Editorial

Editorial: Un día que cambió la historia

No somos ajenos al episodio de ese 11 de septiembre del 2001.

11 de septiembre 2016 , 01:43 a.m.

Una década y media ha transcurrido ya desde aquella mañana luminosa de septiembre en la costa Este de Estados Unidos, cuando el cielo se oscureció repentinamente por culpa del embate del terrorismo. No es una exageración afirmar que la historia del siglo XXI se partió en dos tras el secuestro del que fueron objeto cuatro aviones por un grupo de 19 hombres vinculados a la organización Al Qaeda.

El desenlace es conocido. Un par de las aeronaves impactaron las emblemáticas torres del World Trade Center, en pleno corazón de Nueva York, que se derribarían poco después; una tercera se estrelló contra el Pentágono, en las goteras de Washington; mientras que la cuarta caería sobre una zona rural de la población de Shanksville, en Pensilvania, luego de un intento de los pasajeros por tomar los controles de la máquina.

Según las cifras conocidas, 2.996 ciudadanos perdieron la vida en los ataques de inspiración foránea, los más cruentos ocurridos jamás en territorio estadounidense, por encima del saldo del bombardeo de los japoneses contra Pearl Harbor. La Casa Blanca consideró lo ocurrido un acto de guerra y preparó una respuesta cuyas consecuencias se sienten todavía hoy.

La reacción militar norteamericana fue mucho más allá de perseguir a Osama bin Laden, el inspirador de toda la operación, quien acabaría cayendo en mayo del 2011 después de que un comando armado lo ubicó en Pakistán. Antes de eso, las tropas enviadas por George W. Bush habían invadido Afganistán con el propósito de expulsar a los talibanes del poder; y posteriormente sería el turno de Irak, liderado en ese entonces por Sadam Husein.

Es difícil argumentar que la seguridad en el mundo mejoró después de la ofensiva. Resulta complejo llevar la cuenta de los cientos de miles de personas fallecidas a causa de los misiles, las confrontaciones entre ejércitos y la violencia étnica y religiosa. Si algo ha quedado claro en los últimos tiempos es que nadie está realmente a salvo en ningún continente, pues el extremismo ha cobrado su cuota de sangre en innumerables latitudes.

La aspiración de que los vientos de la democracia soplaran en el mundo musulmán quedó pospuesta de manera indefinida. En Egipto, el voto popular le abrió las puertas al fundamentalismo, con lo cual Occidente se vio obligado a hacerse el de la vista gorda después de que un dictador de facto tomó las riendas en El Cairo. Por su parte, ni en Bagdad ni en Kabul hay gobiernos que controlen el territorio o que respeten los derechos de las minorías. En Turquía, el autoritarismo está de vuelta, mientras que los saudíes viven bajo una mano de hierro.

Mención aparte merece la tragedia de Siria, cuyo desmoronamiento ha ocasionado un holocausto que se traduce en miles de muertos y millones de desplazados. La crisis de los refugiados alteró radicalmente la realidad europea, con consecuencias todavía impredecibles. Por ahora es preocupante constatar el auge de los partidos de derecha y los fenómenos de xenofobia que ponen en riesgo principios fundamentales que tocan las libertades individuales.

Y para completar el inquietante panorama, se encuentra el fanatismo en su versión más asesina. Tal es el caso del Estado Islámico, protagonista de actos de unos niveles de degradación que recuerdan las épocas más bárbaras de la humanidad, cuando solamente valía la aniquilación física del contrario. De la caja de Pandora que se ha abierto no se escapa ninguno, comenzando por los habitantes del Medio Oriente e incluyendo a los pobladores de las naciones ricas, que descubren cómo algunos de sus ciudadanos son protagonistas de hechos verdaderamente abominables.

Los efectos del 11 de septiembre también se sintieron en este país. Pocos días después de la tragedia, Washington permitió que los recursos del Plan Colombia fueran utilizados para combatir a los grupos terroristas, con lo cual los objetivos de la lucha contra las drogas abarcaron también a las Farc, el Eln y los grupos paramilitares.

Aunque siempre será motivo de debate, la mayoría de los estudiosos coinciden en que la ayuda de Estados Unidos alteró la balanza en favor de las Fuerzas Armadas, y con ello la probabilidad de una victoria militar de las organizaciones irregulares empezó a considerarse inexistente. Ese convencimiento condujo a la desmovilización de las autodefensas y, más recientemente, a las conversaciones con las Farc, las cuales se tradujeron en la conclusión del acuerdo de La Habana.

Lo anterior muestra que no somos ajenos al episodio de hace 15 años. La diferencia es que mientras en la mayoría del planeta la sensación de inseguridad es mayor, aquí tenemos la posibilidad real de construir una sociedad más pacífica y justa si edificamos sobre los cimientos de la salida negociada del conflicto. Y eso, en el mundo de hoy, no es poca cosa.

editorial@eltiempo.com.co

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