocer. En ese momento prácticamente le estaba dando la espalda, así que giré la cabeza a la derecha y ubiqué a la persona sentada en la misma mesa, a dos puestos en diagonal.

Esperé que terminaran de saludarlo, me levanté de la silla, le extendí el brazo derecho y le hablé:


-Mucho gusto, maestro. Soy... –alcancé a decir, antes de que el señor, sonriente y de nombre conocido, me interrumpiera:

–No tienes necesidad de presentarte conmigo –me dijo, estrechándome la mano–. Yo te conozco desde que naciste... Y hasta te cargué de niño. Yo fui compañero de trabajo, en Incope (luego Philips), de tu papá, Carlos Quesada Mira.

Fulgencio Berdugo, el primer capitán de una selección Colombia de fútbol, me dejó paralizado por segundos, mientras él, de manera jovial, me contaba pilatunas mías de infante. Algo igual me había pasado años atrás, cuando al presidente de la Federación Colombiana de Sóftbol, Rafael ‘Rata’ Hernández, lo requería para una entrevista. Él, un exfutbolista de selección Atlántico, resultó también excompañero de trabajo de mi papá.

Esa misma noche le conté al mayor de los Quesada del agradable encuentro con Berdugo. Me habló de su amistad con él –que era jefe de personal–, y su familia. Me confesó que en Incope los trabajadores armaban equipos para que la empresa los patrocinara, pero después dejaban el camino para que llegaran deportistas que, además de competir, terminaban vinculándose a la misma (mi papá jugó fútbol y béisbol –en la categoría Intermedia, dirigido por Edgardo ‘Mojarra’ Rodríguez, que en el estadio Tomás Arrieta me dijo conocerme como Berdugo y Hernández).

Comprendí que, con razón, además de ser la mascota del equipo de Philips de fútbol en Primera Categoría, me topé desde niño con deportistas y exdeportistas ligados al trabajo de mi papá. Además, seguro era que los viernes por la tarde, cuando iba a entrenar fútbol en la sede de Barranquillita con Estudiantes Philips, ‘Memuerde’ García, el goleador del Junior y de la selección Colombia, me cargaba para ofrecerme un vaso de leche. Era el portero de la empresa. Recuerdo que a Jesús ‘Toto’ Rubio, integrante en 1975 de la selección subcampeona de América, me lo presentó mi papá en un bus de Lucero años antes, cuando tenía 7 u 8 años.

El deporte le gustó a mi papá desde joven, en su natal Barrancabermeja. Allá, entre 1949 y 1950, iba al aeropuerto para ver de cerca, en la escala, a jugadores de la talla de los argentinos Pedernera, Rossi y Di Stéfano, cuando Millonarios de Bogotá iba o regresaba de Barranquilla en el comienzo de El Dorado. Allá escuchó cómo llamaban a un gringo que era el jefe del Centro Juvenil de Deportes, y sin saber si era nombre o apellido, años más tarde bautizó así a su primer hijo varón: Estewil.

Y cuando se vino de Barranca, a finales de 1950, para Barranquilla, de las primeras cosas que hizo fue ir al Romelio Martínez a ver jugar al Junior por un futbolista que había visto en el aeropuerto de la capital petrolera: el extrovertido ídolo brasileño Heleno de Freitas.

Tengo el recuerdo de 5 años, llevado de su mano al Romelio, para ver mi primer partido del Junior, un 7-1 sobre Quindío (4 de julio de 1966). Igual cuando por esos días le pedí, en la terraza de la casa de San Felipe, una tarde (esa vez trabajaba en turno de noche), el caramelo de Pelé, que me lo dio a la mañana siguiente y que me sirvió para iniciarme de coleccionista de álbum del Mundial de Fútbol.

Recuerdo aquella primera etapa que vi a su lado de Vuelta a la Costa un sábado en el cruce de la calle 30 con carrera 38. Y de la primera ida al Tomás Arrieta. Igual de aquella primera oportunidad que fui (la tarde del domingo 22 de diciembre de 1968) para ver boxeo en el coliseo Humberto Perea, acompañado, además, por Elfa, mi mamá, y José Agustín Quesada, mi tío, que con la presencia de periódicos y revistas en casa contribuyeron a mi formación como periodista.

Por años pensé que el rival de Bernardo Caraballo ese día fue el panameño Mario Molo, a quien la mañana del 15 de agosto de 1987, en el Hipódromo de Ciudad de Panamá, el maestro Fabio Poveda Márquez me presentó en el pesaje de la revancha de Fidel Bassa-Hilario Zapata.

El entablar larga conversación con Molo sobre ese recuerdo de infancia me sirvió esa misma noche en el Gimnasio Nuevo Panamá, sede de Bassa-Zapata II. Enfurecidos aficionados panameños con picos de botellas se venían hacía mí con la intención de atacarme por la trifulca del empate de esa pelea, resultado que le permitió a Bassa conservar el título mundial del peso mosca. De la nada, salió Molo y se interpuso, salvándome la vida. En silencio dí gracias a Dios porque me papá me llevó aquella tarde de niño al boxeo.

Podría seguir escribiendo. Pero resumo: creo que a través del deporte mi papá, fallecido el pasado 30 de abril, trazó el hilo del amor sobre mí. Y del cual estoy, de manera infinita, agradecido...





Estewil Quesada Fernández
Editor General ADN Barranquilla

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