Editorial

La hora de López Obrador

El nuevo presidente de México encarna un anhelo de renovación y un sentimiento de hastío.

02 de julio 2018 , 11:17 p.m.

Finalmente, luego de dos intentos fallidos en los últimos doce años, el líder de izquierda Andrés Manuel López Obrador –cabeza de la coalición Juntos Haremos Historia– ha sido elegido presidente de México por más del 50 por ciento de los votantes.

Un par de horas después de conocido el resultado, López Obrador tuiteó: “No les voy a fallar”. Era un mensaje simple, pero probaba, de la mejor manera, su comprensión del momento histórico de su país: la esperanza de una sociedad cansada de sus políticos de siempre, que se ha pasado los últimos años quejándose de los enormes niveles de corrupción en la administración pública y resistiéndose a los espeluznantes y bárbaros embates del narcoterrorismo.

La clase política tradicional, durante décadas estructurada por el paradójico Partido Revolucionario Institucional (PRI), no consiguió crearles a los electores la sensación de que iban a dar un salto al vacío, ni contagiar el miedo a quedar en manos de una candidatura que podría poner en riesgo las instituciones a punta de ideas irrealizables. Esto porque los aguerridos mexicanos –que durante tanto tiempo parecieron resignados a una democracia de un solo partido– llevaban años reclamando un giro en la conducción de su nación.

La riqueza de aquella cultura, que en estos últimos años no ha parado de animar e influir el mundo entero, parecía estar exigiéndoles a sus cuestionados políticos que estuvieran a la altura de las circunstancias, pero, sin duda, hacía falta el concurso de la sociedad civil en el reclamo de una sociedad más justa: en ese sentido, la victoria de López Obrador es un mensaje contundente.

Con enorme respaldo ciudadano, deberá enfrentar colosales retos como el narcotráfico y la impresionante escala de violencia

De inmediato, los principales líderes de la izquierda latinoamericana de estos años, del ecuatoriano Rafael Correa al boliviano Evo Morales, celebraron el triunfo como una derrota de la derecha. Sin embargo, pronto fue claro que el nuevo mandatario de los mexicanos es consciente de que ha terminado la época de la campaña, de que ha empezado la hora de regir una democracia: “Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido. Habrá libertad empresarial, libertad de expresión, de asociación y de creencias”, dijo en su primer discurso como presidente electo de México.

El presidente electo de Colombia, Iván Duque, pronto felicitó a López Obrador en el ánimo de que los dos Estados sigan trabajando juntos, como debe ser. Y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no solo reconoció la victoria, sino que afirmó estar ansioso por empezar a coordinar las agendas de los dos países.

Es de esperarse que en esta relación, los cánones de la diplomacia mantengan a raya los cantos de sirena del populismo.

López Obrador, el recordado exalcalde de Ciudad de México que perseveró hasta que logró hablar por la mayoría, llega a la presidencia con un enorme respaldo ciudadano. Si –como ha prometido– consigue conjurar los peores males de su nación, la desazón ante la corrupción y la desesperanza ante el imperio del crimen organizado, será una buena noticia para todo el continente.

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com

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