Editorial

La salud de América

Los gobiernos de la región deben priorizar la lucha contra las enfermedades no transmisibles.

14 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Saber que tres de cada cinco muertes en el continente se deben a enfermedades no transmisibles (ENT), cuando muchas de ellas podrían evitarse con políticas claras de salud pública, bien merece la intención de medio centenar de organizaciones sanitarias serias de la región que les propusieron a los 22 presidentes que asisten en Lima a la VII Cumbre de las Américas firmar un manifiesto para que la cuestión se priorice en sus agendas de gobierno.

Y no es para menos, porque las ENT, a las que pertenecen los males cardiovasculares, el cáncer, la diabetes y los problemas respiratorios crónicos, son la principal causa de discapacidad y muerte prevenible en el mundo; y solo en las Américas, son las responsables del 70 por ciento de los decesos, principalmente de personas en edades productivas.

El asunto es tan grave que muchos expertos consideran que gran parte de los bloqueos contra el desarrollo de algunos países tienen como fuente las ENT, en razón de los elevados costos que generan y a su gran impacto social, que impide construir una economía sostenible. Esto sin contar que algunas enfermedades, como la tuberculosis (considerada una dolencia del Medioevo), afectan a las poblaciones más vulnerables de esta parte del mundo, a tal punto que ya esa dolencia es la primera causa de muerte por infecciones, muy por encima del mismo VIH -sida. Igual podría decirse de las enfermedades metabólicas relacionadas de manera directa con el consumo y el desarrollo industrial, como la obesidad y la diabetes, y se debe recalcar que los infartos al corazón y los derrames cerebrales son las primeras en el podio de este tipo de patologías.

Las estrategias ya están escritas hace mucho tiempo, pero los obstáculos para hacerlas realidad persisten y son también comunes.

Lo cierto es que las ENT se llevaron por delante la vida de 5,2 millones de personas, y se estima que otros 200 millones conviven con algunas de ellas, con demandas de atención médica y cuidados sociales a largo plazo, la mayoría sin capacidad para producir económicamente algún tipo de ayuda.

Son válidos, entonces, el llamado y la expedición del manifiesto, que compromete a los gobiernos en la tarea de asumir la responsabilidad de desarrollar prontamente políticas concretas y efectivas para mantener la salud de su población, atender en forma rigurosa y oportuna a los enfermos y disminuir el impacto que estos males producen en las economías regionales y que, de no controlarse, amenazan con colapsar los sistemas sanitarios.

Y aunque la tarea parece fácil, porque las estrategias de salud pública están escritas hace mucho tiempo, los verdaderos obstáculos son la incapacidad para optar por medidas fiscales que aumenten el precio de productos no saludables, como tabaco, bebidas azucaradas, alcohol y alimentos procesados; los intereses que impiden el etiquetado claro, informativo y verdadero en productos de alto consumo y, sobre todo, el gran lobby que a niveles legislativo y de gobierno realizan quienes no tienen el bienestar de la gente entre sus objetivos principales.

Por eso resulta útil un manifiesto que, al menos, deje entrever que hay unidad colectiva frente al concepto de que el motor del desarrollo de cualquier país es su población saludable. Ojalá tenga algún efecto.

editorial@eltiempo.com

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