Editorial

La paz también es con la ciudad

En los acuerdos de paz el tema urbano es inexistente. El papel que la ciudad juega es fundamental. 

21 de julio 2017 , 01:28 a.m.

La creencia de que durante 50 años la guerra con las Farc se libró principalmente en el campo, y no en las ciudades, bien podría revertirse de cara a la desmovilización de los hombres antes alzados en armas. Y no porque en ellas vayan a tomar forma los horrores que por décadas agobiaron al campo, sino por las implicaciones que el proceso podría traer para las ciudades grandes y pequeñas.

Al saberse que una de las mayores tragedias que deja el conflicto, además de sus viudas y huérfanos, es el destierro –esa inmensa población de desplazados que solo encuentran refugio en los centros urbanos y con los que hoy podría poblarse dos veces una ciudad como Medellín–, habría que plantearse, en consecuencia, de qué manera, bajo qué instancias y con qué instrumentos se ha venido abordando el tema.

No deja de llamar la atención que lo urbano haya desaparecido de la agenda pública cada vez que se habla del proceso de paz, como si las ciudades quisieran volver al estado de letargo en que por mucho tiempo vivieron para seguir cuestionando los acontecimientos desde los mullidos sofás de la sala.

Si, como advierte ONU Hábitat, el desplazamiento ha dejado de ser uno de los protagonistas de la guerra, ¿por qué tanto el Gobierno Nacional como las administraciones locales no abren la discusión en torno a los cambios que deberán experimentar las ciudades en aras de ayudar a una paz duradera y efectiva?

Ningún conglomerado puede quedarse ausente de este debate. Por grande o pequeño que sea un municipio, tiene el enorme desafío de replantear su futuro para repensar el territorio, apostar por nuevos espacios de convivencia, “eliminar las barreras invisibles que subyacen entre el campo y la ciudad y prevenir nuevos conflictos”, como lo expresa Roberto Lippi, coordinador de desarrollo de programas de ONU Hábitat en Colombia.

No hacerlo es dejar escapar una oportunidad para cerrar la brecha que por generaciones ha existido entre lo urbano y lo rural, entre el campo y la ciudad, como si se tratara de dos mundos distintos, cuando lo que subyace es una interdependencia no solo necesaria, sino apremiante, máxime en nuestro país, que exhibe uno de los procesos de urbanización más acelerados del mundo.
Lejos de ser aguafiestas, no está de más darles una mirada a experiencias como la centroamericana, donde, por no amarrar lo urbano con los procesos de reconciliación, hoy varias ciudades experimentan una violencia descontrolada en las calles. Acá ya preocupa, por ejemplo, el incremento de los homicidios en Florencia, Caquetá, donde el 50 por ciento de la población es desplazada.

Lippi agrega que si bien la paz comienza a asentarse en vastas regiones y urge evitar que esos espacios sean copados por otras expresiones violentas, es necesario construir memoria histórica e inclusión en las ciudades, que deben convertirse en las patrocinadoras del campo, al tiempo que replantean sus planes territoriales. Neiva, por ejemplo, tiene hoy 116 asentamientos informales, y urge plantearse cómo será su crecimiento futuro.

El Presidente debe, pues, recoger sus palabras del pasado, cuando dijo que había que volver evidentes los dividendos de la paz en lo urbano.

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