Editorial

Un asunto muy sensible

Hay que mirar con cuidado los alcances de la sentencia que ordena regular la eutanasia en menores.

10 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Morir con dignidad no es lo mismo que eutanasia; de ello no debe caber duda, y menos cuando en el país se debate la posibilidad de convertirse en el tercero en el mundo que aplica este procedimiento en niños.

Para empezar, hay que decir que la dignidad es el conjunto de creencias, valores, normas e ideales que, de una u otra manera, todo individuo asume autónomamente como postulados para darles sentido a su existencia y, por extensión, a las formas como quiere terminar su vida, entre las cuales la eutanasia es apenas una.

Y justo aquí debemos detenernos para mirar, sin apasionamientos, los alcances de la sentencia T-544 de 2017, que ordena al Ministerio de Salud regular “el procedimiento para hacer efectivo el derecho a morir con dignidad de los niños, las niñas y los adolescentes”. Es una tarea que reta en grado sumo a dicha cartera para centrar las normas en el punto justo y evitar los desbordes potenciales que puede desencadenar un tema tan sensible y al cual, dicho sea de paso, le ha faltado la discusión amplia que amerita.

Porque una cosa es permitir que, al tenor de su autonomía y de los derechos amparados por la Constitución, un adulto decida levantar la mano de manera consciente para pedir que se le ayude a poner fin a una vida cuya dignidad es eclipsada por el sufrimiento insoportable y la inminencia de la muerte derivados de una enfermedad incurable, y otra, muy distinta, es proyectar este precepto a niños y adolescentes, en quienes los inamovibles conceptuales que cimientan la eutanasia en Colombia desde hace 21 años pueden fisurarse de manera peligrosa.

El Ministerio de Salud debe
evitar los desbordes potenciales
que puede desencadenar un tema tan delicado.

Y en esto no debe haber esguinces, porque la sentencia C-239 de 1997 –que despenalizó el homicidio por piedad– y los fallos consecuentes que han permitido optar por la eutanasia en contextos específicos y rigurosos se soportan en tres pilares ineludibles: la autonomía del individuo, la indelegabilidad de la decisión y la inminencia de muerte por una enfermedad terminal.

Son condiciones que deben respetarse en toda su extensión y ante las cuales no cabe ningún tipo de discusión. De ahí que acierta el Ministerio de Salud al expedir, en el caso de los menores, un marco que acoge –literalmente y por encima de falsas interpretaciones– estos infaltables para cumplir una orden que, de paso, merecería una discusión en Sala Plena de la Corte.

Se trata de un buen paso en el sentido correcto, lo que no evita cuestionar la apatía del Congreso, que, por más de dos décadas, le ha negado a la eutanasia su espacio natural de reglamentación.

Así mismo, urge instar al sistema de salud para que aborde con seriedad la cobertura integral de cuidados paliativos e invitar a los médicos para eliminar el antiético encarnizamiento terapéutico al que someten a muchos pacientes en fase terminal, y, por último, convocar a toda la comunidad para que, con anticipación, discuta con los suyos un asunto esencial –igual que la vida misma–: la manera ideal como cada uno quisiera morir. Eso ahorraría muchos debates insulsos aupados por intereses indebidos.

editorial@eltiempo.com

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