Editorial

Para evitar la insensatez

Buena parte del destino de España y Cataluña está hoy en manos de la gente. 

08 de octubre 2017 , 01:47 a.m.

Conviene, en medio de la tormenta desatada por los hechos ocurridos en Cataluña hace una semana –que pueden derivar en una declaración unilateral de independencia de la actual comunidad autónoma–, plantear la pregunta de, en últimas, a quién le sirven este proceso y un eventual desenlace que incluya la secesión.

Como ya se dijo desde estos renglones, algo claro y reprochable salta a la vista en toda esta serie de acontecimientos: la manera como de lado y lado se ha apelado al nacionalismo. Se debe hacer énfasis en que eso es jugar con candela y no era de ninguna manera necesario tocar esa fibra.

Las fracturas que existen, y han existido siempre, en la relación entre Cataluña y Madrid han sido perversamente utilizadas para sembrar semillas de odio y discordia. Cada vez son más los reportes de episodios absurdos de intolerancia, como, por ejemplo, los vividos en sus colegios catalanes por los hijos de los miembros de la Guardia Civil.

El actual es un estado de cosas lamentable, absurdo. Sobre todo si se tiene en cuenta que dichas diferencias, que son una realidad, habían logrado ser pilar de un meritorio ejercicio de construcción de convivencia a partir de la diferencia y en tono de pluralismo. Por supuesto, con sobresaltos y matices, pero con el consenso tácito de que la convivencia debía ser el norte común. Un esfuerzo que había tardado décadas y se concretó en el estatuto que el actual gobierno del Partido Popular logró dejar sin piso legal. Independiente de lo que suceda esta semana, es un hecho claro y lamentable que hoy estas diferencias son un vector de odios. Se abrieron viejas heridas que tardarán mucho en cerrar.

Hay otro elemento que debe mencionarse: el precario grado de apego a principios básicos del Estado de derecho, sobre todo de la orilla independentista. Aquí es mejor cederles la palabra a 74 profesores y profesoras de filosofía del derecho que ayer sentaron su posición en un manifiesto. Se expresaron en contra de “la secesión unilateral de parte del territorio de un Estado democrático que respeta los derechos fundamentales de su población (incluyendo los derechos culturales o lingüísticos de las minorías en su seno)”. Para ellos, una secesión implicaría “la merma del ámbito de la justicia distributiva, la partición del común, y pone en riesgo un sinfín de lazos afectivos, vínculos personales y relaciones y flujos de todo tipo”.

Aquí hay que retomar la pregunta inicial sobre quiénes ganan y quiénes pierden con todo esto. Retomarla para decir que mientras los líderes de la causa seguramente ganarán reconocimiento y aun un provisional lugar en la historia, y Mariano Rajoy y su equipo de gobierno un respaldo renovado entre sectores radicales, catalanes y españoles del común pierden, en cambio, por partida doble. El manifiesto citado es claro en que una secesión “priva de los derechos políticos a gran parte de la ciudadanía”. Se ha hablado, incluso, de un golpe de Estado.

Además, es evidente que España y Cataluña se necesitan mutuamente para garantizar un mínimo de bienestar a la ciudadanía. Esto es claro y debe mencionarse en primer lugar. Ya el Fondo Monetario Internacional advirtió sobre lo golpeada que podría salir de este episodio la economía española, hoy en franca recuperación.

Después viene el hecho de que la separación –como pasó con el ‘brexit’– tiene un costo que no va a pagar Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, de su bolsillo, sino que le corresponderá costear a toda la población del eventual nuevo país. Esto, en un contexto que puede ser muy crítico dado el éxodo, que ya comenzó, de numerosas empresas generadoras de riqueza.

Por supuesto que aquí la intemperancia y terquedad irresponsables del gobierno catalán se llevan la tajada mayor en la repartición de culpas. Pero es importante señalar que el Gobierno le ha dado un manejo muy torpe, siendo generosos, al desafío planteado. Tanto que por momentos pareciera conforme con la idea de alborotar este avispero por acción u omisión.

Así las cosas, buena parte del destino de España y Cataluña está hoy en manos de la gente. Es el momento para que la sociedad civil demuestre la serenidad, ponderación y sindéresis que les han faltado a sus dirigentes e intensifique las iniciativas ya en curso que invitan a hablar. Lo anterior, unido a la necesidad de no caer en la trampa de esa rabia que lleva a buscar cambios ya y porque sí, así con ellos se hipoteque el bienestar de hijos y nietos.

A la distancia, el reto se ve muy claro y consiste en que la causa de la autonomía catalana vuelva a encarrilarse por la senda que la aparta de los cantos de sirena del nacionalismo, que beneficia a unos pocos caudillos de dudosa monta y solo a corto plazo y la encamina hacia la prevalencia del bien común. Entendido este como la convivencia en la diferencia, que es de lo que se trata la democracia. Todo lo demás es, cuando menos, una insensatez.

editorial@eltiempo.com.co

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