Editorial

Una decisión clave

Mejorar la calidad del aire de Bogotá es un imperativo que debe consultar la evidencia científica.

24 de abril 2018 , 12:00 a.m.

El cambio de la flota de buses del sistema TransMilenio de Bogotá, en sus fases I y II, ha reabierto el debate alrededor de la calidad del aire que respiran los ciudadanos y la responsabilidad que le cabe al transporte público. Sin duda, un tema de honda repercusión que requiere ser analizado con cuidado y que, bien fundamentado, garantizará que la capital deje de estar en los primeros lugares entre las ciudades más contaminadas de la región.

Como lo han demostrado los estudiosos, la evidencia científica deja ver que los 1.400 buses articulados por reemplazar constituyen hoy una amenaza para sus usuarios, dados los niveles de contaminación que producen. Y no solo por la carga de contaminantes que generan en las troncales, sino por la que se aloja en portales y estaciones. Hablamos de una flota que hace rato cumplió su vida útil y cuya circulación un día más por las calles es un atentado contra la salud.

La licitación en ciernes ha sido vista, en consecuencia, como una oportunidad para que Bogotá les apueste a tecnologías más limpias, amigables con el ambiente y menos generadoras de partículas consideradas altamente peligrosas por los organismos internacionales de salud. Y es aquí en donde se ha concentrado la polémica entre quienes abogan por darle prioridad a una movilidad eléctrica o de gas y la Administración Distrital, que deja abierto el espacio para que el diésel siga predominando, especialmente en estándares Euro V, que, si bien contamina menos, ya está siendo revaluado en naciones desarrolladas.

No hay duda de que Bogotá y el país deben dar el salto del diésel a tecnologías más limpias, pero el cambio debe hacerse sobre bases sólidas.

¿Qué tan malo resulta dar el salto a Euro V? ¿Están Bogotá y el país en condiciones de proscribir el diésel definitivamente? ¿Le es dable a la Administración ser más ambiciosa en las condiciones que exhibe el pliego licitatorio para que tecnologías más amigables tengan mayor chance de ser reconocidas?

Todo depende del cristal con que se mire. Para la academia y los ambientalistas parecería no haber término medio: no aprovechar el momento sería condenar a la ciudad a otra década de diésel. La Alcaldía, por su parte, aduce que en la flota biarticulada que llegaría a la capital no existe aún la tecnología para los buses eléctricos, que, entre otras cosas, han presentado fallas en las pruebas a las que han sido sometidos. Lo cual no ocurre con los que utilizan gas. En el caso del diésel muestra estudios que revelan cómo en ciudades como Berlín (Alemania) o París (Francia), el 99 por ciento de su flota de buses es a base de diésel estándar Euro VI.

Es verdad también que la contaminación no es exclusiva de los buses articulados y que Colombia no produce un diésel acorde con los estándares Euro VI, que dejaría a muchos tranquilos. El Gobierno Nacional tampoco se muestra interesado en importarlo. Y no hay, como en otros países, una estricta política para el control de emisiones que produce el resto del transporte de la ciudad. Estos no son asuntos menores, y hay que introducirlos en el debate. Este llamado a pasar de las consignas de las redes sociales a los argumentos con sustento científico debe acompañarse por otro que haga eco de lo solicitado por la Procuraduría a la Administración Distrital de mostrar en el proceso mayor flexibilidad en favor de tecnologías limpias.

editorial@eltiempo.com

Contaminación generada por buses de TransMilenio

Una imagen de la humareda negra que sale de los tubos de escape de un bus de TransMilenio.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

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