Editorial

Editorial: La lección de Nairo Quintana

Habrá que honrar sus hazañas tomándose en serio aquí un deporte que ha dado gloria a Colombia.

12 de septiembre 2016 , 05:40 a.m.

Veintinueve años después de que el ‘Jardinerito’ Lucho Herrera se quedara con la camiseta roja del campeón de la Vuelta a España, como prometiendo un futuro lleno de victorias contundentes de nuestro pedalismo, el boyacense Nairo Quintana acaba de convertirse en el segundo colombiano que se lleva el primer lugar, ante los mejores del orbe, de una de las tres competencias de ciclismo en ruta más importantes del mundo. Una victoria admirable en uno de los deportes más bellos y duros, en el que Colombia ha sido respetable.

Luego de la felicidad y la admiración que produce este triunfo, vale la pena comparar los dos campeonatos, ambos épicos –el de aquel 1987 y el de este 2016– para darse una idea del estado general de aquellos que en tiempos de oro fueron llamados ‘escarabajos’, por su valor y su condición a la hora de conquistar las montañas.

Las dos victorias memorables tienen en común la enorme tenacidad y capacidad tanto de Herrera como de Quintana, pero mientras la primera suele citarse como el más grande de los logros de una época en la que nuestro país parecía dispuesto a invertir en el ciclismo (llegó a competirse con tres equipos profesionales en las grandes carreras del mundo), la segunda habrá de entenderse como la prueba de que hoy en día lo mejor que puede hacer un pedalista nuestro es desligarse desde temprano del ciclismo de esta nación: no es una injusticia, sino un hecho, ello de que si Quintana no se hubiera ido muy joven a competir en equipos europeos jamás habría logrado convertirse en la estrella que ha subido ya tres veces al podio del Tour de Francia, en el campeón del Giro de Italia y la Vuelta a España. Ya lo había sido del Tour de l’Avenir.

Resulta triste y revelador que justo en el momento en el que Quintana se ha confirmado como el más grande escarabajo de la historia –y quizás de los deportistas colombianos– el ciclismo nacional esté cooptado aquí en su tierra por unos cuantos que lo han vuelto un juego deslucido y lejano a los aficionados.

La Vuelta a Colombia, que una vez sirvió al país de símbolo de unidad y de señal de que la violencia no había podido quebrar todos los caminos, suele pasar sin pena ni gloria por estos tiempos, pues a muy pocos equipos parece interesarles más abrirles paso a corredores excepcionales que quedarse con los ingresos del negocio. Los rumores de dopaje, las lógicas mafiosas, la pobre y desalmada organización de las clásicas: todo está dado para que haya que irse del país si se quiere tener suerte sobre la bicicleta.

El propio Quintana, que vive más en su Boyacá que en la Europa en donde ha obtenido sus triunfos heroicos, que prefiere entrenar por los paisajes de su infancia a convertirse en una más de las máquinas que han hecho peligrar el prestigio del ciclismo internacional, ha repetido hasta el cansancio su denuncia de la decadencia del ciclismo de su país. Se le ha respondido siempre con silencios o con fracasos como el del Team Colombia.

Gracias, Nairo. Habría que honrar sus hazañas –y las conquistas de Esteban Chaves, Rigoberto Urán, Miguel Ángel López en estos últimos tres años– tomándose en serio un deporte que desde siempre ha dicho tanto del espíritu combativo de los colombianos y de las trampas que suele encontrarse en el camino a su solitaria gloria.

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