Editorial

Sin cambiar de tema

Contra lo que se previó, la relación binacional con EE. UU. seguirá marcada por el narcotráfico.

27 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Al contrario de lo que algunos analistas alcanzaron a predecir no hace mucho tiempo, hoy pocos dudan de que el narcotráfico seguirá siendo un tema central en la relación entre Colombia y Estados Unidos.

Hace apenas dos años, cuando las encuestas le daban alta probabilidad a Hillary Clinton de suceder a Barack Obama y, en La Habana, el Gobierno y las Farc ultimaban los detalles de los programas de erradicación voluntaria y sustitución de cultivos ilícitos, que formaron parte de los acuerdos, muchos avizoraron un futuro en el que este asunto sería apenas uno más en el vínculo binacional.

La tozuda realidad, que incluye una cifra histórica de hectáreas dedicadas a narcocultivos, 209.000, y la llegada a la Casa Blanca de un gobierno republicano de la línea más dura, es hoy muy distinta.

Cuando asuma el cargo el próximo 7 de agosto, el presidente electo, Iván Duque, tendrá entre sus más urgentes desafíos detener el crecimiento de las áreas dedicadas al cultivo de coca y marihuana con una estrategia que tranquilice a Washington y espante así el fantasma de la descertificación –que no se asomaba desde finales de los 90–. Es una misión que no da espera, pues no solo se trata del auge de las plantaciones, sino de todo el universo del crimen organizado que se alimenta del tráfico ilícito de drogas y va desde las bandas criminales, que hoy son el azote de zonas como el Pacífico y el Catatumbo, hasta el lavado de activos, que afecta gravemente numerosos sectores de la economía formal. También exige preservar, porque le conviene al país, la muy buena interlocución con la Casa Blanca.

Se trata de tomar atenta nota de los errores y aciertos del pasado, de atender lo urgente, pero sin descuidar lo importante.

Pero el contexto en que el nuevo gobierno deberá enfrentar este problema es bien diferente del de finales del siglo pasado: al tiempo que en el país del norte se impone la visión prohibicionista –al menos en el gobierno federal–, son cada vez más los países que entienden, como lo ha reiterado el presidente Juan Manuel Santos, que esta es una guerra perdida y es necesario dar el giro al abordaje de la cuestión como un asunto de salud pública. En esta visión se permite el consumo de drogas blandas y, sobre todo, su uso medicinal. Es el caso de Canadá, cuyo parlamento acaba de aprobar una ley que autoriza el consumo recreativo de marihuana. En EE. UU., nueve estados ya han tomado esta senda, mientras que en treinta es legal su uso medicinal.

Las cartas están sobre la mesa. El nuevo gobierno tendrá que apretar la rienda para frenar el auge de los cultivos y hacerle frente a la criminalidad, además de continuar con el muy buen desempeño en materia de interdicción: 435 toneladas fueron incautadas el año pasado, casi la mitad de la producción total. Todo lo anterior sin descuidar los avances en sustitución y erradicación voluntaria. Estos traen, principalmente, una ganancia vital para la paz en términos de legitimidad de las instituciones estatales en territorios donde por años estuvieron ausentes. Se trata de tomar atenta nota de los errores y aciertos del pasado, de atender lo urgente, pero sin descuidar lo importante: seguir en la búsqueda de otras maneras de asfixiar el crimen organizado que se alimenta del narcotráfico.

editorial@eltiempo.com

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