Editorial

Turbulencia mundial

El tablero del ajedrez geopolítico mundial se sacude estos días; crece la ansiedad entre la gente.

16 de abril 2017 , 01:42 a.m.

Los que corren están lejos de ser días apacibles en el tablero del ajedrez geopolítico del planeta. Los focos de tensión aumentan al tiempo con los pronósticos de vientos cruzados. Reportes de situaciones de crisis de origen local comparten espacio –y terminan entrelazándose– con otros tantos de carácter regional y global, en un entorno de creciente ansiedad. Poco ha ayudado a calmar las aguas la llegada al cargo de presidente de Estados Unidos del impredecible Donald Trump. Desde allí le ha mostrado los dientes en los últimos días –contra todo pronóstico– a otro líder que tampoco parece tener a la ponderación entre sus virtudes: el siempre enigmático Vladimir Putin.

Como en tiempos de la Guerra Fría, ambas potencias miden fuerzas en territorio ajeno: Siria. Este país es hoy escenario de una guerra que empezó como una disputa por el control del Estado y, dados factores étnicos, estratégicos y geográficos, escaló al punto de ser un conflicto de un grado de complejidad superlativo, cuyas raíces han crecido hasta tocar profundas y muy sensibles capas en las que están expuestos no solo añejos conflictos étnicos y religiosos sin resolver, sino intereses de naciones no menos poderosas como Irán y Turquía.

Así, Trump se aleja a pasos agigantados de lo prometido en campaña respecto a una ‘retirada’ de su país de la escena internacional y, a punta de despliegue de su arsenal y de poderosas bombas como la lanzada el jueves contra una red de túneles de Isis en Afganistán, anuncia con no poca estridencia que ahora el rol de ‘sheriff’ mundial lo seduce. Y mucho.

Sí: hoy, el terreno está abonado para que germinen liderazgos de ese corte, y en la región vemos cómo uno de estos tiene a Venezuela en punto de ebullición; es porque en distintas sociedades se vive el desconcierto de miles que han visto cómo el tren de la prosperidad no solo partió sin ellos, sino que además sus ocupantes a diario les envían postales por medio de las redes sociales, alimentando un sentimiento de frustración y amargura. Esta dinámica de exclusión se extrapola a la relación entre países pobres o sumidos en sangrientas pugnas internas y aquellos del primer mundo vistos como tierra prometida para los miles de migrantes que a diario, y coqueteando con la muerte, parten en busca de una vida por lo menos más digna.

Necesidad de refugio que han sabido leer los promotores de movimientos nacionalistas que extraen de una versión acomodada del pasado espejismos para hacer crecer sus filas. Algo similar ofrecen las agrupaciones religiosas de corte extremista, de todo talante. Un espectro en cuyo extremo están organizaciones como Isis, que con su barbarie no solo cuestionan los límites del salvajismo del que es capaz la especie humana, sino que siembran incertidumbre y terror en lugares por varias décadas apacibles, como muchas de las principales ciudades europeas.

Y cuando las aguas del río están revueltas, no faltan los pescadores oportunistas. Rol que desempeña el mandatario norcoreano, Kim Jong-un, otro líder con temperamento cuasi infantil y peligrosísimos ‘juguetes’ a la mano. Él sabe que tiene cómo poner en jaque a su región, pero sobre todo a su aliado, China, a la que Estados Unidos le ha exigido mantener a raya a su tradicional socio. Esto incluye las pruebas nucleares y los desafiantes lanzamientos de misiles.

Estamos, pues, en una época en la que es mucho más fácil armarse de argumentos para el pesimismo que para el optimismo: mientras que a los pesimistas les basta la primera plana de cualquier medio informativo, los optimistas deben escarbar más. Y es que no llaman tanto la atención hechos como la recuperación económica de la mayoría de los países afectados por la crisis del 2008, las muestras de buena salud del Estado de derecho en EE. UU., cuyas instituciones han logrado contener cuestionables impulsos de su actual presidente o las cifras que dan cuenta de los millones de personas en el mundo que han abandonado la pobreza y cuentan con unas condiciones de vida, en términos de acceso a bienes y servicios, mucho mejores que aquellas de sus antepasados.

Si bien no faltan los problemas serios, que el país debe resolver, Colombia es hoy un argumento al alcance de los optimistas. El final del conflicto armado junto con las bases sentadas en su acuerdo para una sociedad más incluyente suponen retos grandes y poderosas razones para afrontar el futuro con optimismo. Y aunque lejos estamos de ser un caso excepcional, un Estado blindado de los fenómenos de alcance global, sí es cierto que Colombia tiene cómo superar con éxito la tempestad e incluso salir fortalecida. No se puede echar en saco roto que hoy el país esté mucho mejor que a comienzos de este siglo y tiene potencial para seguir por la senda. No es fácil, claro, y menos en un contexto tan turbulento, pero es posible. Lo primero, reiteramos, es no caer en la trampa del fatalismo.

editorial@eltiempo.com.co

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