Editorial

La muerte de Noriega

El olvido es quizás el peor castigo para quienes, pasando por encima del pueblo, quisieron ser Dios.

31 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Uno de los capítulos más dolorosos de la historia de Panamá y, por qué no, de la historia de América Latina llegó a su fin el lunes, cuando el exdictador Manuel Antonio Noriega falleció en un hospital tras dos intervenciones quirúrgicas por un tumor cerebral.

Muchas atrocidades que nunca confesó se fueron con él a la tumba, pero a algunas de sus víctimas les queda el leve consuelo de que el dictador estuvo tras las rejas desde 1990, cuando, en una sangrienta operación militar a fines del 89, Estados Unidos invadió el istmo y lo forzó a entregarse. Oficialmente, 500 personas perdieron la vida, pero otros cálculos hablan de varios miles.

Eran otros tiempos. Noriega fue el ejemplo perfecto del dictador bananero de la Guerra Fría en la que Washington ponía y tumbaba gobiernos a su antojo en la región bajo el fantasma de la amenaza comunista, así se violaran los derechos humanos o se llevara a estos países al despeñadero.

Exdictador  Manuel Noriega

En una sangrienta operación militar a fines del 89, Estados Unidos invadió el istmo y lo forzó a entregarse.

Foto:

Henry Romero / Reuters

‘Cara de piña’, como era conocido por las secuelas que dejó en su rostro el acné, era un muchacho pobre que con astucia y sagacidad fue ascendiendo en su carrera militar hasta convertirse en el jefe de inteligencia de Omar Torrijos, que había dado un golpe de Estado en 1968. ‘Mi gánster’, le decía el general que les devolvió el canal a los panameños.

Espía a sueldo de la CIA, a la que le colaboraba en la lucha contra las guerrillas izquierdistas de Centroamérica, llegó al poder dos años después de la muerte de Torrijos en un extraño accidente aéreo que militares cercanos piensan que él orquestó. Ya entonces colaboraba con un floreciente negocio de narcotráfico que tuvo entre sus mayores beneficiarios a Pablo Escobar y su cartel de Medellín.

Esa fue su perdición. La Casa Blanca toleraba los asesinatos, las torturas, las violaciones, pero no que les ayudara a los carteles de la droga, y por eso, en el gobierno del presidente George Bush, montó la operación ‘Justa causa’, para derrocarlo y capturarlo.

Cárceles de EE. UU., Francia y Panamá supieron de él, aunque al final terminó muriendo en el olvido, quizás el peor castigo para los dictadorzuelos que alguna vez, pasando por encima de sus pueblos, quisieron ser Dios.

editorial@eltiempo.com

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