Editorial

Editorial: SOS por la Ciénaga Grande

Es necesario proteger y recuperar este patrimonio de todos los colombianos.

11 de agosto 2016 , 07:39 p.m.

La laguna costera más importante del país afronta, de nuevo, una profunda crisis ecológica que pondría en riesgo la misma salud del río Magdalena y la pesca, de la que sobreviven cerca de 15.000 personas. Se trata de la Ciénaga Grande del Magdalena, el complejo de humedales sobre el que hoy flotan miles de peces muertos –se habla de diez toneladas–, aguas residuales se vierten y otros diques ilegales se construyen para desecar las zonas inundables.

La situación es tan crítica que esta semana Luis Gilberto Murillo, ministro de Ambiente, instó a las autoridades locales y departamentales a declarar la calamidad pública para poder activar los mecanismos de emergencia necesarios para que de una vez por todas la intervengan de manera integral.

La ciénaga, ese corazón ambiental del Caribe, que contiene dos áreas protegidas, la Vía Parque Isla de Salamanca y el Santuario de Fauna y Flora Ciénaga Grande de Santa Marta, que fue declarado reserva de la biosfera por la Unesco en el 2000 y humedal Ramsar en 1998, viene enferma y deteriorada desde los años ochenta. Los estragos que en ella causó la construcción de la carretera Barranquilla-Santa Marta, sin ninguna consideración sobre su impacto ambiental, los recuerda el país como el primer campanazo que advirtió sobre la importancia de hacer compatibles el desarrollo y la preservación de la naturaleza.

Desconcierta que la lección no se haya aprendido y que hoy sea necesario reiterar el clamor por los recursos financieros y técnicos para encontrar soluciones integrales. No es un tema solo ambiental sino también económico y cultural, debido a la situación de los 14 municipios que allí coinciden, y los tradicionales poblados de palafitos.

El temor de los expertos ambientales es que la doble calzada Ciénaga-Barranquilla, que se planea pase por este ecosistema, termine por desconectar a la ecorregión, que requiere de los canales de comunicación entre el ambiente marino y el terrestre. Por eso urge que se inviertan los recursos indispensables para encontrar soluciones hidráulicas y viaductos que le den un respiro a la ciénaga. Aquí no es posible un plan de ahorro, se debe invertir lo que cueste.

Pero no solo han sido las carreteras. La desecación de humedales, los diques ilegales, el vertimiento de aguas residuales, la mala disposición de basuras, la quema de bosques de manglar, el relleno de los humedales, que han buscado darles paso a actividades como la agricultura, la ganadería y los puertos, ya la tienen al borde del colapso.

A la complicación de males hay que sumar lo que han aportado el conflicto armado y la desidia institucional; y el olvido y la corrupción de los gobernantes también han intensificado el deterioro sistémico de la ciénaga. Por eso, aunque ya se tiene un comité interinstitucional y se planee una iniciativa de intervención a largo plazo, también se necesitan acciones puntuales y prontas. El problema no da espera.

De cara al posconflicto, la Ciénaga Grande debe ser vista como un escenario para la reconciliación entre las comunidades, los actores armados y los gobernantes. Su recuperación puede generar empleo; su salud, prosperidad para la región; su funcionamiento ecológico, beneficios sociales. No puede morir.editorial@eltiempo.com

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