Editorial

Un peligroso mercado

Merece respaldo general la campaña del Invima para desenmascarar a los ‘productos milagrosos’.

16 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Pretender bajar de peso, curar el cáncer, mejorar la potencia sexual y hasta esculpir una figura musculosa de la noche a la mañana es algo imposible. Sin embargo, al tenor de los centenares de productos que se venden en el país con estos objetivos, solo resta decir que aquí lo que existe es un mercado inescrupuloso en el cual unos avivatos sacan provecho de la ingenuidad de la gente y a veces de su necesidad.

Basta ver los más de 4 millones de productos fraudulentos decomisados por el Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima) en el último año, además de las 7.700 publicaciones que los respaldan, las cuales han sido retiradas de plataformas electrónicas en el mismo periodo, para evidenciar un soterrado problema de salud pública de grandes dimensiones. Y grave para la sociedad.

Lo anterior porque todas estas sustancias, cuyo consumo no tiene ningún tipo de control, carecen del análisis y los procesos reglamentarios para garantizar no solo sus beneficios, sino también la inexorable seguridad, amparados bajo un registro sanitario. En otras palabras, son compuestos cuyo contenido no se conoce, pero que se promocionan y expenden a la vista de todo el mundo.

Las autoridades deben elevar a condición de delito esta práctica y la comunidad, convertirse en veedora y denunciante.

Y lo peor es que se ha comprobado que no pocos de ellos contienen principios activos prohibidos o que solo pueden ser administrados bajo estricto control médico. Es el caso de la sibutramina, una molécula para adelgazar que fue retirada del mercado por su elevado riesgo; el sildenafil, un medicamento contra la impotencia, y los esteroides, con los cuales se contaminan inescrupulosamente polvos de proteínas que se expenden en los gimnasios y otros sitios irregulares.

Esto sin contar que muchos de estos menjurjes, untos y pócimas son de tal inocuidad que, sin atenuantes, los ubica en el terreno de la estafa, hábilmente disfrazada por anuncios rimbombantes, testimonios espurios, promociones asombrosas y resultados milagrosos. Lamentablemente, a veces aupados por figuras de renombre y hasta por profesionales de la salud cómplices.

Es claro que este mercado se agazapa en la globalización de las comunicaciones electrónicas, en donde las redes son el principal motor de la distribución ilícita, que lastimosamente se amplifica en un voz a voz que transmite adjetivos hiperbólicos con los cuales se califican las marcas y los supuestos beneficios, que incluso se defienden a ultranza. Frente a esto, las autoridades quedan prácticamente impotentes.

De ahí que la campaña ‘Ojo con los milagros sospechosos’, lanzada por el Invima esta semana y que pretende desenmascarar a productores y comercializadores de tales insumos, merece el apoyo general. Pero ello no será posible si las autoridades no elevan a la condición de delito esta práctica y sancionan a los responsables en el contexto de lo penal, como corresponde.

Y la comunidad debe convertirse en veedora y denunciante de estos hechos, sobre la premisa de que el bienestar colectivo está por encima de cualquier ilusión milagrosa vendida de manera ilícita.

editorial@eltiempo.com

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