Editorial

No se puede retroceder

La batalla contra las minas representa uno de los frentes más exitosos del posconflicto. 

10 de junio 2018 , 11:35 p.m.

Durante décadas, el país ha venido cargando con el lastre, heredado de la guerra, de ser uno de los más golpeados por las minas, esas mortales trampas explosivas que acechan por los caminos y campos y que no distinguen entre la bota de combate, la sandalia del campesino o el pie descalzo de un niño.

Desde 1990, cuando empezaron a llevarse las cuentas oficiales, se han registrado más de 33.000 explosiones. El balance en vidas es desolador: según cifras de la Dirección Descontamina Colombia, la entidad del Estado que en los últimos cinco años ha liderado la cruzada contra esa amenaza, en 28 años se cuentan casi 11.600 víctimas: 9.300 heridos, la mayoría de ellos amputados, y 2.279 muertos. Seis de cada diez víctimas son miembros de las Fuerzas Militares, y muchos de los más de 4.500 civiles afectados eran niños.

El proceso de paz con las Farc y una decidida estrategia del Estado, la comunidad internacional y varios operadores extranjeros y colombianos han permitido empezar a enderezar las cargas. El 2017 fue el año con más bajo número de víctimas: 56, mientras que, por ejemplo, en el 2006 se registraron 1.232.

El cumplimiento del compromiso de la antigua guerrilla de ponerle fin a esa criminal práctica y el que el Estado llegara con información relativamente confiable y todos los recursos a las zonas que antes eran inaccesibles por causa del conflicto ha permitido que en estos cinco años el país haya pasado de 8 municipios declarados libres del riesgo de minas a 227 ahora. Hay otros 223 en plenas operaciones y la estrategia cobijará, de acá a tres años, a los 673 con mayor afectación.

El Eln sigue en la siembra mortal. Es importante que en el incipiente diálogo en La Habana con este grupo se priorice este asunto

La tarea es impresionante. Hoy son casi 6.000 personas las que recorren los campos colombianos arrancando esa amenaza, y está prevista la activación de una nueva brigada antiminas. En los municipios del país hay una intensa campaña, llamada ‘Educación en el riesgo de minas’, que busca alertar, en especial a los niños, sobre las amenaza y crear conciencia acerca de cómo minimizar la exposición a esos artefactos.

A finales de mayo, en Toronto (Canadá), la comunidad internacional revalidó ante el director de Descontamina Colombia, Sergio Bueno Aguirre, sus compromisos con el Programa de Desminado, para el cual ha aportado la nada despreciable suma de 145 millones de dólares. Por fortuna, hay respaldo internacional; hay trabajo local y resultados que muestran cómo la batalla contra las minas y los explosivos abandonados representa uno de los frentes más exitosos del posconflicto.

Lamentablemente, hay nuevas amenazas. Un informe publicado por este diario alerta sobre cómo el Eln, y en menor medida los otros grupos ilegales, mantienen la temible siembra como una de sus estrategias de guerra y en su avanzada hacia antiguas zonas de las Farc. Lo ocurrido este año, con 40 casos documentados a corte de abril, alerta sobre la reactivación de la escalofriante amenaza. De ahí el llamado a que en la incipiente negociación con los ‘elenos’ se priorice este asunto y se busque un compromiso real para proteger lo alcanzado y lograr un objetivo que es de todos: que cualquier colombiano pueda caminar por su país sin el temor a perder sus pies o la vida.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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