Editorial

Editorial: Santa Teresa de Calcuta

La religiosa, premio nobel de paz, fue santificada; aunque el hecho no ha estado exento de polémica.

05 de septiembre 2016 , 08:17 p.m.

Es una imagen icónica: la madre Teresa de Calcuta, encorvada, humilde y sonriente, al servicio de los pobres, de los enfermos, de los niños, de los moribundos. Durante casi medio siglo, luego de fundar la congregación de las Misioneras de la Caridad, dedicó todas sus energías a atender a los aquejados, a los agónicos como una verdadera madre.

Muy pronto fue un personaje inesperado en un mundo que a duras penas dejaba atrás sus guerras. Y en los setenta, cuando su historia empezó a ser contada en todo el mundo y recibió el Premio Nobel de la Paz, tomó figura de santa. Si el papa Juan Pablo II no la hubiera beatificado, y el papa Francisco no hubiera aprobado la beatificación, millones de personas seguirían pensando en ella como en una especie de ángel, de santa.

Nació en Macedonia en 1910 con el nombre de Agnes Gonxha Bojaxhiu. Dieciocho años después no solo comenzó su vida religiosa, sino que se bautizó a sí misma Teresa (en griego, ‘la cazadora divina’), como un homenaje a la carmelita francesa Teresita del Niño Jesús. Pronto se trasladó a Calcuta. Hizo sus votos. Trabajó duro en las siguientes dos décadas. Dio clases de Geografía y de Historia durante años.

Pero la situación de la región –la hambruna de Bengala y la violencia– la empujó a escuchar lo que ella mismo llamó “un llamado dentro del llamado”, la voz de Dios pidiéndole que se dedicara a ayudar a los pobres mientras vivía entre ellos.

Eso hizo. Aprendió de medicina. Recibió formación como enfermera. Y a comienzos de 1949 decidió organizar su congregación para los más pobres entre los pobres. Desde entonces, y hasta su muerte, construyó una obra innegable, venció los reveses y las insolidaridades y montó una hermandad de cuatro mil miembros –hombres y mujeres de todo el mundo– a cargo de hospicios, orfanatos, casas de leprosos y centros de rehabilitación. Durante medio siglo, la madre Teresa dio ejemplo de coraje, de resistencia moral, de tenacidad. Alcanzó estatura de jefe de Estado, de protagonista de la historia. Y las críticas a su trabajo comenzaron a llegar.

El columnista inglés Christopher Hitchens, siempre interesado en la religión como una trama humana y siempre implacable, simplemente señaló la forma de ser de la madre como una prueba de todo lo discutible que hay en el catolicismo y repitió hasta el cansancio que ella no se consideraba una trabajadora social, sino parte de una Iglesia. La llamó “fundamentalista” por oponerse al aborto, al divorcio, a las revisiones doctrinales con el argumento de que lo que había que revisar era el compromiso con el trabajo por los menos favorecidos. Señaló Hitchens, y algunos más antes y después de él, la manera como Teresa de Calcuta entendía el dolor: como una situación humana que acercaba más a Cristo, y que tantas veces solo queda acompañar.

Las críticas de Hitchens fueron, precisamente, las que se tuvieron en cuenta en la Iglesia católica a la hora de cuestionar la beatificación de Teresa.

Sin embargo, a finales del año pasado, el papa Francisco aprobó la santificación que se llevó a cabo este domingo. Y, luego de la ceremonia, la madre Teresa siguió siendo la disciplinada y testaruda santa católica que todo el mundo recuerda como una santa.editorial@eltiempo.com

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