Editorial

Las amenazas al suelo

Urge un debate sobre el futuro urbanístico de la capital, pero cada vez es más difícil hacerlo.

15 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Una seria amenaza se cierne sobre extensas áreas de suelo en Bogotá susceptibles de ser invadidas total o parcialmente. La alerta es de la propia Secretaría de Hábitat, que da cuenta de casi 2.500 hectáreas con asentamientos no permitidos al día de hoy. La detección ha sido posible a través de 253 polígonos de monitoreo que evidencian cómo en la ciudad resultan insuficientes los esfuerzos para controlar a los avivatos que acechan cada metro cuadrado disponible. En los últimos 14 años ha habido un incremento de casi el 200 por ciento en el riesgo de que estas ocupaciones sin control se extiendan, particularmente en el margen de los cerros que bordean a la capital.

Según la información que suministran estos polígonos, Usme y Usaquén son las localidades más vulnerables a la invasión por piratas de la tierra o grupos de personas que se instalan en suelos no aptos para asentamientos humanos. Estos dos territorios tienen en común su proximidad con las montañas del sector oriental, un patrimonio natural que hace décadas viene sufriendo el embate de las construcciones legales e ilegales.

La misma entidad revela que este año ha sido especialmente crítico, a tal punto que fue necesario aumentar en seis el número de polígonos de monitoreo para vigilar dicha actividad. En muchas zonas se han encontrado desarrollos urbanos de hecho y en otras simple y llanamente se presentan invasiones de todo tipo. Además de Usme y Usaquén, otra localidad amenazada es Ciudad Bolívar con 586 hectáreas en riesgo.

El aumento en Bogotá del número de hectáreas susceptibles de ser ocupadas ilegalmente pone en riesgo un desarrollo urbano más sostenible.

Lo preocupante no es solo que en este sector del sur de Bogotá se presente el fenómeno con mayor fuerza, sino que es allí donde la gente humilde es objeto de mafias como ‘los Tierreros’, que invaden un terreno y luego lo revenden sin ningún tipo de garantía ni de servicios básicos, en zonas que representan un alto peligro para las familias que caen en la red de estafadores.

Coincide este diagnóstico con una reciente alerta de Naciones Unidas sobre el incremento exponencial del desarrollo urbano en el mundo, particularmente en Asia, África y América Latina. Según ONU-Hábitat, si hace un par de décadas tal crecimiento se daba en sectores de la sociedad con un PIB de alrededor de 2.000 dólares, hoy se ubica en torno a los 800 dólares per cápita, con el agravante de que esa urbanización se produce en entornos carentes de mínimas condiciones para afrontar los desafíos que demandan hoy dichos procesos.

Agrega el mismo informe que la ocupación desmedida de suelo ya está superando el crecimiento de la población, “lo que lleva a una expansión urbana de menor densidad de habitantes urbanos por kilómetro cuadrado”, concluye Naciones Unidas.

Bien se trate de ocupaciones ilegales o de crecimientos naturales desmedidos, ambas son una señal que obliga a las autoridades a mirar con atención extrema el desarrollo que les espera a nuestros conglomerados urbanos. No es fácil, dadas las posturas irreconciliables que hay sobre el asunto, pero no hacerlo significará, en el corto plazo y como ya lo evidencian la sabana de Bogotá y otras regiones del país, dejar sembradas las bases para el caos.

editorial@eltiempo.com

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