Editorial

Siria: ¿qué más hace falta?

Quienes tienen en sus manos detener la carnicería en este país no actúan.

06 de abril 2017 , 12:00 a.m.

La maldad en estado puro, la faceta más lúgubre de la especie humana, está expuesta por estos tristes días en Siria. Si quedaba alguna línea por cruzar, esta ha sido traspasada, y de lejos, por los responsables del ataque con armas químicas contra la población de Jan Sheijun, controlada por los rebeldes.

Fueron 86 los muertos, y entre ellos 30 menores. Todos, civiles: además, los sorprendieron mientras dormían. Eso es sevicia sin parangón. Expertos de la OMS reportaron síntomas que encajan con la exposición a agentes neurotóxicos. Al parecer, se usó cloro junto con otros componentes químicos, “un coctel nuevo”, según lo describió el médico colombiano Mauricio Calderón, coordinador de la OMS para la acción humanitaria en salud en el conflicto de Siria. El mismo experto denunció que los hospitales son cada vez más blanco militar, que la intención es clara: rasgar el tejido social para debilitar a las comunidades bajo el control del enemigo y las cuales buscan controlar.

La intención es clara: rasgar el tejido social para debilitar a las comunidades bajo el control del enemigo y las cuales buscan controlar.

¿Quiénes? Las fuerzas leales a Bashar al Asad, el presidente sirio, quien ha demostrado que no solo en materia de barbarie, sino también de cinismo, es capaz de llegar a límites simplemente inimaginables. Esta vez con al apoyo de Rusia, su incondicional aliado, circuló la versión de que las armas químicas se encontraban en depósitos de las fuerzas rebeldes.

En un escenario extremo como este, la pregunta obligada es por el papel de la comunidad internacional, llamada si no a detener, por lo menos a reducir el grado de inhumanidad del conflicto. Pero, como ya se ha dicho desde este espacio, son escasas las esperanzas. El conflicto sirio obedece a un complejísimo cruce de intereses geopolíticos que incluye una clara intención de Rusia por sostener a su aliado, Al Asad, y una conveniencia, tácita, de Estados Unidos en limitar su participación en él a las sentidas pero inútiles intervenciones de sus representantes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas rechazando las atrocidades. A la hora de la verdad, el país del norte coincide con Rusia en que hay que dejar al pueblo sirio decidir su futuro, marco incierto y poco recomendable cuando las riendas las tiene un tirano.

Siria

El ataque de este martes coincide con el inicio de una conferencia de dos días en Bruselas sobre el futuro de Siria auspiciada por la Unión Europea y Naciones Unidas.

Foto:

EFE/MOHAMMED BADRA

Con estas posturas de las dos potencias, el deseado escenario de un juicio –como en Yugoslavia– de los responsables de estos crímenes de lesa humanidad sigue viéndose lejano. Mientras para Moscú su ajedrez en la región, que incluye mantener a un aliado como Al Asad, prime sobre el imperativo ético de detener la carnicería y mientras Estados Unidos, con las acciones más que con las palabras, valide esta postura. Así lo confirma el que ni siquiera haya procurado darse la pela el miércoles en el Consejo de Seguridad, donde Francia y el Reino Unido intentaron la aprobación de una propuesta de condena e investigación de los hechos.

Entre tanto, el resto del planeta, pasmado, observa cómo –en la balanza de los intereses de quienes tienen la capacidad de incidir en la geopolítica mundial– el drama de niños que mueren por efecto de gases, el luto de más de 300.000 familias y la zozobra de diez millones de desplazados pesan menos que otros intereses. Ojalá, al menos, algún día sepamos cuáles eran.

editorial@eltiempo.com

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