Editorial

Los venezolanos que llegan

Colombia está ante el desafío de acogerlos: atendiendo sus necesidades básicas inmediatas.

29 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Más allá del deseo de que el pueblo venezolano pueda ver pronto una luz al final del túnel, hay que ser realistas y aceptar que falta mucho todavía para que la situación del país vecino deje de animar a miles de sus ciudadanos a emigrar en busca de mejores condiciones de vida.

El fenómeno de la migración masiva de venezolanos es un desafío de primer orden para el continente, para todos los países que hoy reciben personas provenientes de la nación caribeña. Es una realidad a la que no se le puede hacer el quite, y requiere respuestas basadas en cánones humanitarios y de buen gobierno.

Por su cercanía geográfica y lo poblado de su frontera, Colombia está llamada a marcar la pauta. Si hacen falta motivos para convencerse de lo urgente de esta tarea, basta con un recorrido por espacios públicos de Cúcuta en días recientes. Allí abundan familias venezolanas con sus pocos enseres y mucha incertidumbre. Y si se quiere ir más lejos, el acento propio del bravo pueblo está cada vez más presente en la cotidianidad de bogotanos, medellinenses, caleños, cartageneros, bumangueses y demás habitantes de nuestros centros urbanos, e incluso rurales. Cifras oficiales hablan de 343.000 venezolanos en suelo patrio, mientras que estimativos de aquellos en situación irregular calculan que son hasta 900.000. A su vez, las previsiones sobre las dimensiones que tomará el flujo se hacen en millones.

Muchos de quienes cruzan son descendientes de aquellos colombianos que hace algunas décadas partieron de nuestro país rumbo a Venezuela, que entonces tuvo a bien acogerlos. Esto no se puede olvidar.

Muchos de quienes cruzan son descendientes de aquellos colombianos que hace algunas décadas, cuando la situación en ambos lados del límite fronterizo era harto distinta de la actual, partieron de nuestro país rumbo a uno, Venezuela, que entonces tuvo a bien acogerlos. Esto no se puede olvidar.

El caso es que, como bien lo afirmó la canciller María Ángela Holguín, esta situación no es normal. Obliga, insistimos, a una respuesta escalonada. Esta implica desde lo que ya se está haciendo en materia de atención básica al recién llegado, garantizándole acceso a servicios básicos, sobre todo el de la salud, hasta una política pública cuyo norte debe ser uno solo: lograr la incorporación de los que llegan a la economía formal para bien de la sociedad que los acoge.

El desafío aquí tiene nombre propio: por más fácil que sea este camino, y en esa medida tentador para todos, los venezolanos que han arribado y van a arribar al país deben hacerlo por los caminos de la formalidad. Cortar de raíz cualquier brote de actitudes discriminatorias y xenófobas frente a quienes han debido migrar por fuerza de las circunstancias tiene que ser otra prioridad. El permiso de permanencia del cual se podrán beneficiar cerca de 150.000 migrantes, anunciado ayer, es un paso en la dirección correcta. Como también, las decisiones que han permitido abrir las puertas del sistema de salud y poner en práctica un conjunto de medidas excepcionales. Pero todo esto no parece ser suficiente dada la envergadura del fenómeno migratorio.

El siguiente paso debe darse con la mirada en el mediano y el largo plazo. Se trata de abrirles un espacio digno a los cientos de miles que se quedarán. Para que ganen ellos y también Colombia.


- editorial@eltiempo.com

Atención humanitaria en terminal de Cúcuta

Durante los días de mayor flujo de viajeros, las directivas de la Central de Transporte de Cúcuta brindaron una asistencia alimentaria a los venezolanos que pasaban la noche en el lugar.

Foto:

Óscar Sandoval

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