Editorial

Nieves ya no perpetuas

Al país solo le quedan 37 kilómetros cuadrados de nieve en sus picos.

29 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Es doloroso y a la vez paradójico que los países que son en menor medida responsables de la emisión de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático, sean los más propensos a padecer el rigor de este. Más alarmantes, en este contexto, resultan palabras como las que pronunció el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, al negar este fenómeno y calificarlo como “un engaño”.

Por lo pronto, hay que decir que el trabajo dado a conocer el martes pasado por los expertos de cuatro países andinos, bajo la tutela del Banco Interamericano de Desarrollo, sobre el progresivo deshielo de los glaciares tropicales –nuestros bellos y queridos nevados– debería llegar a Washington.

Según lo revelado por estos conocedores, con base en datos fiables, al país solo le quedan 37 kilómetros cuadrados de nieve en estos picos, siendo la Sierra, pronto ya no Nevada de Santa Marta, la que presenta el cuadro más crítico en cuanto a su acelerado deshielo.

Que contar con suficiente líquido no dependa directamente de estos hielos no excluye la necesidad de preservar los ecosistemas de páramos.

Si cabe la expresión en medio de una situación tan crítica, la buena noticia es que el suministro de agua en el país no depende de sus nevados, como sí ocurre en Perú y Bolivia, pero hay que ser claros en que esto no puede ser motivo para permanecer de brazos cruzados.

Que contar con suficiente líquido no dependa directamente de estos hielos no excluye la necesidad de preservar los ecosistemas de páramos y territorios por encima de los 3.000 metros, pues del cuidado de sus plantas y animales sí depende que ciudades como Bogotá cuenten con el recurso hídrico.

Solo un milagro podría permitirles a las próximas generaciones apreciar las nieves que nosotros alcanzamos a ver cubriendo la cima del Ruiz, el Tolima, el Santa Isabel, el Huila, y de la Sierra de Santa Marta y el Cocuy.

El cambio, todavía, no depende de una intervención divina, sino de que todos tomemos conciencia –funcionarios y legisladores, sobre todo– para evitar un escenario crítico en materia de disponibilidad del preciado líquido. Y es que si algo nos enseña el fin de los nevados es que así como sus nieves no eran perpetuas, el agua tampoco lo es.editorial@eltiempo.com

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