Editorial

Se pudrió la sal

La reputación del prestigioso Instituto Karolinska quedó manchada, quizá de por vida.

15 de septiembre 2016 , 07:54 p.m.

Si hay un elemento incorruptible en la naturaleza, es la sal. Por eso, cuando alguien dice que “se pudrió la sal” lo hace para referirse a la corrupción de lo incorruptible. Infortunadamente, de esta frase han echado mano aquellos que no pueden ocultar la enorme decepción causada por el ruidoso escándalo que rodea al prestigioso Instituto Karolinska, de Estocolmo, cuyos profesores tienen la delicada misión de la elección anual del Premio Nobel de Medicina.

Por delegación de Alfred Nobel, este instituto se encarga de esta tarea desde hace cien años, recurriendo siempre a un riguroso protocolo construido a partir de principios éticos y científicos, que le han dado un ropaje de respeto y seriedad incuestionables.

Pero esa imagen de respetabilidad se llenó de grietas por culpa de uno de sus miembros. Se trata del médico italiano Paolo Machiarini, quien ganó reconocimiento mundial por sus trasplantes de tráqueas sintéticas que involucran una novedosa técnica de células madre; sus ejecutorias y prestigio le merecieron ser aceptado como investigador asociado del Instituto y cirujano de su hospital en el 2010.

Desde finales del año pasado, no obstante, empezaron a surgir dudas sobre la seriedad del trabajo científico del italiano, que acabaron confirmadas por una investigación interna cuyos hallazgos causaron desconcierto en el mundo académico: se concluyó que tanto el currículo de Machiarini –a quien se lo relaciona con la muerte de varios de sus pacientes trasplantados– como los resultados de algunos estudios contienen datos falsos. Y eso, cuando se hace parte de la élite de la ciencia mundial, es imperdonable.

En un esfuerzo por erradicar las dudas de raíz, el Gobierno sueco tomó la decisión de destituir a todos los miembros del consejo de gobierno del Karolinska y a dos de los integrantes de la encumbrada asamblea que elige el Nobel. A todos ellos se los acusa de haber pasado por alto las señales de alarma, que las hubo, en torno a este caso.

Pese al desenlace, es claro que la reputación del Instituto quedó manchada, quizá de por vida. Si eso pasó con el Karolinska, ¿qué esperar de los demás? En efecto, se pudrió la sal.editorial@eltiempo.com

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