Editorial

Un mes que exige serenidad

Los candidatos deben cumplir su compromiso ya adquirido de bajarle el tono a la campaña.

29 de abril 2018 , 01:37 a.m.

A falta de un mes para que los colombianos acudan a las urnas con el propósito de elegir al sucesor de Juan Manuel Santos, la campaña adquiere nuevos matices. La cercanía de la votación genera lógica ansiedad entre los contendores y sus equipos: el ambiente, como es comprensible, es de máxima tensión.

Lo anterior en un contexto que, gracias a la tecnología, es bastante diferente al de contiendas electorales pasadas: nos referimos a las de hace dos, tres décadas, sin duda, pero también a las inmediatamente anteriores, las de 2014. Y es que en el lapso transcurrido desde entonces, la cantidad de colombianos con acceso a teléfonos inteligentes e internet de banda ancha sigue aumentando; a veces, incluso, a razón de 50 por ciento anual, como entre 2016 y 2017 para el primer caso. En el segundo, el crecimiento se ha dado a un ritmo similar si se observa la manera como la disputa política se traslada cada vez más de la plaza pública al mundo virtual.

Y es este un terreno en el cual son otras las reglas, cuando las hay. Noticias falsas, cadenas sin fundamento alguno, ataques anónimos, injurias, calumnias; en fin, contenidos con el único propósito de sembrar miedo y desconfianza entre los colombianos son pan de cada día.

Todo esto le causa un grave daño a la democracia. El tono de las disputas y el veneno en los dardos lanzados crean hondas heridas, que permanecen abiertas tras el cierre de las urnas. Esto hace que quien sea el ganador encuentre un país en muchos campos dividido, fuertemente polarizado. Un escenario que para todos es, por supuesto, negativo e indeseable. También salen damnificadas las instituciones: los cuestionamientos a estas son constantes y rara vez tienen fundamento. Esto último, la obligación de lanzar la piedra y no esconder la mano, parece ser una máxima que desconocen por completo los apasionados activistas de las redes sociales. El asunto aquí, de nuevo, es que causan un daño que terminará perjudicando a quienquiera que gane, incluido el candidato al cual apoyan. Cualquier plan de gobierno requiere instituciones fuertes y legítimas para tener éxito, no sobra recordarlo.

De ahí que sea necesario renovar el llamado a que los aspirantes no pierdan los estribos. A que sean ellos, con el ejemplo, quienes logren bajarle el tono al fervor, algunas veces violento, de sus seguidores. Y si bien los colombianos han visto episodios de camaradería entre los candidatos, de mutuo respeto —como debe ser—, también hay que decir que han sido muchos los de extrema pugnacidad entre los militantes de cada una de las fuerzas políticas y que estas actitudes se alimentan directa o indirectamente de mensajes absolutamente fuera de lugar. El más extremo, hasta ahora, el ocurrido en Manizales, donde los disturbios previos a un debate impidieron su realización. Mención aparte —y es un ejemplo de cómo no se debe actuar en estos momentos— merece el caso del muy desafortunado tuit que —sin ser de su autoría, como luego aclaró— compartió el expresidente Álvaro Uribe Vélez con sus seguidores y en el cual se califica de ‘buen muerto’ al recientemente asesinado exparamilitar Carlos Enrique Areiza.

Con todo, hay buenas noticias: los aspirantes firmaron esta semana un pacto para acogerse a cuatro pautas básicas que buscan darle al debate el nivel que la inmensa mayoría de los colombianos exigen.

Entre otros preceptos, el texto firmado habla de “promover discusiones políticas centradas en la argumentación” y apartarse “de lenguaje que promueva cualquier forma de discriminación, exclusión, persecución y estigmatización”; compromete a los firmantes a “rechazar públicamente cualquier acción violenta emprendida abusivamente en nombre de los candidatos y candidatas en contienda” —lo cual es fundamental— y a un uso responsable y respetuoso de “los espacios en medios de comunicación y redes sociales, ofreciendo información veraz y elementos para el análisis y evitando diseminar información falsa, difamatoria, que promueva el odio o la violencia”.

Es de esperarse que los aspirantes a ocupar la Casa de Nariño honren su compromiso. A estas alturas hay que ser realistas y saber que las malas prácticas que degradan el debate electoral y abundan en las redes sociales no desaparecerán. Pero es cierto también que un comportamiento ejemplar de quienes tienen en sus manos las ilusiones de millones de colombianos es la clave para que la pugnacidad no escale más y comience una transformación del debate político en la esfera digital que se aleje del nefasto ‘todo vale’, que hoy, por desgracia, parece imperar. Hay que insistir en que para ello es clave que los actos de los candidatos estén alineados con la voluntad que han expresado por medio del documento en cuestión.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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