Editorial

Editorial: Otro eslabón para la paz

El negocio de los narcocultivos sigue en auge. Desatar esta cadena es un gran eslabón para la paz.

29 de agosto 2016 , 01:09 a.m.

Uno de los temas que debió dar para largo en la mesa de conversaciones de paz en La Habana, con tires y aflojes, con extensas disertaciones y propuestas, tuvo que ser el del narcotráfico. Un lastre que tanto ha costado a Colombia en vidas, en dolor, en imagen –nos han llegado a calificar de narcodemocracia–, en violencia y en descomposición social. Igual o más que la guerra. De hecho, es uno de los más nefastos componentes del viejo conflicto colombiano.

Extirpar el cáncer de la coca de la tierra colombiana no es tarea fácil. Con la polémica aspersión aérea, un veneno para matar otro, se lograron cifras esperanzadoras, pero no mínimas. Sin embargo, suspendida esta por orden de la Corte Constitucional, las hectáreas sembradas, según el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci), entre el 2014 y el 2015 pasaron de 69.000 a 96.000 hectáreas.

Todo ello a pesar de que la erradicación manual prosiguió por parte de grupos especializados de la Policía, del Ejército y la Armada, contra viento y marea; contra el clima, difíciles accesos, latentes minas antipersonas, ataques de grupos armados, y contra los propios campesinos cocaleros que, provistos de palos y machetes, han llegado a interponer hasta a abuelos y niños frente a los erradicadores del Gobierno. Solo en lo corrido de este año se han presentado más de 400 de lo que ellos llaman ‘bloqueos sociales’.

Por eso, en este 2016 apenas se han intervenido 12.000 hectáreas. Aunque se han incautado 112 toneladas de coca, 100 de marihuana y 190 kilos de heroína.

La coca es una desgracia, sin duda, en toda su cadena de producción. Pero es una realidad que de ella viven unas 70.000 familias, muchas esclavizadas por grupos criminales. Otras no ven una manera distinta de subsistir, hay que decirlo, porque, además esta, como mala yerba, ofrece 4 cosechas al año, y la venta está asegurada, inclusive, mediante el colonial sistema de trueque. Pero es ilegal y cuesta vidas.

De manera que hay que mirar con optimismo lo pactado en este punto en La Habana, como es atacar el negocio maldito en toda su estructura. Va en la dirección correcta el que “se aborde el consumo como un problema de salud pública y que se intensifique la lucha contra las organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico”, como dice el documento. Importante que se refuerce e impulse la sustitución de cultivos ilegales, que haya titulación de tierras para cultivadores que se dediquen a sembrar otras plantaciones. O los beneficios judiciales para quienes manifiesten ante las autoridades la decisión de renunciar a esos cultivos.

Y es vital, y prueba de fuego y de honor para las Farc, el que se hayan comprometido a romper cualquier vínculo con esa actividad ilegal. Es clave, como también quedó pactado, su participación activa en programas de desminado, que son la muerte en el zapato para los erradicadores.

Hay herramientas. Se necesitan voluntades, grandes esfuerzos, enfocar la lucha contra las bandas criminales, contra el consumo interno, contra los insumos y ofrecer al campesinado alternativas efectivas para arrancarlos de las garras de ese vil negocio. Desatar esta cadena es un gran eslabón para la paz.

EDITORIAL

editorial@eltiempo.com.co

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