Editorial

Se fue un grande del boxeo

Valdés fue un hombre orgulloso de su vida, siempre con su sonrisa despojada de títulos y guantes.

16 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

No solo para los seguidores del boxeo, sino para el país en general, fue sorpresiva y triste la noticia del fallecimiento del boxeador colombiano Rodrigo ‘Rocky’ Valdés, víctima de un infarto, a los 71 años, en su natal Cartagena.

Este chambacunero, de 1,77 metros de estatura, más bien poco para el peso medio que era su categoría, fue en cambio grande y sobrado de méritos en su dura profesión. De humilde pescador, se abrió paso a puños, de tú a tú, hasta llegar a ser uno de los púgiles más respetados de su tiempo, en la década del 70, cuando junto con su compatriota Antonio Cervantes ‘Kid Pambelé’ paralizaban el país, para verlos medirse en los cuadriláteros con los mejores del mundo.

Rocky Valdez

Valdés en París, frente a Max Cohen en marzo de 1976.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Fue un virtuoso, es verdad de a puño. Los expertos en el llamado arte de fistiana lo califican como uno de los boxeadores más completos. Porque Rocky era de los más técnicos y tenía pegada, o estamina, como decían antes; tenía estilo y se defendía bien. Eso lo hacía temible para sus rivales.

Y así, con coraje y dedicación, llegó a ser dos veces campeón del mundo, en aquellos tiempos en que miles de buenos peleadores aspiraban al cinturón. Eran épocas de maravillosos boxeadores, como el estadounidense Bennie Briscoe, un toro de acero que embestía, y a quien le ganó el título el 25 de mayo de 1974, en Montecarlo, en una pelea inolvidable.

Los suyos fueron combates largos, de muchos golpes, ya con Briscoe o con el argentino Carlos Monzón, con quien se midió dos veces y a quien solo él y otro más enviaron a la lona, pero al final perdió el colombiano por decisión. Esas fenomenales peleas quedaron en los registros como unas de las más grandes de la historia del boxeo.

Como el mismo Rocky, quien, además de ser un ejemplo deportivo, fue un ser cálido y sencillo, pues también le ganó la pelea a la fama. Porque fue un hombre orgulloso de su vida, pero siempre con su sonrisa despojada de títulos y de guantes.

Ayer se bajó del ring terrenal un colombiano excepcional libra por libra, que abrió el camino para muchos que lo ven como ídolo y maestro. Ese minuto de descanso en las peleas ahora es eterno. Pero se lleva el cinturón de la gratitud y la admiración de todo un país.editorial@eltiempo.com

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