Editorial

No caer en la provocación

La vida de miles de venezolanos está en peligro. La diplomacia debe ser la única vía.

22 de abril 2017 , 12:00 a.m.

La situación en Venezuela está llegando a niveles alarmantes. En el momento de escribir estas líneas y luego de tres semanas de protestas, lamentablemente ya se contaban 20 muertos, cientos de heridos y 1.289 detenidos debido a la represión, a la acción de los colectivos bolivarianos y también a los saqueos del jueves en la noche, en los que un desafortunado cúmulo de circunstancias terminó marcando la muerte por electrocución de al menos 10 personas en el suroeste de Caracas.

No obstante la contundente demostración hecha por la marea blanca, en las calles de las principales ciudades del vecino país –y en varias del mundo–, de la pesadilla en que se han convertido las acciones más cotidianas y elementales de las vidas de los venezolanos, como comprar harina para arepas, y el deterioro de la situación, el régimen de Nicolás Maduro se niega tozudamente a ceder un milímetro al clamor de millones que le exigen convocar elecciones, devolver al Parlamento sus facultades y liberar a los presos políticos.

Colombia no puede caer ni en la provocación verbal ni en los gestos guerreristas de un gobierno desesperado y en busca de una cortina de humo.

Es como si el Gobierno viviera en una realidad paralela en la que la ‘revolución’ es una especie de paraíso donde manan leche y miel, donde la gente es feliz en la devoción al comandante eterno Hugo Chávez y donde un Maduro tranquilo y danzante se burla de los venezolanos, que apenas a cientos de metros de la tarima de su show les ponen el pecho a los gases lacrimógenos o son asesinados por motorizados.

Y si Maduro y sus muchachos están tan seguros de las conquistas de su revolución, de su éxito, dinamismo y aceptación popular, ¿por qué no acepta el desafío de hacer elecciones?

En este punto entra la comunidad internacional, pues, tal como lo alertó la ONU, hay preocupación por el impacto regional que puede traer la crisis venezolana, no solo por los miles que han tenido que cruzar las fronteras hacia Colombia y Brasil –no en el sentido contrario, como alega el desvarío chavista–, sino porque inquieta el altisonante tono que el Gobierno de Caracas está usando en foros internacionales como la OEA, y en particular contra Colombia.

El Gobierno de Bogotá ha hecho llamados a la calma y la sensatez, así como pronunciamientos en pos de un diálogo entre Gobierno y oposición; ha propuesto en la OEA un debate constructivo para buscar salidas de la crisis que golpea al sufrido pueblo y hasta ha ofrecido sus buenos oficios como mediador.

Pero siempre ha sido recibido con cajas destempladas y gestos amenazantes, como la invasión de nuestro territorio en Arauca por efectivos del ejército venezolano –un episodio que pudo terminar muy mal si no es por la contención, pero también la firmeza del Gobierno colombiano– o las recientes declaraciones de Maduro en las que dice que Colombia es un “Estado fallido” o que va a revelar las costuras del proceso de paz con las Farc o, más allá, que conoce de un plan de extermino de los desmovilizados.

Colombia no puede caer ni en la provocación verbal ni en los gestos guerreristas de un gobierno desesperado y en busca de una cortina de humo. La diplomacia, coordinada con los países hermanos, debe ser la única vía. La vida de miles está en peligro. Eso jamás hay que perderlo de vista.

editorial@eltiempo.com

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