Editorial

Más allá de la indignación

Que las campañas del próximo año no sean un paso más hacia el descrédito de la política.

19 de marzo 2017 , 04:11 a.m.

Más que comprensible resulta esa combinación entre consternación, indignación y ansia de verdad que han dejado en la opinión las revelaciones emanadas de los testimonios que ante la justicia colombiana y estadounidense han dado personas que fueron partícipes de la política de sobornos a gran escala de la empresa brasileña Odebrecht.

Tal nivel de conmoción es aún más entendible dado que las olas de la tormenta han golpeado la campaña presidencial del actual mandatario. De acuerdo con lo afirmado por Roberto Prieto, quien se desempeñó como gerente de la campaña presidencial de Juan Manuel Santos en el 2010, Odebrecht asumió el costo de elaboración de 2 millones de afiches. Otras versiones hablan de financiación de una encuesta en la contienda del 2014 por esta misma firma, así como de un supuesto aporte de un millón de dólares que habría a expensas del hoy detenido exsenador Otto Bula.

Es necesario recordar que la tormenta también ha golpeado la orilla del Centro Democrático. Implicados en este caso han dicho que Odebrecht corrió con los gastos de la contratación de los servicios de un reconocido publicista brasileño para la campaña de su candidato, Óscar Iván Zuluaga, en el 2014. Este último, hasta hace poco precandidato de dicha colectividad, ha decidido aplazar su aspiración hasta que se aclare lo ocurrido.

De llegar a comprobarse tales conductas, no cabe la menor duda sobre lo reprochable que resultan, y en esto hay que ser muy claros. Lo que menos se espera de quienes aspiran al cargo más importante de la nación es que se sienten en el solio de Bolívar gracias a un esfuerzo que no respetó las reglas de juego o encontró la manera de hacerles el quite. Esto en alusión a la violación de los topes de gastos permitidos por la ley.

Pero esta condena no excluye la importancia de extraer lecciones de todo este episodio, respecto al cual la justicia tendrá la última palabra. También procede hacer algunas distinciones. Separar el trigo de la paja.

En relación con lo primero, la invitación es a abrir el debate sobre la necesidad de replantear las normas que rigen hoy la financiación de las campañas. Ello en el entendido de que este episodio está muy lejos de ser el primero. Es un secreto a voces que la limitante actual, más que una efectiva talanquera, es un poderoso incentivo para la búsqueda de atajos. Una reforma que favorezca la transparencia en las donaciones de particulares –tanto personas jurídicas como naturales– a los candidatos puede ser más aconsejable que persistir en las restricciones actuales.

Esto nos remite a las distinciones. A una en especial: algo va de aquella práctica, cada vez más frecuente, cada vez más nociva, de ver en el emprendimiento electoral de un aspirante una oportunidad de invertir capitales por medio del perverso engranaje que involucra compra y trasteo de votos –así como cuantiosos contratos para ‘recuperar’ lo invertido en el esfuerzo de lograr que una persona alcance un cargo público– a la decisión de una empresa de hacer un aporte a la causa del candidato cuyas ideas considera las más idóneas para la buena marcha del país, tal y como sucede en todas aquellas democracias en las que no existe financiación estatal integral de las campañas.

Por supuesto que es un gran desafío trazar dicho límite; no es, de ninguna manera, una tarea sencilla, como tampoco lo es demarcar dónde termina el apoyo altruista y dónde comienza el riesgo de que unos pocos coopten el Estado. Pero a la luz de los hechos recientes, urge hacerlo. Hay que hallarle, entre todos, la cuadratura al actual círculo –que ya es bastante vicioso–, pues de ello depende que nuestra democracia no empiece a dar tumbos como los que ya se han visto en el vecindario. Reconforta saber que coincide esta tarea con la reciente instalación de una misión electoral con fines muy parecidos.

Se trata, entonces, de hacer lo que sea necesario, desde lo público, desde lo privado, para limpiar las costumbres. El objetivo tiene que ser que las campañas del próximo año no sean un paso más hacia el descrédito de la política, que es lo mismo que decir un paso más hacia el abismo, sino el primero en una senda que conduzca a que la gente recupere la convicción de que las reglas de juego electorales están para ser respetadas, no burladas.

Bien harían, por lo tanto, los distintos líderes, incluido el primer mandatario, en dedicar sus energías a esta causa. No pueden seguir cayendo en la tentación de usar la credibilidad de la política como munición en confrontaciones virulentas que quizá sean taquilleras en el corto plazo, pero que a la larga desgastan a niveles muy preocupantes el piso de legitimidad que requiere una democracia. El mismo que la separa y mantiene a salvo del infierno populista.editorial@eltiempo.com.co

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