Editorial

La cumbre

Con las ausencias de Trump y Maduro, y un panorama complejo, arranca la cita regional en Lima (Perú)

12 de abril 2018 , 12:00 a.m.

En tres años pueden cambiar muchas cosas en la región, pero el ambiente que se respira ahora, en días previos a la Cumbre de las Américas que se realizará desde mañana en Lima, dista mucho de lo que fue la cita del 2015 de Panamá, en la que el optimismo, la buena energía y la sensación de que se perfilaba un cambio de era marcaron las agendas. En aquel entonces, los líderes del continente asistieron llenos de esperanza por los signos positivos del deshielo en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba. El histórico apretón de manos entre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama parecía reconciliar a Washington con la región, después de décadas de hostilidades y desencuentros políticos, ideológicos, económicos y militares.

A esto se sumaban las auspiciosas noticias sobre los avances en el proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las Farc, que conjuraba el conflicto armado más antiguo en el hemisferio; y si bien se llamaba la atención sobre el crecimiento de los presos políticos en Venezuela, y ya se vivían el desabastecimiento, la escasez y la inflación, al final se impuso una protesta por la decisión de Washington de declarar a Caracas una “amenaza inusual y extraordinaria”. Obvio, era difícil proyectar la crisis en todos los sentidos que hoy vive el país, crisis que expulsa a sus nacionales por miles. Tampoco, aunque se sospechaba, que Maduro se convirtiera en dictador.
Lo de Lima 2018 es diferente. El ambiente está viciado por la bajada de avión del presidente Donald Trump, que no irá a Perú ni vendrá a Colombia, supuestamente por el inminente bombardeo contra blancos del gobierno de Bashar al Asad en Siria.

Siempre será bueno que los mandatarios se vean cara a cara
e intercambien sobre problemas y propuestas puntuales de
la región.

Sin duda, la ausencia marca negativamente la cita, pues es la primera vez que no asistirá un presidente estadounidense desde la creación de la cumbre, en 1994, por Bill Clinton, en momentos en que hay muchos reclamos que hacerle a Washington por lo que se percibe como un enorme retroceso en la política hacia la región, por la obsesión de Trump con la construcción de un muro en la frontera mexicana, por su hostilidad hacia los inmigrantes, por su proteccionismo comercial y por su falta de liderazgo frente a la crisis en Venezuela.

A lo que se suma que el eje de la cumbre es el de la corrupción, tema en el que varios mandatarios se han visto salpicados por el escándalo de los sobornos de Odebrecht, y con un anfitrión que acaba de aceptar la renuncia de su presidente (Kuczynski) también señalado por sus tratos con la constructora brasileña.

En todo caso, siempre será bueno que los mandatarios se vean cara a cara, intercambien sobre problemas y propuestas, y se ventilen los asuntos puntuales de la región, esta vez seguramente con Venezuela como eje central y sin Maduro, que fue desinvitado. Vendrá el vicepresidente de EE. UU., Mike Pence, que intentará consensuar salidas del problema de nuestro vecino bolivariano, muy posiblemente por el lado del no reconocimiento general a las elecciones presidenciales de mayo, y sostendrá una reunión con el presidente Santos en Lima para hablar, seguramente, de cultivos ilícitos. Pero no es lo mismo. En tres años, el ánimo en la región ha cambiado vertiginosamente. Y en EE. UU., ni hablar. Vamos a ver, entonces, qué sale de esta nueva cumbre limeña.

editorial@eltiempo.com

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