Editorial

Turquía, a un año del golpe

En este tiempo, el Estado de derecho turco ha sufrido golpes demoledores.

22 de julio 2017 , 12:00 a.m.

El intento de golpe de Estado que hace un año buscó derribar al presidente turco, Recep Tayip Erdogan, fue la tormenta perfecta para que el mandatario perfilara su proyecto por las vías del autoritarismo, en su afán de dejar atrás la naturaleza laica de la moderna república cimentada por su fundador, Mustafá Kemal Ataturk, en 1923.

El régimen culpó al predicador Fetullah Gülen de ser el instigador de la intentona y, en ese sentido, desató una feroz persecución que en principio solo tocó la organización de este hombre, autoexiliado en EE. UU., pero que luego se desbordó a otros círculos en una dinámica de purgas que han llevado a decenas de miles de personas a prisión, con procesos que no arrancan o juicios lentos y no muy transparentes; 150.000 personas han sido despedidas de su trabajo, 160 periodistas han sido encarcelados y ha habido una especie de ‘limpieza’ ideológica en la academia. Se han cerrado periódicos, escuelas y universidades.

Erdogan

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan.

Foto:

EFE

En esa dinámica, el Estado de derecho turco ha sufrido golpes demoledores. El Parlamento perdió su misión de control, el Poder Judicial es un brazo más de Erdogan y los militares tienen que demostrar devoción. Más aún, el partido de Erdogan, el AKP, ya controla el 90 por ciento de los medios.

Es probable que el Gobierno piense que, como muchas de las soluciones de los conflictos de Oriente Próximo pasan por Ankara y tiene una posición dominante en temas claves como el freno a la inmigración o el conflicto sirio, esto le da patente de corso para avanzar en su proyecto antidemocrático. Pero no es así. La Unión Europea no parece dejarse amilanar, y las detenciones de activistas de derechos humanos, entre ellos varios alemanes y la directora de Amnistía Internacional para Turquía, rebosaron la paciencia de Alemania, que reorientará su política hacia Turquía con medidas que pueden castigar financieramente a su aliado histórico.

Y el otro elemento de contrapeso es el opositor Kemal Kiliçdaroglu, que encabezó una multitudinaria marcha contra la reforma constitucional que le da superpoderes al Ejecutivo.

Pero Erdogan, con aires de sultán, no se inmuta y ya avanza en otra joya: reimplantar la pena de muerte, un ladrillo más del muro que lo separa de su idea de ingresar a la Unión Europea.

- editorial@eltiempo.com

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